Mundos Paralelos

Vivimos rodeados de mundos paralelos, y lo que consideramos nuestro mundo no es más que el encuentro de pequeñas partículas de cada uno de esos mundos.


Cada uno de nosotros genera al nacer una realidad única y personal que mantendrá vigente hasta su muerte. El lugar que el nuevo cuerpo ocupa al nacer produce a su alrededor un movimiento espiralado capaz de ir recreando las condiciones energéticas presentes en su origen. 

Cada ser humano es un espacio cerrado que va cerrando a su paso todo lo que percibe. Así, el “afuera” va impregnándose del “adentro” para gestar diariamente, hora a hora, minuto a minuto, su “mundo”.

El desarrollo evolutivo ofrecerá al sujeto nuevos contenidos a ser percibidos e interpretados desde esa frecuencia energética, que se mantendrá inalterada durante toda la vida. De este modo, la interacción con las condiciones externas por parte de ese campo autocontenido será la generadora de la realidad de ese sujeto a cada momento.

Ahora bien, ¿en qué se asemeja esa realidad a la de otro hombre? Lo único similar es el mecanismo, el modo en que el proceso se lleva a cabo. Todos y cada uno de nosotros vamos formateando el espacio exterior a través de un movimiento envolvente, le adherimos nuestra frecuencia, subjetivamos los contenidos, armamos el mundo. 

La similitud de lo percibido por los pequeños seres encerrados en frecuencias únicas la da sólo el pequeño contacto de partículas que escapan de tanto en tanto y se entrelazan con partículas de otras frecuencias. Eso haría que podamos mantener un diálogo capaz de hacernos creer que quien está a nuestro lado percibe lo mismo que nosotros. 

La ilusión de un mundo común no es más que eso: una ilusión. Tal es el descubrimiento, no desde la ciencia objetiva (que desde este punto de vista es también una ilusión), sino desde la corroboración subjetiva compartida por una proporción importante de seres humanos.

Esa corroboración haría resurgir la teoría de “mundos paralelos”, los cuales serían millones y —aunque en apariencias cercanos— estarían a años luz de nuestro mundo individual, aunque de tanto en tanto intercambiemos con ellos pequeñas partículas que nos permiten llegar a conclusiones como éstas.  

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