El cuarto ámbito

Conferencia sobre la posible evolución de la percepción humana
por Alberto Díaz Goldfarb

Para iniciar la presente exposición partiremos de la afirmación de que el ser humano ha ido evolucionando a través del tiempo desde sus orígenes y hasta nuestros días. No podríamos decir que el homo sapiens de las civilizaciones antiguas y el homo sapiens de nuestra era tecnológica son lo mismo. Así, la percepción humana a través del cuerpo también ha sufrido las alteraciones impuestas por esta evolución.
En términos generales decimos que el hombre fue transitando por diferentes estados perceptivos propios de cada época, en un desarrollo funcional y creciente capaz de brindarle una aproximación cada vez más integral y acabada a las dos entidades que definen su existencia, esto es, lo temporal y lo eterno. A través de esta evolución, el organismo, representante vital de lo eterno, se fue modificando a través del cuerpo, receptáculo del yo y por ende representante de lo temporal.
En nuestra terminología biofuncional hemos diferenciado cuerpo de organismo por considerar que el organismo es el aspecto genérico que define al hombre como un ser humano, mientras que el cuerpo es la modalidad individual de ese organismo, regido por un yo que lo particulariza, que le da un carácter y que lo hace peculiar.
En esta búsqueda de comprensión del fenómeno perceptivo en su aspecto histórico y evolutivo, tomaremos el inicio de la era cristiana como el punto de inflexión entre dos etapas, a nuestro entender, claramente diferenciadas por sus características perceptivas.
En los tiempos anteriores a la era cristiana, la percepción humana carecía de un límite definido entre el yo y el no yo. En otras palabras, el cuerpo como representante yoico no se distinguía demasiado del organismo como representante del hombre universal. La individualidad no era, por tanto, el rasgo característico de entonces, y el hombre se definía más por su pertenencia a la raza o a la tribu que por sus particularidades personales. Tampoco existía una clara discriminación entre mundo interno y mundo externo. Esta es una cosmovisión que en muchas comunidades se ha mantenido, y en la que el sujeto conserva disueltos los límites entre él y el mundo. Las prácticas actuales de las creencias de oriente -como el budismo, el taoísmo, etc.-, a través de las cuales el sujeto intenta conservar esta disolución, representan una aproximación a este modo perceptivo. La existencia era vivida, pues, como un fenómeno grupal, y era precisamente ese "espíritu de grupo" el que daba identidad y conciencia a la comunidad.
Aquella fusión con el entorno marcó una modalidad perceptiva que por sus características puede ser asociada al estado primario o perinatal del aparato psíquico, objeto de estudio de nuestras investigaciones.
La era cristiana marca el comienzo de un nuevo modo perceptivo signado por una mayor diferenciación yo-no yo, es decir, por una mayor individuación. El sujeto comienza a desarrollar consciencia de sí, lo que en términos bioenergéticos significa la posibilidad de reunir en sí mismo la totalidad de su energía vital -anteriormente dispersa en la tribu y mediatizada a través del espíritu de grupo-. Se inicia así la era de la individuación y de la autoconsciencia.
Aquí comienzan a vislumbrarse los tres estadios que más tarde distinguirán al aparato psíquico. El ámbito perinatal, lo indiferenciado, irá evolucionando hacia lo emocional, es decir, ciertos montos de energía que antes no tenían la posibilidad de ser tolerados como discriminados de la totalidad serán ahora contenidos en diferentes zonas corporales. El sujeto podrá percibir su cuerpo como diferente de la totalidad y de los demás individuos gracias a la emoción contenida. A su vez, la permanencia del espacio emocional irá generando las condiciones para la internalización de símbolos, esto es, de las representaciones de la realidad en el interior del organismo.
Debemos considerar estas pautas evolutivas como productos internos de la percepción humana, como capacidades que el organismo ha ido desarrollando a lo largo de su evolución y que en última instancia han tendido a metabolizar la totalidad de la energía vital. La consciencia de sí le ha ido permitiendo al hombre percibirse y percibir el mundo que lo rodea con una discriminación creciente hasta nuestros días.
Estamos por finalizar la primera década del siglo XXI y nuestra civilización se encuentra presionada por un cambio evolutivo inminente que se presenta con características de cambio cualitativo. Alienada en la percepción de sí misma y en su visión del mundo, la humanidad está atravesando este cambio en forma casi inconsciente y sin las herramientas necesarias para enfrentarlo. La presión que está ejerciendo el proceso evolutivo sólo es percibida en forma indirecta: a través de las alteraciones climáticas, el desequilibrio emocional y social, la caída de los valores y las instituciones y, en fin, el desmembramiento de la civilización.
No sabemos con certeza si los hombres con poder (económico, político, religioso) poseen el conocimiento y la capacidad para comprender lo que está pasando, pero sí es probable que no tengan la verdadera dimensión del período que estamos atravesando. Y aquí es donde vamos a aventurar nuestra hipótesis, basada en una observación sistemática, constante y responsable, acerca de la posible evolución del organismo humano:
Convengamos que es el organismo humano en su estado de cuerpo, de sujeto individuado, el que genera los productos culturales y los medios para llevar a cabo la vida en comunidad. Pues bien, aparentemente se ignora de plano un hecho: la evolución ha concluido una tarea y está comenzando otra. Habiendo logrado el organismo humano su capacidad funcional para tener consciencia, está en condiciones de retener la totalidad de su energía vital en los tres ámbitos biofuncionales, y es precisamente por ello, que la presión evolutiva lo impulsa hacia una nueva formación estructural del cuerpo.
Ahora bien, creemos que este estado de "completud" al que ha arribado el organismo, esta tolerancia a albergar tres niveles de transcripción (ámbito perinatal, emocional y simbólico), no necesariamente se manifiesta ordenadamente en la vida en comunidad. Si bien la cultura ha creado espacios materiales e intelectuales para todas las manifestaciones humanas, esto es, las manifestaciones que surgen de los tres ámbitos, se ha llegado a un punto de saturación sin retorno. La violencia destructiva emanada del ámbito emocional, muchas veces justificada políticamente (apoyada en el ámbito simbólico), o totalmente irracional e invasiva (apoyada en el ámbito perinatal), nos está mostrando que nuestra civilización no sabe qué hacer con la acumulación de la historia personal de sus congéneres. Amenazada por la ignorancia, nuestra humanidad no sabe cómo comportarse frente al paso evolutivo que se está insinuando.
Este paso evolutivo constituye algo gigantesco: el hombre deberá liberarse de su alienación en el cuerpo y ser consciente de que es más que su historia personal. De este modo el proceso evolutivo tendrá acceso a su cuerpo para proponerle una nueva síntesis.
Aquí nos topamos con otro elemento a tener en cuenta: la existencia de esos tres ámbitos en el desarrollo evolutivo humano no garantiza por sí sólo la independencia del sujeto de los mismos. Por el contrario, plantea un desafío que consiste en separarse de su influencia a través de la creación de un punto de observación instalado fuera del yo. El desarrollo de ese punto de observación permite entregar los tres ámbitos a los vaivenes del proceso evolutivo general que los derivará hacia la formación de nuevas estructuras funcionales.
Hemos insistido, a lo largo de todos estos años, en la necesidad de ir creando un nuevo lugar perceptivo a través de un corrimiento sistemático de la percepción: el del "observador". El observador es el lugar perceptivo al que el ser humano accede cuando logra diferenciarse de lo que hace, siente o piensa, de lo que representa social e históricamente. Desde allí se posee identidad sólo por el mero hecho de percibirse.
En otras palabras, debemos saber qué hacer con nuestra historia personal; la evolución nos está empujando hacia una nueva frontera, donde nuestra constitución corporal actual no es apta, por lo que creemos urgente desplazar la percepción desde el cuerpo al observador. Creemos también que existe un cuarto ámbito al cual nos estamos aproximando perceptivamente como parte de un proceso evolutivo inexorable. Precisamente el motivo principal de esta exposición es este fenómeno natural que se está comenzando a manifestar.
El tiempo que llevamos investigando profundamente este tema y las evidencias clínicas halladas en el curso de treinta años de trabajo nos han permitido afirmar y confirmar lo siguiente:
  • Que en la actualidad la evolución muestra claramente que entre los 30 y 40 años de edad se completa el proceso simbólico, esto es, la introyección del entorno del sujeto como conocimiento simbolizado. Esta introyección se inicia en el niño a partir de la capacidad de abstracción. El proceso de abstracción permite descubrir el nexo oculto e inasequible al conocimiento empírico, es por tanto el proceso por el cual el sujeto logra ingresar a su percepción (aprehender) las biofunciones que subyacen a la existencia de las cosas.
  • Que la completud del proceso simbólico es idénticamente funcional a la maduración yoica. Así, el yo adquiere en esta integración su máxima capacidad de abstracción.
  • Que la maduración del yo deja en condiciones al sujeto para pensarse a sí mismo. Podemos decir que el ámbito simbólico también puede ser llamado ámbito de la autopercepción, dado que en él se reúnen los elementos que permiten la individuación autoperceptiva del sí mismo. Con esta maduración el sujeto se transforma en una entidad autopercibida.
  • Que concretada la maduración del yo, y siendo el sujeto una entidad autopercibida, se inicia evolutivamente otro período del desarrollo psicofísico. En esta nueva etapa el sujeto deberá tolerar la disolución de los símbolos que sirvieron de vehículo a las biofunciones incorporadas. Habiendo logrado la maduración yoica, ya no necesita de símbolos para percibirse como entidad separada. Se inicia así el proceso de disolución del yo. El sujeto comienza a perder de este modo los anclajes simbólicos que lo vinculaban al mundo. La caída de los símbolos y la ausencia de la necesidad de sostenerlos van minando las fuerzas del yo hasta que éste se disuelve.
  • Que la comprensión y aceptación de este estadio evolutivo arrastra al cuerpo a una mutación total. Después de "toda una vida" de estar sosteniéndose con los símbolos acumulados por su historia personal, el sujeto debe aceptar el desmoronamiento de esa organización histórica. La estructura psicofísica del organismo comienza a abandonar los anclajes culturales y a recuperar el vínculo directo con el entorno natural. La transición de un estadio a otro es crítica e intensa debido al arraigo cultural de los estadios precedentes, y debido también al desconocimiento de la existencia de esta cuarta etapa de la vida.

El Cuarto Ámbito o Ámbito del Sí Mismo
Como hemos visto, en el transcurso de la vida existe un tiempo durante el cual el proceso de transcripción de los tres ámbitos va transformándolos en uno solo, el cuarto ámbito. Esto quiere decir que la fragmentación funcional en tres ámbitos producida por el cuerpo es arrastrada hacia la unidad. En este arrastre el contenido de los tres ámbitos se va disolviendo, y la historia personal queda licuada y desaparece del primer plano del carácter. De esta manera, al perder los contenidos de su historia personal, la estructura funcional del sujeto va transmutando en una unidad autocontenida (cuarto ámbito). El sujeto se transforma en una unidad o, mejor dicho, recupera la unidad originaria perdida por el movimiento evolutivo de la materia.
El pensamiento funcional es una de las señales que marcan el comienzo de este proceso de transformación en unidad, ya que surge de la transmutación de los tres ámbitos en una expresión simbólica única*. El pensamiento funcional es la consecuencia intelectual de la transcripción de los tres ámbitos que ahora -devenidos en el cuarto ámbito funcional de la existencia humana -devuelve la unidad de funcionamiento al organismo vivo; mientras que el pensamiento considerado como normal o habitual estaría mostrando todavía la separación entre sensación, emoción y símbolo, al estar invadido por ideas todavía disociadas del afecto que las generó.
La influencia de nuestra cultura sobre el organismo humano es tan fuerte y cala tan hondo en las funciones vitales que, frente a esta exigencia evolutiva y natural de abandonar los anclajes, la propia cultura defiende el terreno ganado, las jerarquías instaladas, colocando al sujeto dentro de un esquema patológico, substituyendo a este cuarto estadio evolutivo natural por otro totalmente cultural: la vejez.
El proceso de envejecimiento es interpretado así por nuestra cultura con las características de un cuadro patológico. Todos conocemos los numerosos síntomas que se asocian al envejecimiento y que justifican el deterioro del organismo como algo normal. Este cuadro nos muestra casi en forma patética la culminación del proceso de acorazamiento patológico y el triunfo del yo sobre el organismo. En realidad, durante el período en el que se comienza a producir el cuarto ámbito la existencia del sujeto se ve compelida hacia una especie de alternativa que se ha ido formando a lo largo de su historia: o el cuerpo deviene organismo y se transforma en una unidad funcional, o el organismo deviene cuerpo y se somete definitivamente a las jerarquías impuestas por la cultura a través del yo, el acorazamiento se consolida como definitivo y por ende la muerte -que es la muerte del yo- arrastra a la totalidad del sujeto.
De lo anterior se desprende que el Biofuncionalismo está considerando a la vejez como la resultante patológica de los esfuerzos que lleva a cabo la cultura encarnada en el cuerpo del sujeto para mantenerlo dentro de sus designios simbólicos y sus jerarquías de valores, y de este modo perpetuar biológicamente la civilización vigente. Es una clara alteración del proceso vital de desarrollo que, aunque parezca increíble, interrumpe la evolución humana y direcciona prematuramente al hombre hacia la muerte por autoaniquilamiento. La autopercepción dirigida hacia el proceso de envejecimiento, tal como las costumbres vigentes lo describen, va minando las capacidades naturales del organismo. Pareciera que la cultura vigente induce al suicidio individual al mantener vigente la descripción del proceso de envejecimiento como un valor indiscutible e inexorable, claro que con ello impide la liberación de las fuerzas que vinculan al hombre con su entorno natural, y que de otra manera le permitirían regresar a su origen cósmico desprendido de la pesada carga de su historia personal y social.
A las puertas de comprender desde otro lugar el proceso de envejecimiento, podemos expresar que la vejez, lejos de ser la mensajera del fin, encarna el misterio de un nuevo comienzo.
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* Sabemos que el pensamiento es una de las funciones desde las cuales se puede observar el flujo de la energía vital: la dirección del pensamiento es la dirección que toma en cada sujeto el flujo energético. En el proceso de transformación del sujeto en una unidad, el curso del pensamiento va arrastrando ideas que contienen cargas afectivas del ámbito emocional y del ámbito perinatal.

El presente artículo sobre la acidia, junto con el anterior dedicado al sufrimiento humano, aunque escritos hace una década, representan una muy precisa descripción del punto de inflexión al que en estos momentos ha llegado toda la humanidad. A través de este material, el lector podrá acercarse a comprender el estado evolutivo actual del organismo humano y su inminente cambio.


La Acidia. 
El Origen de la Pereza
Conferencia pronunciada el 5 de enero de 2002


En nuestra práctica clínica como orgonomistas, lo primero que aprendemos a observar es de qué manera la estructura psíquica se va consolidando como un modo de defensa frente a los embates del entorno. Cada conducta es vista como una acción adaptativa que tiende a mantener el equilibrio entre el sujeto y el medio ambiente. 

Una de las certezas que nos ayudó muchísimo para avanzar en el conocimiento de la dinámica psicofísica fue el hecho de haber comprendido la identidad funcional entre el sistema inmunológico (físico) y el sistema defensivo caracterial (psíquico). Más que una identidad funcional entre estos dos sistemas, podemos afirmar que es un solo sistema que se expresa de dos maneras. Veamos la historia de lo que estamos diciendo: 
 
Cuando comenzamos a abordar los problemas psíquicos utilizando la terapia orgonómica, pusimos el énfasis en desmantelar el sistema defensivo, ya que suponíamos que la enfermedad ocurría por una exagerada defensa del organismo. En esa época, la terapia consistía en buscar las resistencias y desmantelar las defensas para que la energía fluyera.

Al aplicar sistemáticamente estos preceptos terapéuticos, nos fuimos encontrando con que en los pacientes tratados con este abordaje se producían espontánea y simultáneamente reacciones físicas y psíquicas muy primitivas, cuyas características eran su desvinculación con el simbolismo que caracterizaba al yo, y que por lo tanto hacía imposible la interpretación caracteroanalítica tradicional. En el año 1982 aproximadamente había aparecido el Sida; y, para aumentar nuestra confusión, esta enfermedad también se expresaba con las mismas características, reacciones espontáneas y simultáneas del sistema físico y psíquico, y desvinculación simbólica de la estructura caracterial. Fue asombroso darnos cuenta de que aquello que estábamos produciendo en los pacientes con nuestro abordaje terapéutico, también estaba ocurriendo en la comunidad mundial en la forma de una epidemia. Esto es: el desmantelamiento de las defensas y la imposibilidad del yo para estructurarse y generar una autocontención a partir de su estructura simbólica particular; y como resultado de ello, el sujeto era arrasado por la energía vital que fluía libremente, sin continente, atravesando la piel y las protecciones psíquicas. 

Este período representó una primera etapa en el armado de nuestro abordaje terapéutico. La segunda etapa se inició cuando comenzamos a comprender y resolver la cuestión de las reacciones psicofísicas espontáneas de carácter asímbólico. 

Las fallas inmunológicas que ocurrían como consecuencia del proceso terapéutico se nos aparecían como un problema debido a que eran demasiado espectaculares, a tal punto llegaba su expresividad tanto orgánica como psíquica que lograban asustarnos. Las conclusiones a las que arribamos luego de profundizar el trabajo terapéutico fueron que, al analizar la historia personal, movilizarla y descargarla a través de los músculos, no sólo se aumentaban las sensaciones corporales sino que como consecuencia de ello se producía un notorio estado de atontamiento que iba variando en intensidad. Falta de ganas para realizar las tareas cotidianas, hacerlas o no daba lo mismo, ausencia de sentimientos de culpa o de responsabilidad, el mundo perdía su sentido, ya no tenía la importancia de antes; todo esto acompañado por la sensación cada vez más intensa de desazón, angustia e inquietud permanente.

Este estado, que ocurría tanto en la terapia didáctica aplicada a los profesionales del equipo como en pacientes comunes, tuvo que ser incorporado en nuestra autopercepción como “lo habitual” de ese momento especial del proceso, como el ruido del tren cuando está en marcha. Nos decíamos que, si uno quiere llegar a algún lado, tiene que incorporar el ruido de la marcha como un acompañante más. Pudimos comprender que el verdadero problema surgía cuando no escuchábamos el ruido. 

Al ir enfrentándonos con este problema, fuimos tolerando su presencia, y ello nos permitió profundizarlo y entender que estábamos dentro de un ámbito que había sido abierto por nosotros mismos: el ámbito perinatal. 

Vimos también que muchas personas, sin estar en tratamiento, manifestaban -y manifiestan- conductas parecidas a las que estábamos observando en este estadio (desasosiego, inquietud, angustia); entonces nos preguntamos: ¿cuál es la ventaja de hacer lo que estamos haciendo? La respuesta se disparó sola: tenemos la ventaja de saber lo que está ocurriendo, de enfrentar lo que nos ocurre con todos los sentidos puestos en la situación. Al ser conscientes, al darse cuenta, las situaciones críticas que producen las fallas adaptativas de los sistemas defensivos de la gente pueden ser comprendidas y abarcadas. Ello nos protege para que no sean las situaciones críticas las que nos abarquen a nosotros sino al revés. Esta actitud, este darse cuenta, activa en forma unitaria la totalidad del organismo que, al entregarse al flujo de energía que lo atraviesa sin defenderse, permite una revitalización profunda a nivel tisular y funcional, impidiendo de esta forma la instalación crónica de situaciones conflictivas y de enfermedades orgánicas. 

Las cuestiones de la inquietud, de la falta de ganas para hacer las cosas de todos los días, de que todo da lo mismo como un estado obnubilado de la consciencia, orbitaron en nuestras reflexiones hasta que finalmente se nos hizo la luz. Entiendo que cualquier lector podría identificar en sus propias sensaciones lo que estamos describiendo: inquietud, intranquilidad, pesadez en el cuerpo, ganas de seguir durmiendo y a la vez falta de sueño, imposibilidad de poner atención en las cosas, falta de sentido en las tareas cotidianas, fastidio... Conceptualmente pudimos establecer que, al retirar las proyecciones de los objetos de nuestro entorno, la energía depositada en el mundo regresaba sobre nosotros mismos y nos envolvía en una especie de torbellino de sensaciones. Y así, envuelto en ese torbellino de sensaciones, todo el organismo era empujado hacia la vivencia de su propio origen, la vivencia perinatal. El mundo perdía sentido, el entorno no podía ser aprehendido directamente por los sentidos. Para poder convivir con ese estado, nos decíamos y repetíamos a través del diálogo con nosotros mismos que debido a nuestra propia búsqueda el mundo estaba perdiendo sentido, que era real que el mundo pueda perder el sentido, que nuestra coraza se estaba disolviendo y por ende nuestro mundo también, que íbamos a morir para el mundo que conocimos, que estábamos en camino de trascender sus límites. Todos estos argumentos de fondo fueron apoyando nuestra autopercepción y nos ayudaron a tolerar el profundo cambio. 

Con el tiempo y con más información bibliográfica, supimos que lo que nosotros estábamos descubriendo vivencialmente en aquellos momentos no era nada nuevo para la historia humana; este estado de consciencia, este nivel de autopercepción ha existido desde siempre en el hombre. Los hombres de la Iglesia Católica que contactaron en forma consciente por primera vez con este fenómeno de la autopercepción lo llamaron ACIDIA.

La Acidia es para la Iglesia Católica uno de los Pecados Capitales. Posiblemente buscando explicaciones más simples, se desdibujó su importancia como fenómeno perceptivo al cambiar su denominación y llamarlo simplemente “Pereza”. El cambio no fue muy acertado, ya que dejó oculto un hecho fundamental para los que investigan los fenómenos de la consciencia. Los monjes de la Edad Media llegaron a este estado de Acidia en su búsqueda de Dios, en su afán por fundirse con Dios. 

Hemos investigado profundamente este síndrome, que ya ha ganado su status dentro del contexto de nuestros desarrollos conceptuales con la denominación de Complejo de Acidia o Acedia. 

Conceptualmente decimos que, a través de un proceso sistemático y ordenado de remoción de los mecanismos adaptativos que se encuentran instalados en el cuerpo por la propia historia personal, el sujeto puede ir retirando sus proyecciones del mundo, de los objetos de su entorno, y como consecuencia de ello irá ingresando a un ámbito asimbólico (el ámbito perinatal), lugar donde se produce un leve pero permanente estado de obnubilación de la consciencia. Esto quiere decir que se está acercando vivencialmente a su propio nacimiento. Esta aproximación hace que el cuerpo actual, adulto, se inquiete y se defienda. ¿Cómo se defiende? Lo hace a través de la producción de ideas. ¿Cuáles son las ideas que se producen en el ámbito perinatal? Ya no son fantasías cuyos contenidos apelan a la historia personal del sujeto, ya que desaparecen las imágenes parentales (como, por ejemplo, los sentimientos acerca del padre, de la madre, etc.), sino que surgen perceptos ligados a los orígenes, sentimientos oceánicos, de totalidad. La proximidad con la vivencia de fusión hace que el cuerpo se defienda simbolizándola. 

En el caso de los monjes, habiendo llegado a ese punto límite y por acción del sistema defensivo que tiende a proteger su propia individualidad, en vez de entrar en contacto con Dios, se defienden de Dios, en vez de “hablar” con Dios, hablan de Dios. Así, la búsqueda del contacto con Dios se mantiene como búsqueda intelectual. Hablan de Dios y no con Dios. Esto nos muestra que aún no hay una fusión, sino que se mantiene la separación originaria. 

Veamos esta sensación actuando en lo cotidiano. Tomemos como ejemplo el desempeño de una actividad tal como se llevaba a cabo hace cincuenta años. Tomemos como ejemplo a un científico, una ama de casa, o un carpintero de aquella época. La persona estaba fundida en su propia tarea, “el yo” y la tarea eran una sola cosa. De pronto el progreso, el desarrollo y el avance del materialismo sobre la mentalidad humana logran que el científico, que la ama de casa y que el carpintero se separen de la tarea, que comiencen a ver la tarea independiente de ellos mismos; y así con esa falta de fusión el sujeto ingresa en el ámbito de la Acidia. Ya he retirado mi energía de la tarea, y ésta ha quedado descargada, vacía. Ahora, en el vínculo con mi tarea se va interponiendo la idea de la tarea”, por lo que la fusión se hace ficticia. 

El monje puede tener la idea de Dios, pero ésta no lo satisface, ya que la idea es sólo un anhelo y patentiza la separación con Dios. 

En el caso de nuestra búsqueda como investigadores, ésta se dirige hacia lo que denominamos el momento perinatal o la vivencia del nacimiento; la teoría nos crea la expectativa de llegar a ese lugar, de llegar al momento perinatal y de llegar a la unidad. Claro que si a ese lugar no se llega vivencialmente, esto es, a través del contacto, el proceso intelectual transforma nuestra búsqueda en idea, y de esta manera llega el momento de la insatisfacción: la idea está allá y vos acá. La idea es en sí mismo separación, es un símbolo, una representación de lo real, por tanto marca la ausencia de lo real.

Este es un enorme problema con el que se ha encontrado la Iglesia. Nuestro equipo ha tenido la suerte de poder conceptualizarlo y queremos transmitirlo. Hay una especie de límite al que uno llega en su viaje hacia el sí mismo. Una frontera para la cual hemos creado algunas maniobras biofuncionales que permitan superarla. 

En el caso del monje que ingresa en esta situación, comienza a sentir que lo que tenía como anhelo, que lo que tanto buscaba, no llega nunca. Vive una sensación de desasosiego debido a que, al llegar a este límite, su sistema defensivo ha reemplazado rápidamente la actitud de entrega por la actitud de simbolizar la entrega; y el símbolo no satisface porque el símbolo separa. Resumiendo: en vez de entregarse, uno habla de entregarse; en vez de dejarse caer, uno habla de dejarse caer. Es decir, se va creando una estructura ideativa alrededor del ámbito que se insinúa como muy cercano al origen, esto es, el ámbito perinatal. 

En nuestro trabajo personal hemos investigado nuestra falta de fuerzas, de sentido, nuestro desasosiego. Esta problemática con la que nos topamos, que en la actualidad parece ser parte de la época en la que vivimos, viene siendo estudiada por la Iglesia desde la Edad Media. Esto nos parece valioso, dado que ya habría una historia de las intenciones por comprenderla. Conseguimos aproximarnos conceptualmente debido a que nuestro trabajo clínico y de investigación nos permitió acceder a un ámbito perceptivo nuevo: el ámbito de las sensaciones perinatales. En este ámbito queda invalidada la historia personal, aquí ya no nos sirven las ideas históricas contenedoras de la vida cotidiana. El sujeto queda expuesto a las sensaciones que, sin contenido, intranquilizan y crean desasosiego en el organismo todo. Permanecer en el lugar al que llamamos ámbito perinatal supone estar en ese estado. El ámbito perinatal nos acerca a la Acidia, que enfocada desde este nuevo lugar puede ser reformulada. 

Aldous Huxley escribe sobre la Acidia:

Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamabandaemon meridianus”, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de aquellos monjes que se hastiaran de trabajar bajo el sol opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones. Y una vez instalado dentro,¡ que estragos cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el astro a la mitad de su curso celeste. Regresaba entonces a la sombra y se preguntaba por que razón él estaba metido en una celda y si la existencia tenía algún sentido. Volvía entonces a mirar el sol, hallándolo indiscutiblemente estacionario, mientras que la hora de la merienda común se le antojaba más remota que nunca. Volvía entonces a sus meditaciones para hundirse, entre el disgusto y la fatiga, en las negras profundidades de la desesperación y el consternado descreimiento. Cuando tal cosa ocurría el demonio sonreía y podía marcharse ya, a sabiendas de que había logrado una buena faena mañanera. 

A lo largo de la Edad Media este demonio fue conocido con el nombre de acedia”. Aunque los monjes seguían siendo sus víctimas predilectas, realizaba también buen número de conquistas entre los laicos. Junto con la “gastrimargia”, la “fornicatio”, la “philargyria”, la “trititia”, la “cenodoxia”, la “ira” y la “superbia”, la “acedia” o “taedium cordis” era considerada como uno de los ocho vicios capitales que subyugan al hombre. Algunos desacertados psicólogos del mal suelen hablar de la acedia como si fuera la llana pereza, Mas la pereza es tan sólo una de las numerosas manifestaciones del vicio sutil y complicado que es la acedia. Al hablar de ella en el “Cuento del Clérigo”, Chaucer hace una descripción muy precisa de ese catastrófico vicio del espíritu. “La acedia”, nos dice, “hace al hombre aletargado, pensaroso y grave. Paraliza la voluntad humana, retarda y pone inerte al hombre cuando intenta actuar. De la acedia proceden el horror a comenzar cualquier acción de utilidad, y finalmente el desaliento o la desesperación. En su ruta hacia la desesperanza extrema, la acedia genera toda una cosecha de pecados menores, como la ociosidad, la morosidad, la frialdad, la falta de devoción y el pecado de la aflicción mundana llamado “tristitia”, que mata al hombre, como dice San Pablo: Los que han pecado por acedia encuentran su morada eterna en el quinto círculo del Infierno. Allí se les sumerge en la misma ciénaga negra con los coléricos y sus lamentos y voces burbujean en la superficie”. 

La acedia no desapareció con los monasterios y la Edad Media. También el Renacimiento hubo de sometérsele. Podemos hallar una copiosa descripción de los síntomas de la acedia en la “Anatomía de la melancolía” de Burton. Los efectos de las maquinaciones del demonio del mediodía se conocen hoy como los vapores o el “spleen”. 

Alrededor de 1730 la acedia era considerada sino un pecado, por lo menos una enfermedad. Pero, aquel pecado de la aflicción mundana se volvió una virtud literaria, una moda espiritual. Llegó así el siglo XIX y el romanticismo, y con ellos el triunfo del demonio del mediodía. La acedia en su forma mas complicada y mortífera -una mezcla de hastío, tristeza y desesperación- era ahora motivo de inspiración de los mayores poetas y novelistas, cosa que sigue siendo a la fecha. Los románticos denominaron este horrible fenómeno como “mal du siecle”. El nombre era lo de menos, lo que nombraba seguía siendo lo mismo. El demonio del mediodía tuvo muchos motivos para sentirse satisfecho durante el siglo XIX. 

Curioso fenómeno éste, el progreso de la acedia, que de ser un pecado mortal sujeto a condena eterna pasa a ser primero una enfermedad y luego una emoción esencialmente lírica, fructífera en la inspiración de gran parte de la literatura moderna más notable. El sentimiento de la futilidad universal, las sensaciones de aburrimiento y de desesperación, con el deseo complementario de hallarse “en algún lugar fuera de este mundo”, o por lo menos fuera del lugar en el que uno está en ese preciso momento, han dado inspiración a la poesía y a la novela por mas de un siglo... Y la acedia subsiste aún entre nosotros como inspiración, como uno de los temas literarios más serios, intensos y profundos. ¿Qué significa esto? Si es evidente que el progreso de la acedia es un acontecimiento espiritual de considerable importancia, ¿cómo explicarlo?. 

El siglo XIX no inventó la acedia. El aburrimiento, el desánimo y la desesperación han existido siempre, y han sido padecidos con igual intensidad en el pasado que en la época actual. Pero algo ocurrió que hizo a estas emociones respetables y dignas de confesarse públicamente, ya no son pecaminosas ni se las considera meros síntomas de una enfermedad. 

... Causa más sutil del triunfo del hastío fue el desproporcionado crecimiento de las ciudades. Acostumbrados ya a la vida ferviente en esos contados centros de actividad, los hombres hallaron que la vida fuera de la urbe les resultaba intolerablemente insípida. Y al mismo tiempo se agotaban a tal grado por la agitación de la vida urbana que terminaban prendándose del monótono hastío de la provincia, de las islas exóticas e incluso de otros mundos, -cualquier puerto de reposo era bueno-. Y para coronar esta vasta estructura de fracasos y desilusiones, llegó la espantosa catástrofe de la guerra del '14. Otras épocas han sido testigos de desastres y han padecido desilusiones, pero en ninguna otra centuria las desilusiones se sucedieron a tal velocidad y sin intervalo como en el siglo XX, por la simple razón de que nunca antes el cambio había sido tan rápido y profundo. El “mal du siecle” era un mal inevitable, de hecho, podemos presumir con cierto orgullo que tenemos derecho a nuestra acedia. Para nosotros no es un pecado o un padecimiento de hipocondríacos, es un estado mental que el destino nos ha impuesto. 

(Fuente: 1948. “On the Margin” de Aldous Huxley.) 

Convengamos entonces que habría un estado que ya describían los monjes en la Edad Media; que, como consecuencia de un trabajo sobre nosotros mismos, dicho estado aparece un buen día, de repente, sin que nadie lo esperara, se manifiesta como algo extraño, como falta de fuerzas, como pérdida de sentido para hacer las cosas, como desazón. La Iglesia, dijimos, lo define como Pereza, y por considerarlo un pecado incentiva a la persona a salir de ella a través del sentimiento de culpa. 

El Corán tiene una elaboración distinta y no termina en la Acidia como la Iglesia. El Corán dice que Dios creó al hombre en aflicción, Dios creó al hombre en tensión, en lo que él llama el kábad. 

Kábad es lo que hace tener en vilo al corazón. Es esa excitación interior del hombre que lo hace estar intranquilo, insatisfecho, nervioso. En el Islam no se considera en absoluto un sentimiento negativo, porque no es pasivo, no es la aflicción o la penalidad que obliga a sufrir sin más, sino que es la fibra última de lo humano, es lo que le hace al hombre ser lo que es: un animal distinto a los demás, ya que busca, pretende, ansía, lucha, puja, no se conforma. Es el Kábad lo que está en el fondo de su grandeza y no de su miseria. Esto es el Kábad, una tensa inquietud que forma parte de la naturaleza humana porque ha sido creada así por Alá, el cual ha sembrado el desasosiego como estímulo para que empuje y active al hombre. 

Dios creó al hombre en el Kábad, que es el estado de tensión permanente, que produce intranquilidad, que produce insatisfacción, que produce desasosiego; pero no es un pecado como la Acidia, sino que es algo esencialmente humano. Si el hombre perdiera su estado de insatisfacción y de tensión, el motor o en última instancia el conflicto, dejaría de ser hombre. 

Nuestra visión como investigadores de este fenómeno ubica este estado en el límite entre la materia y la energía. El ser humano se realiza como tal en el contacto con el Kábad, esto es, con la inquietud e intranquilidad esenciales. 

¿Qué es lo que transforma este estado de inquietud permanente, motor esencial de nuestra vida, en un estado como el de la Acidia? La intolerancia. 

La intolerancia, o sea, la falta de preparación del cuerpo para convivir con su propia existencia, le cambia la dirección a esa inquietud, que en su origen es el motor de la vida misma. Pero la intolerancia no llega a ser pecado, no llega a ser Acidia. La intolerancia aún es un estado corporal. Es ese mismo estado el que hace abandonar la búsqueda de lo real  reemplazándolo por una idea. Así el mundo de Dios se transforma en la idea del mundo de Dios. Es el momento en el que el monje pierde el mundo de Dios, lo transcribe en la idea. Pierde la sensación de búsqueda y la reemplaza por la idea, surge la insatisfacción. Es el comienzo del estado de Acidia.

La pérdida de la sensación de búsqueda y su transcripción en idea de búsqueda inicia la transformación de lo sagrado en profano, de lo trascendente en contenido mundano. Es conocido aquello de que la diferencia entre un cura y un santo es que el cura habla de Dios con la gente mientras que el santo habla de la gente con Dios. 

El crecimiento del hombre descripto por el Corán es interesante por el énfasis que este libro sagrado pone en el cuidado del cuerpo y en las posibilidades de llegar a Dios-Alá a través del cuerpo y a través de la naturaleza. De allí el valor de ajustarse a las leyes naturales. El cristianismo, en cambio, transmite una idea de cuerpo que no alcanza a integrarse a la búsqueda de Dios. Es como si el cuerpo sobrara en el contacto con Dios. Sólo la imagen del cuerpo de Jesús, capaz de contener la totalidad de su conciencia, parece incluir el contacto pleno con Dios. 

La Acidia surge entonces como consecuencia de la pérdida de la sensación de búsqueda de Dios y su transcripción en la idea de buscar a Dios. La presencia de esa idea genera un sentimiento de ausencia corporal que se vive como un profundo vacío, hay un sinsentido que se produce por la falta de contacto con lo buscado. Lo buscado ha quedado tan sólo como mera idea, mero anhelo. Es que el monje, habiendo retirado la energía de los objetos del mundo y no pudiendo acceder al contacto con lo trascendente, no pudiendo fusionarse con la totalidad, pero tampoco pudiendo volver al mundo, ha transformado su búsqueda en un anhelo sin fin, inútil e insatisfactorio. 

También tiene que ver con el pecado de Acidia el hecho de que una persona en este estado se halla como encerrada, paralizada. No puede acceder a la fusión con la totalidad pero tampoco puede crear un mundo sustituto, tampoco puede proyectarse en los objetos del mundo. Esto crea, sin duda, una sensación muy cercana a la envidia cuando se vincula con personas que sí pueden hacerlo. 

Existe un estado de intranquilidad previo a la muerte. Es un estado corporal en el que se siente que ya no hay espacio en el mundo, “acá no es, acá no, acá tampoco”. Es un estado agudo y momentáneo, se asemeja al estado que estamos describiendo, y si este estado se hace crónico es Acidia. Es como estar escapando permanentemente del vacío, de la muerte. La Acidia es como estar frente a la muerte y por algún motivo no poder morir. Cuando la Biblia habla de los últimos tiempos diciendo “pedirán la muerte y la muerte no les llegará”, seguramente habla de la Acidia. La metáfora de la Acidia se define como un estar frente a la muerte sin poder morir pero tampoco pudiendo vivir.

Nuestra teoría incluye el permanente contacto con las sensaciones. De esta manera, cuando los conceptos no pierden el vínculo con la sensación que los generó, se mantienen vivos. Así es como, si bien la teoría en la que nos apoyamos puede transcribirse -al igual que la idea de Dios- en una defensa, la propia teoría lleva implícito el contacto con las sensaciones y el concepto importantísimo de tolerancia.

La búsqueda de la tolerancia, que no está en el monje como objetivo, convoca a las sensaciones y nos conduce desde las ideas hacia el mismo cuerpo. Desde este punto de vista, los preceptos teóricos favorecen la entrega, ya que buscan ligar las ideas a las sensaciones, buscan instalar el pensamiento funcional. En el pensamiento funcional, la idea no reemplaza a las sensaciones sino que son dos aspectos de un solo fenómeno sensorial. 

El problema que plantea el fenómeno de la Acidia es que el hombre quiere y necesita actuar pero se ve imposibilitado de hacerlo porque la acción ha perdido sentido en su cuerpo. Un principio terapéutico importante para estas circunstancias es el siguiente: cuando el actuar en lo cotidiano pierde sentido, es de fundamental importancia la decisión inexorable de llevar a cabo las tareas programadas como si ello no estuviera ocurriendo, aún sin el sentido que tenían. No es posible ni saludable llevar a cabo la vida cotidiana esperando recuperar el sentido, eso es ya una idea y favorece la Acidia. Es decir, mientras haya una idea que te permita hacer lo que estás haciendo, estás haciendo en el estado de Acidia. La idea por la cual haces la tarea, sirve para mantener la insatisfacción y todas las reacciones sensoriales descriptas en el estado de Acidia. La consigna es hacer lo que hay para hacer sin ninguna idea, sin ninguna expectativa, aunque nada tenga sentido, es vital llevarlo a cabo en sí mismo. Esto hace que se utilice toda la energía en la acción, descargando la idea. Se puede esperar sin esperar. Esperar sólo con la intención, sin ninguna idea. 

Para culminar, es oportuno y de vital importancia relacionar este estado de desasosiego, este estado de intranquilidad que hemos venido conociendo, con el presente que nos toca vivir, con la crisis mundial que estamos atravesando. El estado de desasosiego, común a muchos de nosotros, puede entenderse como un corrimiento perceptivo, un vínculo diferente con el cuerpo, un lugar distinto desde donde estamos percibiendo la realidad. Desde esta hipótesis, podemos comprender que la inquietud que nos altera puede ser la percepción por parte de nuestro cuerpo de la proximidad de un nuevo lugar, de un nuevo entorno regido por leyes diferentes. Cada mundo posee un lugar perceptivo desde donde se genera, un espacio y un tiempo determinado, con leyes propias que definen su existencia. Y esto no es una idea. En el año 1992, un grupo de personas pudimos vivenciar un espacio y un tiempo diferente, y a muchos nos ocurrió que caminar un determinado trecho se hacía interminable, no llegábamos nunca al lugar donde queríamos llegar, era como caminar en falso. Sabemos por los estudios realizados por la medicina espacial, que en el espacio las distancias se alteran, y son percibidas como mayores. En aquel año y en aquella experiencia, no estábamos en el espacio, pero efectivamente las leyes físicas que rigen lo cotidiano se habían alterado, se habían alterado las leyes que rigen el propio funcionamiento corporal, la percepción común, y por lo tanto percibíamos diferente lo cotidiano. Es necesario aclarar nuevamente que no es una idea sino un estado corporal que estamos comprendiendo. 

Quiero cerrar esta charla incluyendo entonces la posibilidad de que el estado de desasosiego, que tiende a extenderse cada vez a más personas, pueda estar asociado a cambios perceptivos importantes. Esto no sólo nos impone una investigación más exhaustiva sobre el tema, sino que nos compromete a seguir indagando en esta nueva fuente que son las sensaciones perinatales.

“El hombre debiera vincularse con el mundo como si no fuese a morir nunca y con Dios como si fuese a morir ahora mismo”.



                                                                              Alberto Díaz Goldfarb

                                                  

El Sufrimiento Humano

Conferencia Abril 2003
El Sufrimiento Humano
Su Origen y Sentido
(El Libro de Job)

   Desde los albores de la civilización judeo cristiana la incógnita del sufrimiento humano ha subyugado al hombre. 
   El libro de Job es un discurso sobre este sufrimiento. El poeta que lo escribió permanece en el anonimato y es considerado por los estudiosos "el Shakespeare de la biblia". 
   En esa época se llevaba a cabo un tipo de costumbre muy particular denominada "el suicidio teológico", y que consistía en renegar y maldecir a Dios para que la muerte terminara con el sufrimiento del sujeto. 
   En este contexto, Job, luego de perder todos sus bienes afectivos y materiales y enfermar gravemente, se niega a maldecir a Dios y, según el texto biblico, Satanás pierde su apuesta con el mismo Dios. 
   Después de todas estas penurias y con una probada actitud devocional, Job desafía al propio Dios diciéndole que, si realmente era un pecador, Él se lo demostrara; y si, por el contrario, no encontraba falta alguna en su conducta, que el mismo Dios reconociera que se había equivocado. Con esta actitud consiguió comunicarse directamente con el Creador y, si bien no obtuvo la respuesta que le exigiera, Dios le devolvió y le aumentó todas las posesiones que había perdido. Job murió a la edad de ciento cuarenta años rodeado de seres queridos.

   La mayoría de las religiones consideran el sufrimiento humano como una prueba de Dios para otorgar virtudes y no para castigar la conducta de los hombres. Los teólogos afirman que el hombre no debe aceptar el sufrimiento impuesto con el propósito de beneficios personales sino con una actitud puramente devocional. En suma, a lo largo de la historia de nuestra civilización, las religiones, a través de sus estudiosos e investigadores, han tratado infructuosamente de incluir el sufrimiento humano dentro de un plan divino. La falta de éxito se hace visible en la dificultad para conciliar la paradoja que representa que un dador de bondad, como es un Dios creador repleto exclusivamente de amor, permita que el sufrimiento se enseñoree en la vida de todas sus criaturas.
   En realidad, en el Mito de Job, Satanás aparece haciéndole una apuesta a Dios acerca de la debilidad de los hombres frente al sufrimiento, y la posibilidad de que por esa misma debilidad los hombres renieguen de Dios. 
   Aquí aparece, por primera vez en nuestra civilización, el conflicto entre lo temporal y lo eterno, entre lo profano y lo divino, al fin, entre materia y energía vital. Desde este conflicto, el hombre se insinúa como el producto paradojal del mismo, la consecuencia de la fusión entre lo profano y lo divino. 
   Según la interpretación de los teólogos, el vínculo de Dios con el Diablo, descripto en el libro de Job, es la metáfora del diálogo de Dios consigo mismo, del diálogo íntimo que el creador dejó como herencia en todos los hombres, del encuentro, en el interior del propio hombre, de Dios y el Diablo. 
   En la actualidad, agosto de 2000, el Papa Juan Pablo II confirmó la existencia endobiológica de esa dualidad: ¨el infierno no es un lugar fuera del hombre hacia donde los pecadores son llevados, sino que este lugar se encuentra en el interior de cada uno¨ . ¿Y Dios?. También.


   Son muchas las evidencias que nos acercan a la convicción de que en este producto paradojal que es el hombre, conviven, se enfrentan y polemizan las dos fuerzas que alimentan lo viviente: el mal y el bien, y todos los pares que lo representan y que han logrado escapar de una valoración moral: lo temporal y lo eterno, la materia y la energía, la entropía y la antientropía, la gravedad y la antigravedad. Aunque sea un poco prematuro afirmarlo porque nos adelantamos a nuestro propio análisis, en estos polos se encuentra la presencia de Dios y el Diablo.


   Permítasenos ahora tomar el fenómeno del sufrimiento humano desde nuestra comprensión biofuncional. 
   Es evidente por sí mismo que todo sufrimiento es personal y subjetivo, y que su presencia implica necesariamente la participación de los sentidos. Por esta razón es lícito considerar al sufrimiento como un fenómeno sensorial. 
   La cualidad subjetiva del sufrimiento hace suponer la elaboración simbólica de una experiencia objetiva. Veamos: Si aplico un estímulo doloroso en una persona, la sensación producida es objetiva y universal, el tejido reacciona a un estímulo que desborda su capacidad de tolerancia y se contrae para enfrentarlo, el dolor es un término que designa esta situación. 
   Entonces nos preguntamos, ¿en que se diferencia el dolor del sufrimiento?. 
   El dolor es una experiencia objetiva y universal. El sufrimiento es una experiencia subjetiva y personal. En el caso del sufrimiento, el dolor es uno de sus componentes. 
   El dolor es una sensación en sí, es una propiedad reactiva del tejido vivo. La representación producida por el dolor, esto es, la significación dada al estímulo, es la que transforma al dolor en sufrimiento. Esta transformación es llevada a cabo por una acción individual de la propia persona. En esta acción, el sujeto interpreta la sensación producida por el estímulo, en función de su propio esquema psíquico. 
   Podemos así afirmar que el sufrimiento es el estado de conciencia producido por el conflicto entre una reacción natural (el dolor), y la interpretación intelectual que la personaliza. En esta afirmación podemos ver que el precio que debemos pagar por poseer una identidad y ser personas individuadas del proceso natural es el sufrimiento mismo, que de este modo permanece como inherente al hombre mismo. 
   La existencia individual de los seres humanos sólo es posible a través del sufrimiento que produce la coexistencia de la energía y la materia, de Dios y el Diablo.


   Si bien la materia se origina en la propia energía, tanto para los seres vivos como para el hombre en particular, la existencia de la materia en sí misma es funcionalmente imposible. Los movimientos que expresan la vida en la materia no pertenecen a ella, la materia no se mueve, es movida, la energía que la sustenta es la que genera esta reacción. Así, cada uno de los movimientos y acciones de las células que componen el tejido vivo es una reacción frente al estímulo energético que las sustenta.
   Sabemos que en el proceso de densificación de la energía, lo que llamamos materia, se comienza a manifestar como tal en el momento en que la energía, por su densidad alcanzada, se somete a la gravedad e ingresa a la función de entropía. A partir de ese estado, el quanto de energía densificado inicia su camino hacia la fragmentación y el caos, propio de la materia. Inversamente, antes de ese punto de densificación desde donde la energía pasa a depender de las leyes de conservación de la materia, los campos de energía vital expresan una cualidad antientrópica y antigravitatoria. En el tejido vivo, debido a la coexistencia de estos dos estados de la energía, esto es, como materia y como campo, se expresan tendencias en conflicto como la de entropía y la de antientropía, como así también la tendencia a la fragmentación, propia de la materia, y la tendencia hacia la fusión con el todo, propia de la energía. Son estas dos tendencias encontradas las que hacen que la materia viva se vea constantemente sometida, por un lado, a la presión que ejerce la energía en dirección a la disolución de la estructura sólida, y por el otro, la fuerza de la entropía empujando lo sólido hacia la fragmentación.


   Así, la materia viva debe ejercer una separación permanente de la influencia del campo que tiende a disolverla. Esta acción de separación permanente es la que produce el movimiento, y a su vez es el mecanismo biofuncional del dolor. Dolor es separación, separación permanente de la totalidad. En el camino hacia la muerte, que es el camino de la vida, la sustancia viva en general debe librar una acción constante de defensa, en contra de la tendencia a la disolución que los campos de energía ejercen sobre la materia. Sabemos que finalmente la energía gana la batalla y se retira hacia la fusión con el quanto que invirtió para producir esa substancia viva, esa vida.
   Decíamos entonces que el movimiento que expresa la materia viva es un movimiento condicionado desde otro lugar, que la materia no se mueve sino que es movida, y que su movimiento defensivo tiene una sola dirección y destino, la fragmentación conocida como entropía. 
   Decíamos también que el motor del comportamiento de la substancia viva es la energía vital u orgón. Esta energía, en su estado libre de masa, manifiesta un comportamiento contrario al de la materia. Mientras ésta tiende permanentemente a la fragmentación, la energía vital se comporta como campo que tiende a integrarse a campos mayores, lo que nos da evidencias de un movimiento antientrópico cuyo destino final es la fusión -a través de la disolución- con la totalidad. 
   Dijimos también que la materia viva, para llevar a cabo su proceso evolutivo de fragmentación, desarrollo y crecimiento, debe desprenderse de la fuerte presión antientrópica y antigravitatoria que ejerce la energía vital. El dolor es la sensación que produce cada desprendimiento, durante la marcha que la vida, como materia, recorre hacia la muerte. 
   En el caso del ser humano, el dolor funcional producido por cada movimiento de separación, dispara una transcripción, tramuta lo genérico del tejido vivo, en lo individual del carácter psicofísico. Esta transcripción, que se lleva a cabo exclusivamente en el hombre, se basa en la historia personal del sujeto. El cúmulo de experiencias individuales que una persona va teniendo a lo largo de su vida, genera un tejido único donde, el dolor fundiéndose en la historia personal se manifiesta como un fenómeno exclusivamente humano: el sufrimiento. 
   Cuando decimos que el hombre sufre, nos estamos refiriendo asi, a un hecho que tiene un doble aspecto: universal y personal. Desde esta perspectiva no sería exagerado afirmar que el ser humano se define como tal porque sufre. Así, ser humano y sufrimiento componen una misteriosa comunión que hasta hoy han sido inseparables pese a los esfuerzos de todos los hombres de la historia. 
   El sufrimiento, al igual que la condición humana, debieran ser aceptados como inexorables. Ningún esfuerzo humano ha podido penetrar el misterio encerrado en esa inviolable unidad. Rendidos ante lo imposible, todos los esfuerzos, tanto religiosos como científicos, sólo atinaron a darle un sentido aceptable para poder integrarlo, no sin enormes dificultades y contradicciones a la vida cotidiana. 
   Aquellos esfuerzos que no se protegían bajo el manto de la fe de las diversas religiones, debieron enfrentar el misterio del sufrimiento humano desde una base racional. Todo fue infructuoso. El sufrimiento humano se transformó también en el enigma de la medicina, de la salud humana. 
   Hoy mismo, el sufrimiento humano se mantiene erguido, soberbio e imbatible. Ha sobrevivido a todos los esfuerzos por comprenderlo y exterminarlo. Sigue siendo un enigma.


   El biofuncionalismo, en su búsqueda por confrontar lo real, ha investigado el mito del sufrimiento humano, y ha dado algunos pasos hacia su comprensión y resolución.
   Hasta que la investigación del proceso de acorazamiento no demostró que la individuación caracterial psicofísica era el arma de doble filo que protegía el desarrollo del hombre y luego lo frenaba, o en otras palabras, que por un lado nos proveía de un yo y por el otro nos retiraba del contacto con lo universal; la historia personal de los seres humanos era considerada como algo inocuo, como un libro que cada persona llevaba debajo del brazo, donde se podía leer lo que cada uno había hecho con su vida. 
   Así, lo que cada uno había hecho con su vida, pasaba a ser bueno o malo, conflictivo o saludable, limitado o transcendente. Muchos investigadores se dedicaron a estudiar la vida, la biografía de los más relevantes, de los grandes sabios, de los grandes militares, de los grandes científicos, de los grandes asesinos, para de allí, sacar el modelo de humano sin sufrimiento. Sin embargo, todos los hombres prominentes, sin excepción, cargaron con el sufrimiento sobre su vida. 

   El biofuncionalismo se encontró con un hecho fundamental: que la historia personal de cualquier humano, es la metáfora personalizada del sufrimiento. Que el sufrimiento es el precio que tenemos que pagar para obtener la individualidad, para ser persona.


   El ser humano en el proceso de separarse de la indiscriminación del todo, genera experiencias personales que, en forma de capítulos, van estructurando una continuidad personal e intransferible en una vida determinada.
   Esta historia personal se va registrando en el propio cuerpo a través de la modificación y personalización de todas las funciones orgánicas, tanto físicas como psíquicas. De este modo, la historia personal va modificando el organismo humano originario, transformándolo en un cuerpo al servicio de una historia personal, y de una continuidad determinada. Las acciones humanas van perdiendo de este modo su carácter universal, quedando distorsionadas, destruidas u ocultas por las acciones individuales, por las acciones determinadas individualmente. 
   Todo esto es el sufrimiento. 
   La historia personal por su tendencia permanente a discriminarse de lo universal es también sufrimiento. De este modo, el dolor permanece muy poco tiempo en la vida del hombre ya que muy pronto deviene en sufrimiento. 
   Para que el sufrimiento devuelva el espacio usurpado al dolor, es necesario que pierda la significación dada por el carácter al estímulo doloroso, a través del cual lo transforma en sufrimiento.
   La historia personal no debe ser comprendida como la totalidad de la vida, la vida misma es mucho mas amplia que la historia personal. Debemos entender que la historia personal es solamente una etapa mas en la vida del hombre de nuestro tiempo, y que es posible atravesar sus rígidos límites. Para el Biofuncionalismo hay un mas allá donde es posible llegar con todos nuestros sentidos, con nuestro cuerpo entero. Con estos nuevos hallazgos, la trascendencia humana puede abandonar con toda tranquilidad el espacio del misticismo e ingresar dentro de las posibilidades cotidianas que la práctica clínica ha establecido. Si las personas interesadas en nuestras investigaciones consiguen aceptar y asumir la paradoja del sufrimiento humano, ello nos permitirá disminuir el esfuerzo para continuar desplegando nuestros hallazgos y hacerlos accesibles a todos. 
   La historia de cada uno posee un aglutinante funcional, el yo. Ambos, historia personal y yo, acompañan el desarrollo del organismo hasta su maduración, pero debemos entender que ambos solo representan la mitad de la historia humana.