El Sufrimiento Humano

Conferencia Abril 2003

El Sufrimiento Humano
Su Origen y Sentido
(El Libro de Job)

Desde los albores de la civilización judeo cristiana la incógnita del sufrimiento humano ha subyugado al hombre. 
El libro de Job es un discurso sobre este sufrimiento. El poeta que lo escribió permanece en el anonimato y es considerado por los estudiosos "el Shakespeare de la biblia". 
En esa época se llevaba a cabo un tipo de costumbre muy particular denominada "el suicidio teológico", y que consistía en renegar y maldecir a Dios para que la muerte terminara con el sufrimiento del sujeto. 
En este contexto, Job, luego de perder todos sus bienes afectivos y materiales y enfermar gravemente, se niega a maldecir a Dios y, según el texto biblico, Satanás pierde su apuesta con el mismo Dios. 
Después de todas estas penurias y con una probada actitud devocional, Job desafía al propio Dios diciéndole que, si realmente era un pecador, Él se lo demostrara; y si, por el contrario, no encontraba falta alguna en su conducta, que el mismo Dios reconociera que se había equivocado. Con esta actitud consiguió comunicarse directamente con el Creador y, si bien no obtuvo la respuesta que le exigiera, Dios le devolvió y le aumentó todas las posesiones que había perdido. Job murió a la edad de ciento cuarenta años rodeado de seres queridos. 

La mayoría de las religiones consideran el sufrimiento humano como una prueba de Dios para otorgar virtudes y no para castigar la conducta de los hombres. Los teólogos afirman que el hombre no debe aceptar el sufrimiento impuesto con el propósito de beneficios personales sino con una actitud puramente devocional. En suma, a lo largo de la historia de nuestra civilización, las religiones, a través de sus estudiosos e investigadores, han tratado infructuosamente de incluir el sufrimiento humano dentro de un plan divino. La falta de éxito se hace visible en la dificultad para conciliar la paradoja que representa que un dador de bondad, como es un Dios creador repleto exclusivamente de amor, permita que el sufrimiento se enseñoree en la vida de todas sus criaturas. 
En realidad, en el Mito de Job, Satanás aparece haciéndole una apuesta a Dios acerca de la debilidad de los hombres frente al sufrimiento, y la posibilidad de que por esa misma debilidad los hombres renieguen de Dios. 
Aquí aparece, por primera vez en nuestra civilización, el conflicto entre lo temporal y lo eterno, entre lo profano y lo divino, al fin, entre materia y energía vital. Desde este conflicto, el hombre se insinúa como el producto paradojal del mismo, la consecuencia de la fusión entre lo profano y lo divino. 
Según la interpretación de los teólogos, el vínculo de Dios con el Diablo, descripto en el libro de Job, es la metáfora del diálogo de Dios consigo mismo, del diálogo íntimo que el creador dejó como herencia en todos los hombres, del encuentro, en el interior del propio hombre, de Dios y el Diablo. 
En la actualidad, agosto de 2000, el Papa Juan Pablo II confirmó la existencia endobiológica de esa dualidad: ¨el infierno no es un lugar fuera del hombre hacia donde los pecadores son llevados, sino que este lugar se encuentra en el interior de cada uno¨ . ¿Y Dios?. También. 

Son muchas las evidencias que nos acercan a la convicción de que en este producto paradojal que es el hombre, conviven, se enfrentan y polemizan las dos fuerzas que alimentan lo viviente: el mal y el bien, y todos los pares que lo representan y que han logrado escapar de una valoración moral: lo temporal y lo eterno, la materia y la energía, la entropía y la antientropía, la gravedad y la antigravedad. Aunque sea un poco prematuro afirmarlo porque nos adelantamos a nuestro propio análisis, en estos polos se encuentra la presencia de Dios y el Diablo. 

Permítasenos ahora tomar el fenómeno del sufrimiento humano desde nuestra comprensión biofuncional. 
Es evidente por sí mismo que todo sufrimiento es personal y subjetivo, y que su presencia implica necesariamente la participación de los sentidos. Por esta razón es lícito considerar al sufrimiento como un fenómeno sensorial. 
La cualidad subjetiva del sufrimiento hace suponer la elaboración simbólica de una experiencia objetiva. Veamos: Si aplico un estímulo doloroso en una persona, la sensación producida es objetiva y universal, el tejido reacciona a un estímulo que desborda su capacidad de tolerancia y se contrae para enfrentarlo, el dolor es un término que designa esta situación. 
Entonces nos preguntamos, ¿en que se diferencia el dolor del sufrimiento?. 
El dolor es una experiencia objetiva y universal. El sufrimiento es una experiencia subjetiva y personal. En el caso del sufrimiento, el dolor es uno de sus componentes. 
El dolor es una sensación en sí, es una propiedad reactiva del tejido vivo. La representación producida por el dolor, esto es, la significación dada al estímulo, es la que transforma al dolor en sufrimiento. Esta transformación es llevada a cabo por una acción individual de la propia persona. En esta acción, el sujeto interpreta la sensación producida por el estímulo, en función de su propio esquema psíquico. 
Podemos así afirmar que el sufrimiento es el estado de conciencia producido por el conflicto entre una reacción natural (el dolor), y la interpretación intelectual que la personaliza. En esta afirmación podemos ver que el precio que debemos pagar por poseer una identidad y ser personas individuadas del proceso natural es el sufrimiento mismo, que de este modo permanece como inherente al hombre mismo. 
La existencia individual de los seres humanos sólo es posible a través del sufrimiento que produce la coexistencia de la energía y la materia, de Dios y el Diablo. 

Si bien la materia se origina en la propia energía, tanto para los seres vivos como para el hombre en particular, la existencia de la materia en sí misma es funcionalmente imposible. Los movimientos que expresan la vida en la materia no pertenecen a ella, la materia no se mueve, es movida, la energía que la sustenta es la que genera esta reacción. Así, cada uno de los movimientos y acciones de las células que componen el tejido vivo es una reacción frente al estímulo energético que las sustenta.
Sabemos que en el proceso de densificación de la energía, lo que llamamos materia, se comienza a manifestar como tal en el momento en que la energía, por su densidad alcanzada, se somete a la gravedad e ingresa a la función de entropía. A partir de ese estado, el quanto de energía densificado inicia su camino hacia la fragmentación y el caos, propio de la materia. Inversamente, antes de ese punto de densificación desde donde la energía pasa a depender de las leyes de conservación de la materia, los campos de energía vital expresan una cualidad antientrópica y antigravitatoria. En el tejido vivo, debido a la coexistencia de estos dos estados de la energía, esto es, como materia y como campo, se expresan tendencias en conflicto como la de entropía y la de antientropía, como así también la tendencia a la fragmentación, propia de la materia, y la tendencia hacia la fusión con el todo, propia de la energía. Son estas dos tendencias encontradas las que hacen que la materia viva se vea constantemente sometida, por un lado, a la presión que ejerce la energía en dirección a la disolución de la estructura sólida, y por el otro, la fuerza de la entropía empujando lo sólido hacia la fragmentación. 

Así, la materia viva debe ejercer una separación permanente de la influencia del campo que tiende a disolverla. Esta acción de separación permanente es la que produce el movimiento, y a su vez es el mecanismo biofuncional del dolor. Dolor es separación, separación permanente de la totalidad. En el camino hacia la muerte, que es el camino de la vida, la sustancia viva en general debe librar una acción constante de defensa, en contra de la tendencia a la disolución que los campos de energía ejercen sobre la materia. Sabemos que finalmente la energía gana la batalla y se retira hacia la fusión con el quanto que invirtió para producir esa substancia viva, esa vida. 
Decíamos entonces que el movimiento que expresa la materia viva es un movimiento condicionado desde otro lugar, que la materia no se mueve sino que es movida, y que su movimiento defensivo tiene una sola dirección y destino, la fragmentación conocida como entropía. 
Decíamos también que el motor del comportamiento de la substancia viva es la energía vital u orgón. Esta energía, en su estado libre de masa, manifiesta un comportamiento contrario al de la materia. Mientras ésta tiende permanentemente a la fragmentación, la energía vital se comporta como campo que tiende a integrarse a campos mayores, lo que nos da evidencias de un movimiento antientrópico cuyo destino final es la fusión -a través de la disolución- con la totalidad. 
Dijimos también que la materia viva, para llevar a cabo su proceso evolutivo de fragmentación, desarrollo y crecimiento, debe desprenderse de la fuerte presión antientrópica y antigravitatoria que ejerce la energía vital. El dolor es la sensación que produce cada desprendimiento, durante la marcha que la vida, como materia, recorre hacia la muerte. 
En el caso del ser humano, el dolor funcional producido por cada movimiento de separación, dispara una transcripción, tramuta lo genérico del tejido vivo, en lo individual del carácter psicofísico. Esta transcripción, que se lleva a cabo exclusivamente en el hombre, se basa en la historia personal del sujeto. El cúmulo de experiencias individuales que una persona va teniendo a lo largo de su vida, genera un tejido único donde, el dolor fundiéndose en la historia personal se manifiesta como un fenómeno exclusivamente humano: el sufrimiento. 
Cuando decimos que el hombre sufre, nos estamos refiriendo asi, a un hecho que tiene un doble aspecto: universal y personal. Desde esta perspectiva no sería exagerado afirmar que el ser humano se define como tal porque sufre. Así, ser humano y sufrimiento componen una misteriosa comunión que hasta hoy han sido inseparables pese a los esfuerzos de todos los hombres de la historia. 
El sufrimiento, al igual que la condición humana, debieran ser aceptados como inexorables. Ningún esfuerzo humano ha podido penetrar el misterio encerrado en esa inviolable unidad. Rendidos ante lo imposible, todos los esfuerzos, tanto religiosos como científicos, sólo atinaron a darle un sentido aceptable para poder integrarlo, no sin enormes dificultades y contradicciones a la vida cotidiana. 
Aquellos esfuerzos que no se protegían bajo el manto de la fe de las diversas religiones, debieron enfrentar el misterio del sufrimiento humano desde una base racional. Todo fue infructuoso. El sufrimiento humano se transformó también en el enigma de la medicina, de la salud humana. 
Hoy mismo, el sufrimiento humano se mantiene erguido, soberbio e imbatible. Ha sobrevivido a todos los esfuerzos por comprenderlo y exterminarlo. Sigue siendo un enigma. 

El biofuncionalismo, en su búsqueda por confrontar lo real, ha investigado el mito del sufrimiento humano, y ha dado algunos pasos hacia su comprensión y resolución. 
Hasta que la investigación del proceso de acorazamiento no demostró que la individuación caracterial psicofísica era el arma de doble filo que protegía el desarrollo del hombre y luego lo frenaba, o en otras palabras, que por un lado nos proveía de un yo y por el otro nos retiraba del contacto con lo universal; la historia personal de los seres humanos era considerada como algo inocuo, como un libro que cada persona llevaba debajo del brazo, donde se podía leer lo que cada uno había hecho con su vida. 
Así, lo que cada uno había hecho con su vida, pasaba a ser bueno o malo, conflictivo o saludable, limitado o transcendente. Muchos investigadores se dedicaron a estudiar la vida, la biografía de los más relevantes, de los grandes sabios, de los grandes militares, de los grandes científicos, de los grandes asesinos, para de allí, sacar el modelo de humano sin sufrimiento. Sin embargo, todos los hombres prominentes, sin excepción, cargaron con el sufrimiento sobre su vida. 

El biofuncionalismo se encontró con un hecho fundamental: que la historia personal de cualquier humano, es la metáfora personalizada del sufrimiento. Que el sufrimiento es el precio que tenemos que pagar para obtener la individualidad, para ser persona. 

El ser humano en el proceso de separarse de la indiscriminación del todo, genera experiencias personales que, en forma de capítulos, van estructurando una continuidad personal e intransferible en una vida determinada. 
Esta historia personal se va registrando en el propio cuerpo a través de la modificación y personalización de todas las funciones orgánicas, tanto físicas como psíquicas. De este modo, la historia personal va modificando el organismo humano originario, transformándolo en un cuerpo al servicio de una historia personal, y de una continuidad determinada. Las acciones humanas van perdiendo de este modo su carácter universal, quedando distorsionadas, destruidas u ocultas por las acciones individuales, por las acciones determinadas individualmente. 
Todo esto es el sufrimiento. 
La historia personal por su tendencia permanente a discriminarse de lo universal es también sufrimiento. De este modo, el dolor permanece muy poco tiempo en la vida del hombre ya que muy pronto deviene en sufrimiento. 
Para que el sufrimiento devuelva el espacio usurpado al dolor, es necesario que pierda la significación dada por el carácter al estímulo doloroso, a través del cual lo transforma en sufrimiento. 
La historia personal no debe ser comprendida como la totalidad de la vida, la vida misma es mucho mas amplia que la historia personal. Debemos entender que la historia personal es solamente una etapa mas en la vida del hombre de nuestro tiempo, y que es posible atravesar sus rígidos límites. Para el Biofuncionalismo hay un mas allá donde es posible llegar con todos nuestros sentidos, con nuestro cuerpo entero. Con estos nuevos hallazgos, la trascendencia humana puede abandonar con toda tranquilidad el espacio del misticismo e ingresar dentro de las posibilidades cotidianas que la práctica clínica ha establecido. Si las personas interesadas en nuestras investigaciones consiguen aceptar y asumir la paradoja del sufrimiento humano, ello nos permitirá disminuir el esfuerzo para continuar desplegando nuestros hallazgos y hacerlos accesibles a todos. 
La historia de cada uno posee un aglutinante funcional, el yo. Ambos, historia personal y yo, acompañan el desarrollo del organismo hasta su maduración, pero debemos entender que ambos solo representan la mitad de la historia humana.

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