El cuarto ámbito

Conferencia sobre la posible evolución de la percepción humana
por Alberto Díaz Goldfarb

Para iniciar la presente exposición partiremos de la afirmación de que el ser humano ha ido evolucionando a través del tiempo desde sus orígenes y hasta nuestros días. No podríamos decir que el homo sapiens de las civilizaciones antiguas y el homo sapiens de nuestra era tecnológica son lo mismo. Así, la percepción humana a través del cuerpo también ha sufrido las alteraciones impuestas por esta evolución.
En términos generales decimos que el hombre fue transitando por diferentes estados perceptivos propios de cada época, en un desarrollo funcional y creciente capaz de brindarle una aproximación cada vez más integral y acabada a las dos entidades que definen su existencia, esto es, lo temporal y lo eterno. A través de esta evolución, el organismo, representante vital de lo eterno, se fue modificando a través del cuerpo, receptáculo del yo y por ende representante de lo temporal.
En nuestra terminología biofuncional hemos diferenciado cuerpo de organismo por considerar que el organismo es el aspecto genérico que define al hombre como un ser humano, mientras que el cuerpo es la modalidad individual de ese organismo, regido por un yo que lo particulariza, que le da un carácter y que lo hace peculiar.
En esta búsqueda de comprensión del fenómeno perceptivo en su aspecto histórico y evolutivo, tomaremos el inicio de la era cristiana como el punto de inflexión entre dos etapas, a nuestro entender, claramente diferenciadas por sus características perceptivas.
En los tiempos anteriores a la era cristiana, la percepción humana carecía de un límite definido entre el yo y el no yo. En otras palabras, el cuerpo como representante yoico no se distinguía demasiado del organismo como representante del hombre universal. La individualidad no era, por tanto, el rasgo característico de entonces, y el hombre se definía más por su pertenencia a la raza o a la tribu que por sus particularidades personales. Tampoco existía una clara discriminación entre mundo interno y mundo externo. Esta es una cosmovisión que en muchas comunidades se ha mantenido, y en la que el sujeto conserva disueltos los límites entre él y el mundo. Las prácticas actuales de las creencias de oriente -como el budismo, el taoísmo, etc.-, a través de las cuales el sujeto intenta conservar esta disolución, representan una aproximación a este modo perceptivo. La existencia era vivida, pues, como un fenómeno grupal, y era precisamente ese "espíritu de grupo" el que daba identidad y conciencia a la comunidad.
Aquella fusión con el entorno marcó una modalidad perceptiva que por sus características puede ser asociada al estado primario o perinatal del aparato psíquico, objeto de estudio de nuestras investigaciones.
La era cristiana marca el comienzo de un nuevo modo perceptivo signado por una mayor diferenciación yo-no yo, es decir, por una mayor individuación. El sujeto comienza a desarrollar consciencia de sí, lo que en términos bioenergéticos significa la posibilidad de reunir en sí mismo la totalidad de su energía vital -anteriormente dispersa en la tribu y mediatizada a través del espíritu de grupo-. Se inicia así la era de la individuación y de la autoconsciencia.
Aquí comienzan a vislumbrarse los tres estadios que más tarde distinguirán al aparato psíquico. El ámbito perinatal, lo indiferenciado, irá evolucionando hacia lo emocional, es decir, ciertos montos de energía que antes no tenían la posibilidad de ser tolerados como discriminados de la totalidad serán ahora contenidos en diferentes zonas corporales. El sujeto podrá percibir su cuerpo como diferente de la totalidad y de los demás individuos gracias a la emoción contenida. A su vez, la permanencia del espacio emocional irá generando las condiciones para la internalización de símbolos, esto es, de las representaciones de la realidad en el interior del organismo.
Debemos considerar estas pautas evolutivas como productos internos de la percepción humana, como capacidades que el organismo ha ido desarrollando a lo largo de su evolución y que en última instancia han tendido a metabolizar la totalidad de la energía vital. La consciencia de sí le ha ido permitiendo al hombre percibirse y percibir el mundo que lo rodea con una discriminación creciente hasta nuestros días.
Estamos por finalizar la primera década del siglo XXI y nuestra civilización se encuentra presionada por un cambio evolutivo inminente que se presenta con características de cambio cualitativo. Alienada en la percepción de sí misma y en su visión del mundo, la humanidad está atravesando este cambio en forma casi inconsciente y sin las herramientas necesarias para enfrentarlo. La presión que está ejerciendo el proceso evolutivo sólo es percibida en forma indirecta: a través de las alteraciones climáticas, el desequilibrio emocional y social, la caída de los valores y las instituciones y, en fin, el desmembramiento de la civilización.
No sabemos con certeza si los hombres con poder (económico, político, religioso) poseen el conocimiento y la capacidad para comprender lo que está pasando, pero sí es probable que no tengan la verdadera dimensión del período que estamos atravesando. Y aquí es donde vamos a aventurar nuestra hipótesis, basada en una observación sistemática, constante y responsable, acerca de la posible evolución del organismo humano:
Convengamos que es el organismo humano en su estado de cuerpo, de sujeto individuado, el que genera los productos culturales y los medios para llevar a cabo la vida en comunidad. Pues bien, aparentemente se ignora de plano un hecho: la evolución ha concluido una tarea y está comenzando otra. Habiendo logrado el organismo humano su capacidad funcional para tener consciencia, está en condiciones de retener la totalidad de su energía vital en los tres ámbitos biofuncionales, y es precisamente por ello, que la presión evolutiva lo impulsa hacia una nueva formación estructural del cuerpo.
Ahora bien, creemos que este estado de "completud" al que ha arribado el organismo, esta tolerancia a albergar tres niveles de transcripción (ámbito perinatal, emocional y simbólico), no necesariamente se manifiesta ordenadamente en la vida en comunidad. Si bien la cultura ha creado espacios materiales e intelectuales para todas las manifestaciones humanas, esto es, las manifestaciones que surgen de los tres ámbitos, se ha llegado a un punto de saturación sin retorno. La violencia destructiva emanada del ámbito emocional, muchas veces justificada políticamente (apoyada en el ámbito simbólico), o totalmente irracional e invasiva (apoyada en el ámbito perinatal), nos está mostrando que nuestra civilización no sabe qué hacer con la acumulación de la historia personal de sus congéneres. Amenazada por la ignorancia, nuestra humanidad no sabe cómo comportarse frente al paso evolutivo que se está insinuando.
Este paso evolutivo constituye algo gigantesco: el hombre deberá liberarse de su alienación en el cuerpo y ser consciente de que es más que su historia personal. De este modo el proceso evolutivo tendrá acceso a su cuerpo para proponerle una nueva síntesis.
Aquí nos topamos con otro elemento a tener en cuenta: la existencia de esos tres ámbitos en el desarrollo evolutivo humano no garantiza por sí sólo la independencia del sujeto de los mismos. Por el contrario, plantea un desafío que consiste en separarse de su influencia a través de la creación de un punto de observación instalado fuera del yo. El desarrollo de ese punto de observación permite entregar los tres ámbitos a los vaivenes del proceso evolutivo general que los derivará hacia la formación de nuevas estructuras funcionales.
Hemos insistido, a lo largo de todos estos años, en la necesidad de ir creando un nuevo lugar perceptivo a través de un corrimiento sistemático de la percepción: el del "observador". El observador es el lugar perceptivo al que el ser humano accede cuando logra diferenciarse de lo que hace, siente o piensa, de lo que representa social e históricamente. Desde allí se posee identidad sólo por el mero hecho de percibirse.
En otras palabras, debemos saber qué hacer con nuestra historia personal; la evolución nos está empujando hacia una nueva frontera, donde nuestra constitución corporal actual no es apta, por lo que creemos urgente desplazar la percepción desde el cuerpo al observador. Creemos también que existe un cuarto ámbito al cual nos estamos aproximando perceptivamente como parte de un proceso evolutivo inexorable. Precisamente el motivo principal de esta exposición es este fenómeno natural que se está comenzando a manifestar.
El tiempo que llevamos investigando profundamente este tema y las evidencias clínicas halladas en el curso de treinta años de trabajo nos han permitido afirmar y confirmar lo siguiente:
  • Que en la actualidad la evolución muestra claramente que entre los 30 y 40 años de edad se completa el proceso simbólico, esto es, la introyección del entorno del sujeto como conocimiento simbolizado. Esta introyección se inicia en el niño a partir de la capacidad de abstracción. El proceso de abstracción permite descubrir el nexo oculto e inasequible al conocimiento empírico, es por tanto el proceso por el cual el sujeto logra ingresar a su percepción (aprehender) las biofunciones que subyacen a la existencia de las cosas.
  • Que la completud del proceso simbólico es idénticamente funcional a la maduración yoica. Así, el yo adquiere en esta integración su máxima capacidad de abstracción.
  • Que la maduración del yo deja en condiciones al sujeto para pensarse a sí mismo. Podemos decir que el ámbito simbólico también puede ser llamado ámbito de la autopercepción, dado que en él se reúnen los elementos que permiten la individuación autoperceptiva del sí mismo. Con esta maduración el sujeto se transforma en una entidad autopercibida.
  • Que concretada la maduración del yo, y siendo el sujeto una entidad autopercibida, se inicia evolutivamente otro período del desarrollo psicofísico. En esta nueva etapa el sujeto deberá tolerar la disolución de los símbolos que sirvieron de vehículo a las biofunciones incorporadas. Habiendo logrado la maduración yoica, ya no necesita de símbolos para percibirse como entidad separada. Se inicia así el proceso de disolución del yo. El sujeto comienza a perder de este modo los anclajes simbólicos que lo vinculaban al mundo. La caída de los símbolos y la ausencia de la necesidad de sostenerlos van minando las fuerzas del yo hasta que éste se disuelve.
  • Que la comprensión y aceptación de este estadio evolutivo arrastra al cuerpo a una mutación total. Después de "toda una vida" de estar sosteniéndose con los símbolos acumulados por su historia personal, el sujeto debe aceptar el desmoronamiento de esa organización histórica. La estructura psicofísica del organismo comienza a abandonar los anclajes culturales y a recuperar el vínculo directo con el entorno natural. La transición de un estadio a otro es crítica e intensa debido al arraigo cultural de los estadios precedentes, y debido también al desconocimiento de la existencia de esta cuarta etapa de la vida.

El Cuarto Ámbito o Ámbito del Sí Mismo
Como hemos visto, en el transcurso de la vida existe un tiempo durante el cual el proceso de transcripción de los tres ámbitos va transformándolos en uno solo, el cuarto ámbito. Esto quiere decir que la fragmentación funcional en tres ámbitos producida por el cuerpo es arrastrada hacia la unidad. En este arrastre el contenido de los tres ámbitos se va disolviendo, y la historia personal queda licuada y desaparece del primer plano del carácter. De esta manera, al perder los contenidos de su historia personal, la estructura funcional del sujeto va transmutando en una unidad autocontenida (cuarto ámbito). El sujeto se transforma en una unidad o, mejor dicho, recupera la unidad originaria perdida por el movimiento evolutivo de la materia.
El pensamiento funcional es una de las señales que marcan el comienzo de este proceso de transformación en unidad, ya que surge de la transmutación de los tres ámbitos en una expresión simbólica única*. El pensamiento funcional es la consecuencia intelectual de la transcripción de los tres ámbitos que ahora -devenidos en el cuarto ámbito funcional de la existencia humana -devuelve la unidad de funcionamiento al organismo vivo; mientras que el pensamiento considerado como normal o habitual estaría mostrando todavía la separación entre sensación, emoción y símbolo, al estar invadido por ideas todavía disociadas del afecto que las generó.
La influencia de nuestra cultura sobre el organismo humano es tan fuerte y cala tan hondo en las funciones vitales que, frente a esta exigencia evolutiva y natural de abandonar los anclajes, la propia cultura defiende el terreno ganado, las jerarquías instaladas, colocando al sujeto dentro de un esquema patológico, substituyendo a este cuarto estadio evolutivo natural por otro totalmente cultural: la vejez.
El proceso de envejecimiento es interpretado así por nuestra cultura con las características de un cuadro patológico. Todos conocemos los numerosos síntomas que se asocian al envejecimiento y que justifican el deterioro del organismo como algo normal. Este cuadro nos muestra casi en forma patética la culminación del proceso de acorazamiento patológico y el triunfo del yo sobre el organismo. En realidad, durante el período en el que se comienza a producir el cuarto ámbito la existencia del sujeto se ve compelida hacia una especie de alternativa que se ha ido formando a lo largo de su historia: o el cuerpo deviene organismo y se transforma en una unidad funcional, o el organismo deviene cuerpo y se somete definitivamente a las jerarquías impuestas por la cultura a través del yo, el acorazamiento se consolida como definitivo y por ende la muerte -que es la muerte del yo- arrastra a la totalidad del sujeto.
De lo anterior se desprende que el Biofuncionalismo está considerando a la vejez como la resultante patológica de los esfuerzos que lleva a cabo la cultura encarnada en el cuerpo del sujeto para mantenerlo dentro de sus designios simbólicos y sus jerarquías de valores, y de este modo perpetuar biológicamente la civilización vigente. Es una clara alteración del proceso vital de desarrollo que, aunque parezca increíble, interrumpe la evolución humana y direcciona prematuramente al hombre hacia la muerte por autoaniquilamiento. La autopercepción dirigida hacia el proceso de envejecimiento, tal como las costumbres vigentes lo describen, va minando las capacidades naturales del organismo. Pareciera que la cultura vigente induce al suicidio individual al mantener vigente la descripción del proceso de envejecimiento como un valor indiscutible e inexorable, claro que con ello impide la liberación de las fuerzas que vinculan al hombre con su entorno natural, y que de otra manera le permitirían regresar a su origen cósmico desprendido de la pesada carga de su historia personal y social.
A las puertas de comprender desde otro lugar el proceso de envejecimiento, podemos expresar que la vejez, lejos de ser la mensajera del fin, encarna el misterio de un nuevo comienzo.
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* Sabemos que el pensamiento es una de las funciones desde las cuales se puede observar el flujo de la energía vital: la dirección del pensamiento es la dirección que toma en cada sujeto el flujo energético. En el proceso de transformación del sujeto en una unidad, el curso del pensamiento va arrastrando ideas que contienen cargas afectivas del ámbito emocional y del ámbito perinatal.

El Sufrimiento Humano

Conferencia Abril 2003

El Sufrimiento Humano
Su Origen y Sentido
(El Libro de Job)

Desde los albores de la civilización judeo cristiana la incógnita del sufrimiento humano ha subyugado al hombre. 
El libro de Job es un discurso sobre este sufrimiento. El poeta que lo escribió permanece en el anonimato y es considerado por los estudiosos "el Shakespeare de la biblia". 
En esa época se llevaba a cabo un tipo de costumbre muy particular denominada "el suicidio teológico", y que consistía en renegar y maldecir a Dios para que la muerte terminara con el sufrimiento del sujeto. 
En este contexto, Job, luego de perder todos sus bienes afectivos y materiales y enfermar gravemente, se niega a maldecir a Dios y, según el texto biblico, Satanás pierde su apuesta con el mismo Dios. 
Después de todas estas penurias y con una probada actitud devocional, Job desafía al propio Dios diciéndole que, si realmente era un pecador, Él se lo demostrara; y si, por el contrario, no encontraba falta alguna en su conducta, que el mismo Dios reconociera que se había equivocado. Con esta actitud consiguió comunicarse directamente con el Creador y, si bien no obtuvo la respuesta que le exigiera, Dios le devolvió y le aumentó todas las posesiones que había perdido. Job murió a la edad de ciento cuarenta años rodeado de seres queridos. 

La mayoría de las religiones consideran el sufrimiento humano como una prueba de Dios para otorgar virtudes y no para castigar la conducta de los hombres. Los teólogos afirman que el hombre no debe aceptar el sufrimiento impuesto con el propósito de beneficios personales sino con una actitud puramente devocional. En suma, a lo largo de la historia de nuestra civilización, las religiones, a través de sus estudiosos e investigadores, han tratado infructuosamente de incluir el sufrimiento humano dentro de un plan divino. La falta de éxito se hace visible en la dificultad para conciliar la paradoja que representa que un dador de bondad, como es un Dios creador repleto exclusivamente de amor, permita que el sufrimiento se enseñoree en la vida de todas sus criaturas. 
En realidad, en el Mito de Job, Satanás aparece haciéndole una apuesta a Dios acerca de la debilidad de los hombres frente al sufrimiento, y la posibilidad de que por esa misma debilidad los hombres renieguen de Dios. 
Aquí aparece, por primera vez en nuestra civilización, el conflicto entre lo temporal y lo eterno, entre lo profano y lo divino, al fin, entre materia y energía vital. Desde este conflicto, el hombre se insinúa como el producto paradojal del mismo, la consecuencia de la fusión entre lo profano y lo divino. 
Según la interpretación de los teólogos, el vínculo de Dios con el Diablo, descripto en el libro de Job, es la metáfora del diálogo de Dios consigo mismo, del diálogo íntimo que el creador dejó como herencia en todos los hombres, del encuentro, en el interior del propio hombre, de Dios y el Diablo. 
En la actualidad, agosto de 2000, el Papa Juan Pablo II confirmó la existencia endobiológica de esa dualidad: ¨el infierno no es un lugar fuera del hombre hacia donde los pecadores son llevados, sino que este lugar se encuentra en el interior de cada uno¨ . ¿Y Dios?. También. 

Son muchas las evidencias que nos acercan a la convicción de que en este producto paradojal que es el hombre, conviven, se enfrentan y polemizan las dos fuerzas que alimentan lo viviente: el mal y el bien, y todos los pares que lo representan y que han logrado escapar de una valoración moral: lo temporal y lo eterno, la materia y la energía, la entropía y la antientropía, la gravedad y la antigravedad. Aunque sea un poco prematuro afirmarlo porque nos adelantamos a nuestro propio análisis, en estos polos se encuentra la presencia de Dios y el Diablo. 

Permítasenos ahora tomar el fenómeno del sufrimiento humano desde nuestra comprensión biofuncional. 
Es evidente por sí mismo que todo sufrimiento es personal y subjetivo, y que su presencia implica necesariamente la participación de los sentidos. Por esta razón es lícito considerar al sufrimiento como un fenómeno sensorial. 
La cualidad subjetiva del sufrimiento hace suponer la elaboración simbólica de una experiencia objetiva. Veamos: Si aplico un estímulo doloroso en una persona, la sensación producida es objetiva y universal, el tejido reacciona a un estímulo que desborda su capacidad de tolerancia y se contrae para enfrentarlo, el dolor es un término que designa esta situación. 
Entonces nos preguntamos, ¿en que se diferencia el dolor del sufrimiento?. 
El dolor es una experiencia objetiva y universal. El sufrimiento es una experiencia subjetiva y personal. En el caso del sufrimiento, el dolor es uno de sus componentes. 
El dolor es una sensación en sí, es una propiedad reactiva del tejido vivo. La representación producida por el dolor, esto es, la significación dada al estímulo, es la que transforma al dolor en sufrimiento. Esta transformación es llevada a cabo por una acción individual de la propia persona. En esta acción, el sujeto interpreta la sensación producida por el estímulo, en función de su propio esquema psíquico. 
Podemos así afirmar que el sufrimiento es el estado de conciencia producido por el conflicto entre una reacción natural (el dolor), y la interpretación intelectual que la personaliza. En esta afirmación podemos ver que el precio que debemos pagar por poseer una identidad y ser personas individuadas del proceso natural es el sufrimiento mismo, que de este modo permanece como inherente al hombre mismo. 
La existencia individual de los seres humanos sólo es posible a través del sufrimiento que produce la coexistencia de la energía y la materia, de Dios y el Diablo. 

Si bien la materia se origina en la propia energía, tanto para los seres vivos como para el hombre en particular, la existencia de la materia en sí misma es funcionalmente imposible. Los movimientos que expresan la vida en la materia no pertenecen a ella, la materia no se mueve, es movida, la energía que la sustenta es la que genera esta reacción. Así, cada uno de los movimientos y acciones de las células que componen el tejido vivo es una reacción frente al estímulo energético que las sustenta.
Sabemos que en el proceso de densificación de la energía, lo que llamamos materia, se comienza a manifestar como tal en el momento en que la energía, por su densidad alcanzada, se somete a la gravedad e ingresa a la función de entropía. A partir de ese estado, el quanto de energía densificado inicia su camino hacia la fragmentación y el caos, propio de la materia. Inversamente, antes de ese punto de densificación desde donde la energía pasa a depender de las leyes de conservación de la materia, los campos de energía vital expresan una cualidad antientrópica y antigravitatoria. En el tejido vivo, debido a la coexistencia de estos dos estados de la energía, esto es, como materia y como campo, se expresan tendencias en conflicto como la de entropía y la de antientropía, como así también la tendencia a la fragmentación, propia de la materia, y la tendencia hacia la fusión con el todo, propia de la energía. Son estas dos tendencias encontradas las que hacen que la materia viva se vea constantemente sometida, por un lado, a la presión que ejerce la energía en dirección a la disolución de la estructura sólida, y por el otro, la fuerza de la entropía empujando lo sólido hacia la fragmentación. 

Así, la materia viva debe ejercer una separación permanente de la influencia del campo que tiende a disolverla. Esta acción de separación permanente es la que produce el movimiento, y a su vez es el mecanismo biofuncional del dolor. Dolor es separación, separación permanente de la totalidad. En el camino hacia la muerte, que es el camino de la vida, la sustancia viva en general debe librar una acción constante de defensa, en contra de la tendencia a la disolución que los campos de energía ejercen sobre la materia. Sabemos que finalmente la energía gana la batalla y se retira hacia la fusión con el quanto que invirtió para producir esa substancia viva, esa vida. 
Decíamos entonces que el movimiento que expresa la materia viva es un movimiento condicionado desde otro lugar, que la materia no se mueve sino que es movida, y que su movimiento defensivo tiene una sola dirección y destino, la fragmentación conocida como entropía. 
Decíamos también que el motor del comportamiento de la substancia viva es la energía vital u orgón. Esta energía, en su estado libre de masa, manifiesta un comportamiento contrario al de la materia. Mientras ésta tiende permanentemente a la fragmentación, la energía vital se comporta como campo que tiende a integrarse a campos mayores, lo que nos da evidencias de un movimiento antientrópico cuyo destino final es la fusión -a través de la disolución- con la totalidad. 
Dijimos también que la materia viva, para llevar a cabo su proceso evolutivo de fragmentación, desarrollo y crecimiento, debe desprenderse de la fuerte presión antientrópica y antigravitatoria que ejerce la energía vital. El dolor es la sensación que produce cada desprendimiento, durante la marcha que la vida, como materia, recorre hacia la muerte. 
En el caso del ser humano, el dolor funcional producido por cada movimiento de separación, dispara una transcripción, tramuta lo genérico del tejido vivo, en lo individual del carácter psicofísico. Esta transcripción, que se lleva a cabo exclusivamente en el hombre, se basa en la historia personal del sujeto. El cúmulo de experiencias individuales que una persona va teniendo a lo largo de su vida, genera un tejido único donde, el dolor fundiéndose en la historia personal se manifiesta como un fenómeno exclusivamente humano: el sufrimiento. 
Cuando decimos que el hombre sufre, nos estamos refiriendo asi, a un hecho que tiene un doble aspecto: universal y personal. Desde esta perspectiva no sería exagerado afirmar que el ser humano se define como tal porque sufre. Así, ser humano y sufrimiento componen una misteriosa comunión que hasta hoy han sido inseparables pese a los esfuerzos de todos los hombres de la historia. 
El sufrimiento, al igual que la condición humana, debieran ser aceptados como inexorables. Ningún esfuerzo humano ha podido penetrar el misterio encerrado en esa inviolable unidad. Rendidos ante lo imposible, todos los esfuerzos, tanto religiosos como científicos, sólo atinaron a darle un sentido aceptable para poder integrarlo, no sin enormes dificultades y contradicciones a la vida cotidiana. 
Aquellos esfuerzos que no se protegían bajo el manto de la fe de las diversas religiones, debieron enfrentar el misterio del sufrimiento humano desde una base racional. Todo fue infructuoso. El sufrimiento humano se transformó también en el enigma de la medicina, de la salud humana. 
Hoy mismo, el sufrimiento humano se mantiene erguido, soberbio e imbatible. Ha sobrevivido a todos los esfuerzos por comprenderlo y exterminarlo. Sigue siendo un enigma. 

El biofuncionalismo, en su búsqueda por confrontar lo real, ha investigado el mito del sufrimiento humano, y ha dado algunos pasos hacia su comprensión y resolución. 
Hasta que la investigación del proceso de acorazamiento no demostró que la individuación caracterial psicofísica era el arma de doble filo que protegía el desarrollo del hombre y luego lo frenaba, o en otras palabras, que por un lado nos proveía de un yo y por el otro nos retiraba del contacto con lo universal; la historia personal de los seres humanos era considerada como algo inocuo, como un libro que cada persona llevaba debajo del brazo, donde se podía leer lo que cada uno había hecho con su vida. 
Así, lo que cada uno había hecho con su vida, pasaba a ser bueno o malo, conflictivo o saludable, limitado o transcendente. Muchos investigadores se dedicaron a estudiar la vida, la biografía de los más relevantes, de los grandes sabios, de los grandes militares, de los grandes científicos, de los grandes asesinos, para de allí, sacar el modelo de humano sin sufrimiento. Sin embargo, todos los hombres prominentes, sin excepción, cargaron con el sufrimiento sobre su vida. 

El biofuncionalismo se encontró con un hecho fundamental: que la historia personal de cualquier humano, es la metáfora personalizada del sufrimiento. Que el sufrimiento es el precio que tenemos que pagar para obtener la individualidad, para ser persona. 

El ser humano en el proceso de separarse de la indiscriminación del todo, genera experiencias personales que, en forma de capítulos, van estructurando una continuidad personal e intransferible en una vida determinada. 
Esta historia personal se va registrando en el propio cuerpo a través de la modificación y personalización de todas las funciones orgánicas, tanto físicas como psíquicas. De este modo, la historia personal va modificando el organismo humano originario, transformándolo en un cuerpo al servicio de una historia personal, y de una continuidad determinada. Las acciones humanas van perdiendo de este modo su carácter universal, quedando distorsionadas, destruidas u ocultas por las acciones individuales, por las acciones determinadas individualmente. 
Todo esto es el sufrimiento. 
La historia personal por su tendencia permanente a discriminarse de lo universal es también sufrimiento. De este modo, el dolor permanece muy poco tiempo en la vida del hombre ya que muy pronto deviene en sufrimiento. 
Para que el sufrimiento devuelva el espacio usurpado al dolor, es necesario que pierda la significación dada por el carácter al estímulo doloroso, a través del cual lo transforma en sufrimiento. 
La historia personal no debe ser comprendida como la totalidad de la vida, la vida misma es mucho mas amplia que la historia personal. Debemos entender que la historia personal es solamente una etapa mas en la vida del hombre de nuestro tiempo, y que es posible atravesar sus rígidos límites. Para el Biofuncionalismo hay un mas allá donde es posible llegar con todos nuestros sentidos, con nuestro cuerpo entero. Con estos nuevos hallazgos, la trascendencia humana puede abandonar con toda tranquilidad el espacio del misticismo e ingresar dentro de las posibilidades cotidianas que la práctica clínica ha establecido. Si las personas interesadas en nuestras investigaciones consiguen aceptar y asumir la paradoja del sufrimiento humano, ello nos permitirá disminuir el esfuerzo para continuar desplegando nuestros hallazgos y hacerlos accesibles a todos. 
La historia de cada uno posee un aglutinante funcional, el yo. Ambos, historia personal y yo, acompañan el desarrollo del organismo hasta su maduración, pero debemos entender que ambos solo representan la mitad de la historia humana.