Día del Maestro

En homenaje a Alberto Díaz Goldfarb 


Desde pequeño buscó escaleras para ver más allá de su estatura, trepó muros y montañas, caminó solo por el país de los milagros. Cuando grande traspuso, no sin esfuerzos, las puertas del infierno y las barreras de casi todos los espejos.

Había nacido en el momento justo en que la luz y las tinieblas se separan y tal vez por ello pudo encontrar la salida a todos sus desvelos. Era hijo de las sombras pero descendiente del sol y las estrellas. Era parte de la naturaleza sabia de los mayas y de todos los pueblos trascendidos. Por eso logró creer en otros mundos, ingresar a otros misterios, viajar en la bitácora del tiempo.

Era hombre de silencio y aún sin palabras me enseñó a vivir según su ejemplo. Yo lo conocí sin conocerlo y estuve con él aún sin estarlo. Fue parte de mis sueños versátiles y extraños.

En las noches oscuras yo lo espero, como se espera el alba… mansamente. A veces me duermo -sin quererlo- y me olvido de él y sus prodigios. Entonces… llegan vientos de desierto y me secan la cara con viveza y me dejan exhausta de vergüenza. Y me despierto sintiendo el dolor de no tenerlo…

Desde pequeño fue más que su silueta, que su cuerpo, que su carne y que su aspecto. Fue puente con Dios entre los muertos.  

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