El fin de la palabra



¿Cuál es la finalidad de la palabra? ¿Qué función cumple el lenguaje?
¿Estamos a las puertas de su muerte? ¿Es el fin de la palabra?
En este artículo pretendemos abarcar ambos sentidos: acercarnos al verbo en su profundo valor, a la vez que comprender sus manifiestas limitaciones en la actualidad.



La comunicación verbal ha sido y es el único modo de transmisión de conocimiento. Desde las vivencias personales hasta lo aprehendido intelectualmente sólo pueden ser compartidos a través de códigos verbales comunes. Estos códigos que surgieron a partir de la necesidad, siempre vigente de relacionarnos con nuestros congéneres, fueron creciendo y perfeccionándose hasta alcanzar la plenitud en el lenguaje escrito. La  adquisición de la escritura representó así el hito capaz de darle a la palabra un lugar altamente simbólico.
Es a partir del lenguaje que el hombre adquiere  capacidad de abstracción o lo que es lo mismo, su capacidad de abstracción se ve  representada a través de la palabra. La visión del fenómeno como simultáneo, es más que significativa a la hora de comprender el salto evolutivo que significó la conquista del verbo.
Una sensación, un sentimiento son caracterizados a través del símbolo; más aún, son fusionados con él y en él. Es en esa metamorfosis   -de flujo a plasma-  que el ser humano logra su extensión en el mundo, su proyección en un otro, su verdadera realización y la certeza de su existencia. 
La alfabetización ha convalidado ampliamente el sentido trascendente del lenguaje, su potencial intrínseco de transmutación alquímica. Leer y escribir es ingresar a un nuevo mundo, al universo de la expresión, de la libertad y la memoria.  No se es libre sin la posibilidad de expresarse y no puede recordarse lo que no fue plasmado en símbolos. 
Saber hablar, leer y escribir es ante todo saber pensar. Pensamiento y palabra son inseparables ya que sólo puede pensarse en términos simbólicos. No exageramos al decir que debemos al lenguaje la existencia del mundo. ¿Qué mundo poseen las bestias? No el mismo que nosotros, ya que la palabra ha ido convalidando la existencia de todas las cosas en un nivel abstracto, lo que ha permitido que podamos imaginarlas. Imaginar es un prodigio puramente humano y alude a la posibilidad de recrear los hechos y protagonistas en su ausencia. 

Pretendo llevar al lector de esta nota a “imaginar” el comienzo de la comunicación verbal. A sentir a aquel hombre que, con los primeros sonidos onomatopéyicos, fue capaz de transmitir y compartir una realidad hasta entonces solitaria. No cabe duda que la convalidación de un fenómeno es buscada y realizada en  un “otro” que acompañe nuestra experiencia. Y para ello es necesario expresar, representar y significar lo que percibimos. La sociedad humana ha crecido dentro de esa percepción común, a partir de esos acuerdos perceptivos. Las certezas sobre las que basamos nuestro mundo cotidiano  no son sino, el fruto de la convalidación perceptiva de generación tras generación a través de la palabra sentida.
Pero ¿Qué es la palabra sentida? ¿Se sienten las palabras?
Quiero poner aquí el énfasis en la importancia del lenguaje como representante de “lo que quiere ser expresado”  y, en última instancia de “quien se expresa”. La palabra es el instrumento a través del  cual es posible manifestarse, a través del  cual el sujeto declara su compromiso, sentimiento, aceptación, desacuerdo acerca de algo.  
El símbolo es la voz del “sentir humano”, es  la herramienta capaz de hacer  explícito lo implícito, visible lo invisible. El lenguaje  es un medio de expresión y por tanto, “siempre” es acompañado por la intención de quien lo utiliza. 

En su origen el verbo tuvo cualidad formativa, de tal modo que el mundo simbólico en el que vivimos fue creado por el poder de la palabra.  Vocablo y realidad poseen así la misma fuente, se alimentan de la intención creadora original, aquella cuya fuerza logra hacer manifiesto lo latente. 
La evolución del lenguaje ha seguido seguramente, la misma evolución del hombre. Así, desde aquella intención originaria hasta nuestros días ha habido cambios substanciales, importantes y en  alguna medida degradantes.
Mitos y leyendas nos recuerdan que el verbo era potestad de los dioses y que  fueron ellos  quienes nos enseñaron a hablar. Para el hombre de entonces las palabras tenían poder, tanto para sanar y fortalecer como para herir y enfermar; poseían la potencia de transformar, de modificar los acontecimientos. Su expresión era respetaba y temida por ser el detonante de la acción.
Desde aquella humanidad hasta nuestros días, la voz fue separándose progresivamente de la intención creadora originaria y cobrando significado propio. Aquella palabra como instrumento del ser humano en general  fue mutando en  herramienta individual, utilizada por quienes poseían la capacidad de moldear el flujo vital en sílabas, de dar vida simbólica a lo asimbólico.  Este ha sido y sigue siéndolo mérito de quienes poseen el “don de la palabra”.
Lo innombrable sólo existe indiscriminadamente y  al no poder ser abarcado tampoco puede ser comprendido. El término le da a la existencia  asequibilidad, individuación y facultad transformadora.
Durante siglos la alfabetización estuvo al alcance de muy pocos y sólo estos pocos transitaban por las calles de un mundo completo. El resto permanecía en la ignorancia y en la inocencia de la cosa no dicha. Posteriormente la literatura fue creciendo y acercando al lector toda la riqueza del idioma. 
A nuestros días nos llega un lenguaje empobrecido debido a la falta de una clara intención por parte de quien se expresa. Como ámbito simbólico, la voz se ha independizado de tal modo, que sólo lleva impreso su valor comunicacional. El auge en las comunicaciones genera y necesita de esta locución descomprometida, de este enunciado superficial que deja fuera todo acompañamiento sentido. 
He aquí  el comienzo del fin de la palabra. Abandonada por el locutor y el escucha, sólo posee sentido en sí misma, sin más energía que la que le brinda la estética y la lingüística. Es entonces cuando el hablar bien es parte del atuendo personal, del ornamento con que nos vestimos para impresionar al otro.
Lejos quedó el alcance profundo del modelo, de aquel verbo inicial que conmovía al universo, lejos  también su valor vehicular a través del cual se expresaba lo sentido. La palabra ha quedado sola, desvalida, huérfana y próxima a su extinción. 
Un análisis más penetrante tal vez pueda mostrarnos que no posee la frecuencia de la época y que, por esto mismo, está siendo reemplazada por la imagen, cuya velocidad es acorde con nuestra urgencia. No dejamos por esto de lamentar tremenda pérdida.

El conocimiento humano posee etapas y en cada una de ellas, los instrumentos para asirlo van variando. La palabra: aquella brutal, vibrante,  transformadora, enorme se nos fue hace tiempo, su heredera, aquella del compromiso íntegro, de la presencia fuerte, del sentimiento claro y la intención certera dejó paso a esta pequeñita y debilucha que nos acompaña en discursos vacíos y  peroratas tristes…Ya no es creíble ni sentida, sólo representante de una sociedad decadente y perdida.




LOS GUARDIANES DEL TIEMPO

28 de febrero de 2015.                            

                            

                           TIEMPO FINAL – NUEVO TIEMPO
Estas notas son parte de un borrador sobre temas que apenas se vislumbran, por lo que no pretenden acceder a la categoría de artículo.   ____________________________________________________________
“. La batalla entre la oscuridad y la luz es un mito ancestral que se hunde en el misterio de los orígenes… La esclavitud del hombre está ligada a este mito. La separación de la materia del espíritu designa el tiempo de la esclavitud, del encierro en la materia y la desaparición de lo esencial del envoltorio de las cosas y de los hombres. Esto es, el ingreso a la era de la oscuridad de la que estamos emergiendo .”
Alquimia. El secreto entre la ciencia y la filosofía. Andrea Aromático. Ed. Claves  
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Para indagar los orígenes de nuestra existencia como humanos, nuestras  reflexiones se pierden irremediablemente en la noche de los tiempos.
Es imposible tomar las especulaciones que trataron de explicar el comienzo de nuestra existencia en la tierra ya que todas adolecen de un antropocentrismo exagerado: “Que nos originamos en monos u otros animales primitivos”, “Que somos los restos de una super civilización auto-destruida”, “Que fuimos creados como esclavos de seres extraños para luego ser abandonados a nuestra suerte”… en fin...si eliminamos toda esta fantasmagoría de los orígenes, nos encontramos de hecho con un fenómeno innegable: Hubo una oscuridad insondable que en su momento fue horadada por la luz.
Esto nos obliga a pensar que ese instante ocurre cuando el sol logra penetrar la envoltura oscura en la que está envuelta la tierra y en ese juego de polaridad luz-oscuridad, se inicia (¿nuevamente?) un ciclo evolutivo.
Sabemos que el juego de polaridades es el motor del movimiento. La oscuridad total es quietud, la luz total también. En esa quietud solo la nada o el vacío están presente, paseando sus formas aún por la falta de un polo referente que le sirva de motor a sus transcripciones para adquirir otro estado de vibración.
Los libros sagrados de todas las religiones mencionan la aparición de la luz como inicio del origen y esto es innegable. En un principio las tinieblas y luego la luz…
Cuando se inicia un juego de polaridades, lo que se pone en marcha es la inteligencia del cosmos. El orden natural se pone en movimiento. Ya sabemos por las investigaciones de la Orgonomía que la envoltura energética del cosmos guarda el potencial de inteligencia que luego se distribuye a través de las polarizaciones de todo lo existente. Materia y energía.
Sabemos que del continum cósmico se desprenden sistemas que trasladan la inteligencia a las sucesivas transcripciones de la energía: animales, plantas, minerales y todo lo que (por degradación llegó a transformarse en materia) fue degradándose en frecuencias hasta llegar a ser materia.
De esta manera, para que la irrupción de la existencia real de las cosas se concrete, el cosmos pierde su unidad, se disocia en luz-oscuridad, en materia y energía, generándose de esta manera una dinámica donde, del vacío expresado por la energía, surgen formas que se materializan para objetivar la existencia de una nueva materia.
Obviamente, la célula viva es una consecuencia directa de esta dinámica, y de esta manera se iniciaría la formación inteligente de estructuras vivas. La forma de su expresión material también se pierde en la noche de los tiempos. Solo subsiste la presencia de inteligencia trabajando en un movimiento evolutivo que ya no puede detenerse.                                                                                
De esta dinámica surgen sistemas inteligentes que se van apropiando de los movimientos intangibles que circulaban en el vacío. La investigación Orgonómica ha podido aislar algunos de estos sistemas y describirlos. Los denominó BIOFUNCIONES ya que se encuentran en la base de toda transcripción hacia la materia. Son el punto de conexión entre la inteligencia del sistema que se insinúa y la membrana que lo va a contener.
Y aquí debemos nuevamente dar un salto en nuestras reflexiones para creer que cuando un sistema inteligente ingresa en un organismo, éste inicia su movimiento evolutivo inexorable.Debemos sospechar que la máxima expresión inteligente de ese movimiento está expresada en el organismo humano. Digamos muy sintéticamente que el sistema inteligente albergado en el organismo humano puede ser llamado PERCEPCION. Decimos así que un sistema actúa sobre la realidad de las cosas a través de una acción: LA PERCEPCIÓN.
Agregamos entonces que llamamos PERCEPCION a la acción de sistemas de energía que pueden actuar libres de masa o a través de un organismo como por ejemplo, el ser humano.
La actividad de la percepción consiste en incorporar experiencia al acompañar el movimiento evolutivo de las polaridades. En el mismo sistema se van acumulando las alternativas que la evolución va imponiendo a la materia para que ella acompañe y actualice sus formas frente a los cambios que produce el movimiento de lo intangible.

En este punto, el hombre que percibe ya tiene incorporado el origen, la primera polarización. Su percepción ha grabado en su sistema inteligente el momento en que la unidad del cosmos se partía y de esa experiencia no podrá separarse nunca más.
Ahora bien, la noche de los tiempos tiene testigos que se encuentran moviéndose junto con la evolución. Son humanos cuya impresión de unidad del cosmos supera los fenómenos de superficie que va generando la disociación. Sus genes reparten esa información para inquietud de los organismos que la van recibiendo. Es una generación de humanos cuya percepción se encuentra instalada en el estado de unidad del cosmos, en el estado de fusión inseparable entre materia y energía.

A medida que avanza la disociación de la luz y la oscuridad estos hombres deben refugiarse, pues su visión atenta contra las certezas que produce la existencia de la materia independiente del espíritu.
A medida que la alienación en la materia de los grupos humanos crece, ellos deben crear diferentes maniobras para conservar su primera impresión, sus orígenes, es decir su verdadera existencia.
Para ellos se hace necesario manipular la materia para regresarla a su estado de fusión pues saben que la continuidad de la disociación conduce al caos, a la entropía.
Saben también que la evolución debe pasar por este estado de cosas donde la destrucción de la unidad precede a la recuperación final del estado de fusión primitivo.
Así nacen los alquimistas, ejército de originarios que conservan en sus genes la impresión primera de unidad cósmica para poder recuperarla en toda su plenitud cuando el tiempo de la fusión haya llegado.
Sin esta tarea oculta y silenciosa, el regreso de la unidad a través de la fusión acabaría con todo lo existente, incluso con la comunidad humana ya que ésta no está preparada para la vivencia de unidad de todas las cosas y ella, su percepción, vagaría sin rumbo y sin contenido.

LA ALQUIMIA
Describe la conducta responsable y continuada a través del tiempo, de estos hombres de los orígenes, guardianes de nuestro futuro.
Si bien, la separación entre ciencia y religión avasalló las posibilidades de una comprensión mayor de nuestra existencia, LOS ALQUIMISTAS crearon otra vía de conocimiento que inexorablemente incluye el estado de fusión de todas las cosas.
Espiritualizar la materia y materializar el espíritu fue la consigna. Así, en lo material utilizaban hornos, aparatos de destilación para cocinar la materia y lograr el traspaso sistemático de sus estados hasta llegar al espíritu, y viceversa, buscaban en el contacto consigo mismos la activación de sus genes de fusión para darle al espíritu nuevas formas materiales
La alquimia establece siete principios correspondientes a las cualidades intrínsecas de los metales simples:
Estos metales no son considerados elementos materiales sino principios arquetípicos. De ellos se deriva la siguiente tabla:
Luna = plata
Mercurio = mercurio
Venus = cobre
Sol = oro
Marte = hierro
Júpiter = estaño
Saturno = plomo
Astrología y alquimia son elementos inseparables. Los planetas regulan las diversas maniobras y representan los primeros productos de la materia elemental madurados por el espíritu en el seno de nuestra tierra.
En términos actuales basados en nuestras observaciones orgonómicas sobre el comportamiento del plasma solar, diremos que el objetivo fundamental de la experiencia material alquímica, era la de aprisionar unidades de plasma solar que contienen altísimas temperaturas y que puede convocar y transcribir cualquier tipo de materia. En nuestros estudios el fenómeno de la Kundalini  y la combustión espontánea son un ejemplo de ello, ya que nos sirvieron de guía para esta comprensión.
Se trataba entonces de conseguir un elemento lo suficientemente purificado para convertirse en catalizador del espíritu (plasma solar) e impregnarse del mismo transformándose éste en agente de transmutaciones reales en el plano material.

El vaso, el crisol de los alquimistas posee una precisión tal que si no se la obtiene la obra no se realiza. Es como una matriz de animal donde se (genera el envoltorio suficiente y necesario para retener el  espíritu (plasma), al igual que lo hace el seno materno.
KUNDALINI - FUEGO SERPENTINO - PLASMA SOLAR
Para continuar nuestra exposición, vamos a repasar algunos conceptos de la física:
Las eyecciones de masa coronal que periódicamente el sol emite a través de lo que los físicos llaman tormentas solares, expulsan enormes nubes de plasma al espacio. Estas nubes de plasma son llamadas vientos solares y arrastran con ellos infinidad de partículas subatómicas.
La radiación producida por estos vientos impacta sobre la superficie de los planetas produciendo choques electromagnéticos de alto poder. En el caso de nuestro planeta, la tierra está recubierta por una envoltura electromagnética llamada ionosfera que es la que filtra las fuertes radiaciones emitidas por los vientos solares. Así, el plasma que ingresa a la superficie terrestre llega con una modalidad impresa ya por esa filtración.
Los laboratorios de física han intentado en vano retener para su estudio a este plasma solar. Para ello crearon especies de jaulas electromagnéticas que detengan su carrera hacia el centro ígneo de la tierra pero su altísima temperatura (13 a15. 000 grados centígrados) hace imposible la tarea. El plasma solar solo dura fracción de segundos encerrado para luego seguir su carrera hacia el centro de la tierra.
Si bien este es el comportamiento de la radiación plasmática frente a los materiales inertes, existe otro destino al que llega su viaje desde el sol.
Envuelto en el misterio de sus orígenes, el comienzo de la vida en la tierra está estrechamente  vinculado a la relación con la luz del sol.
En algún momento del tiempo de origen se produjo el misterioso fenómeno de reversión donde las mismas partículas subatómicas de altísima temperatura generaron una autodefensa que interrumpió su carrera hacia su disolución final en el centro ígneo del planeta.
La misma partícula desarrolló una membrana húmeda que la encerró y allí se inició la fusión entre espíritu (partícula ígnea) y materia (membrana auto concebida o trasmutación de la forma en contenido, del espíritu en fusión con la materia).
Sabemos que toda célula viva tiene como función fundamental, la defensa de su integridad frente a los embates del tiempo que va variando en estímulos y que amenaza con la disolución de la membrana si ésta no promueve mecanismos de adaptación a los numerosos obstáculos producidos por el avance del tiempo sobre el ambiente (avance que conocemos con el nombre de "evolución")
Así, cada envoltura orgánica de la substancia viva está crónicamente en una actividad defensiva. Podemos inferir que todos los organismos vivos son expresión de esa defensa y que su actividad, llamada vida, consiste fundamentalmente de eso, defenderse y sobrevivir.
Desde el lugar donde se encuentra el núcleo ígneo en los organismos, se desprende el calor necesario para alimentar y mantener equilibrada la membrana orgánica. A lo largo de nuestro trabajo de investigación acerca del metabolismo energético, pudimos observar algunos importantes fenómenos que corroboran nuestras sospechas acerca de la existencia de esa unidad de plasma venida del sol:
.- El trabajo de meditación llevado a cabo por monjes que concluye con el ascenso del “fuego serpentino” fue una señal de la existencia de este elemento. Kundalini asciende por los canales vertebrales disolviendo y quemando los obstáculos que impiden su elevación hasta la cumbre de la cabeza donde rompe el “himen” que separa los dos hemisferios cerebrales y logra la fusión de los mismos, “iluminando” al aspirante, sumergiéndolo en una experiencia mística donde el sujeto se reúne finalmente con la totalidad.
.- Ya son conocidos los numerosos y misteriosos casos de combustión espontánea que aún no tuvieron una respuesta clara por parte de la ciencia. ¿Por qué una persona puede incendiarse desde adentro sin dañar su entorno y desaparecer en las cenizas de su propio cuerpo?
.- Y para que la razón entre también en estas reflexiones, diremos que los estados febriles son producto de reacciones defensivas donde el núcleo ígneo actúa para equilibrar la pérdida de armonía en la membrana que lo protege.
Para completar el cuadro de situación, decimos que en el organismo humano, el núcleo ígneo se encuentra alojado en un lugar semimaterial, considerado por la mística oriental como un centro de energía o chacra. Ellos lo denominan el chacra mulhadar y lo ubican en el espacio que se encuentra entre el ano y el utrículo prostático en el hombre. Igual localización anatómica en la mujer.
A medida que el núcleo plasmático mantiene saludable su membrana, va perdiendo el ímpetu quinético que lo aceleraba hacia el centro de la tierra y por fin termina saliendo del seno que lo contuvo, con suaves emanaciones hacia arriba, las que utilizan los meditadores para guiar su ascenso hacia la cabeza, pero más allá de esa utilización práctica, podemos observar el regreso del plasma solar a su origen, el sol, asciende, busca el espacio allá arriba. Si, el fuego, elemento base fundamental de nuestras vidas representa la actividad cotidiana del plasma solar regresando a su origen, el propio sol.
Cuando observamos un organismo que ha dejado de existir, vemos como su coloración se obscurece y el calor aumenta a medida que la putrefacción avanza. Poco a poco se “quema”, pierde el fuego que lo alimentaba y este asciende buscando integrarse a su origen.
Un leño ardiente se va extinguiendo a medida que el fuego que mantenía el vegetal vivo avanza hacia la superficie y se retira hacia las alturas desconocidas de la atmósfera.
Podemos afirmar que el fuego es la substancia ígnea venida del sol que regresa a su origen una vez que se libera del anclaje material que la mantenía unida a la tierra y a la entropía.

De esta manera tenemos cual es el metabolismo energético que como un “hilo intangible” vincula el espíritu-cielo-sol con la materia-tierra. Es posible que la intangibilidad y comportamiento fuera de las posibilidades perceptivas de los sentidos haya dado el toque misterioso que lo transformó en el espíritu venido de los cielos. De esta manera nos proponemos develar el mito de la alquimia: la búsqueda de la unión entre el cielo y la tierra para recuperar el sentimiento de unidad que es el fundamento de la existencia toda.
La consagración a la tarea de mantener la visión de unidad tuvo como finalidad enfrentar un tiempo de disociación donde la unidad estaba perdiéndose definitivamente. Sin la impronta genética que dejó esta generación de hijos del sol, hubiera sido imposible volver a reunir las partes disociadas y el espíritu vagaría sin rumbo nuevamente en las tinieblas.

El tiempo de la unidad ha llegado, la fusión comienza a asomar su grandeza y el espíritu se empieza a manifestar en muchas de las expresiones del carácter humano. El materialismo va cediendo espacio al espíritu.
Nuestra certeza de que esta generación de guardianes de la unidad depositó en el material genético humano lo que llamamos “el gen alquímico” ya no se pone en dudas.
Muchas veces nos preguntamos porque muchas personas ponen a funcionar su intelecto para reunir ambos reinos y otros no. ¿Porque la mayoría permanece impasible frente a las posibilidades de conocer y avanzar acompañando la evolución que ocurre en el tiempo, mientras que otras manifiestan un fuerte impulso a buscar respuesta frente a lo desconocido?.
Lo cierto es que “el gen alquímico” no logró ingresar en los ADN de todos los seres humanos y solo un puñado de semillas de fusión fueron incorporadas a la cadena genética de la humanidad.

NUESTRO APORTE. NUESTRO TRABAJO. NUESTRA TERAPIA
Casi al final de nuestra tarea de abordaje e investigación en el campo de la percepción vamos cerrando este simple pero enorme rompecabezas que significó el trabajo con la energía vital a través del cuerpo, a través de la materia viva y no viva.
Después de más de treinta años de tarea constante, el fenómeno comienza a mostrarnos el mapa que recorrimos casi intuitivamente para cuidar también nosotros la supervivencia de la unidad de todas las cosas.
Nuestro abordaje terapéutico se inició ingenuamente para borrar las huellas del pasado que impedían una vivencia plena del día a día. Poco a poco fuimos derrotando con el conocimiento una cerrada coraza que se oponía a las tendencias más profundas e integradoras de las personas. Para ello utilizamos las sensaciones que invaden al cuerpo cuando la energía circula presionando las resistencias. Tolerancia fue la palabra clave y transcripción de lo agobiante el resultado.
La consigna de “hacer consciente lo inconsciente” nos orientó hacia una mayor sensibilidad para detectar las impurezas del carácter y del cuerpo físico (posturas, gestos). De este modo quedó claro que el avance en el logro de la plenitud perceptiva y del organismo, consistía en ir transformando la vida cotidiana en algo cada vez más sutil, más sensible. Ello daba por resultado una aproximación lenta pero inexorable a frecuencias energéticas mucho mayores y nos acercaban al sistema de energía que permanecía disociado del cuerpo, orbitando en la periferia del mismo.
Paulatinamente fuimos logrando el contacta cuerpo-campo y nuestro código terapéutico incluyó este avance como definitivo. El abordaje terapéutico no se completaba si el intelecto no unía cuerpo y campo en un solo percepto. Nace de este modo lo que Reich denomino “el pensamiento funcional” que no es sino la expresión de la percepción de la unidad en todas las cosas. Sensación y representación simbólica no se separaron más para bien de nuestro abordaje terapéutico.
Sin saberlo nos fuimos acercando al núcleo ígneo debido a que la frecuencia del cuerpo se acercaba a la del campo. La eliminación de los obstáculos como fantasías neuróticas producidas por la historia personal o las distorsiones posturales y funcionales del cuerpo nos iba acercando a las emanaciones del centro donde el plasma encerrado vibraba hacia arriba su calor. Si, habíamos logrado accidentalmente acercarnos al núcleo de búsqueda de todo alquimista, el hilo que une el cielo con la tierra, la energía con la materia.
Digamos que el tiempo de la fusión ha llegada y nos encuentra dispuestos perceptivamente para comprenderlo y vivirlo. Nuestro intelecto fraguado en el ejercicio de la unidad, mantiene el gen alquímico. Es de esperar que la memoria sensible lo active para brindarnos finalmente todo el esplendor de la totalidad manifestada en el regreso a la fusión de espíritu y materia.
                                                                                    Alberto Díaz Goldfarb
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El cuarto ámbito

Conferencia sobre la posible evolución de la percepción humana
por Alberto Díaz Goldfarb

Para iniciar la presente exposición partiremos de la afirmación de que el ser humano ha ido evolucionando a través del tiempo desde sus orígenes y hasta nuestros días. No podríamos decir que el homo sapiens de las civilizaciones antiguas y el homo sapiens de nuestra era tecnológica son lo mismo. Así, la percepción humana a través del cuerpo también ha sufrido las alteraciones impuestas por esta evolución.
En términos generales decimos que el hombre fue transitando por diferentes estados perceptivos propios de cada época, en un desarrollo funcional y creciente capaz de brindarle una aproximación cada vez más integral y acabada a las dos entidades que definen su existencia, esto es, lo temporal y lo eterno. A través de esta evolución, el organismo, representante vital de lo eterno, se fue modificando a través del cuerpo, receptáculo del yo y por ende representante de lo temporal.
En nuestra terminología biofuncional hemos diferenciado cuerpo de organismo por considerar que el organismo es el aspecto genérico que define al hombre como un ser humano, mientras que el cuerpo es la modalidad individual de ese organismo, regido por un yo que lo particulariza, que le da un carácter y que lo hace peculiar.
En esta búsqueda de comprensión del fenómeno perceptivo en su aspecto histórico y evolutivo, tomaremos el inicio de la era cristiana como el punto de inflexión entre dos etapas, a nuestro entender, claramente diferenciadas por sus características perceptivas.
En los tiempos anteriores a la era cristiana, la percepción humana carecía de un límite definido entre el yo y el no yo. En otras palabras, el cuerpo como representante yoico no se distinguía demasiado del organismo como representante del hombre universal. La individualidad no era, por tanto, el rasgo característico de entonces, y el hombre se definía más por su pertenencia a la raza o a la tribu que por sus particularidades personales. Tampoco existía una clara discriminación entre mundo interno y mundo externo. Esta es una cosmovisión que en muchas comunidades se ha mantenido, y en la que el sujeto conserva disueltos los límites entre él y el mundo. Las prácticas actuales de las creencias de oriente -como el budismo, el taoísmo, etc.-, a través de las cuales el sujeto intenta conservar esta disolución, representan una aproximación a este modo perceptivo. La existencia era vivida, pues, como un fenómeno grupal, y era precisamente ese "espíritu de grupo" el que daba identidad y conciencia a la comunidad.
Aquella fusión con el entorno marcó una modalidad perceptiva que por sus características puede ser asociada al estado primario o perinatal del aparato psíquico, objeto de estudio de nuestras investigaciones.
La era cristiana marca el comienzo de un nuevo modo perceptivo signado por una mayor diferenciación yo-no yo, es decir, por una mayor individuación. El sujeto comienza a desarrollar consciencia de sí, lo que en términos bioenergéticos significa la posibilidad de reunir en sí mismo la totalidad de su energía vital -anteriormente dispersa en la tribu y mediatizada a través del espíritu de grupo-. Se inicia así la era de la individuación y de la autoconsciencia.
Aquí comienzan a vislumbrarse los tres estadios que más tarde distinguirán al aparato psíquico. El ámbito perinatal, lo indiferenciado, irá evolucionando hacia lo emocional, es decir, ciertos montos de energía que antes no tenían la posibilidad de ser tolerados como discriminados de la totalidad serán ahora contenidos en diferentes zonas corporales. El sujeto podrá percibir su cuerpo como diferente de la totalidad y de los demás individuos gracias a la emoción contenida. A su vez, la permanencia del espacio emocional irá generando las condiciones para la internalización de símbolos, esto es, de las representaciones de la realidad en el interior del organismo.
Debemos considerar estas pautas evolutivas como productos internos de la percepción humana, como capacidades que el organismo ha ido desarrollando a lo largo de su evolución y que en última instancia han tendido a metabolizar la totalidad de la energía vital. La consciencia de sí le ha ido permitiendo al hombre percibirse y percibir el mundo que lo rodea con una discriminación creciente hasta nuestros días.
Estamos por finalizar la primera década del siglo XXI y nuestra civilización se encuentra presionada por un cambio evolutivo inminente que se presenta con características de cambio cualitativo. Alienada en la percepción de sí misma y en su visión del mundo, la humanidad está atravesando este cambio en forma casi inconsciente y sin las herramientas necesarias para enfrentarlo. La presión que está ejerciendo el proceso evolutivo sólo es percibida en forma indirecta: a través de las alteraciones climáticas, el desequilibrio emocional y social, la caída de los valores y las instituciones y, en fin, el desmembramiento de la civilización.
No sabemos con certeza si los hombres con poder (económico, político, religioso) poseen el conocimiento y la capacidad para comprender lo que está pasando, pero sí es probable que no tengan la verdadera dimensión del período que estamos atravesando. Y aquí es donde vamos a aventurar nuestra hipótesis, basada en una observación sistemática, constante y responsable, acerca de la posible evolución del organismo humano:
Convengamos que es el organismo humano en su estado de cuerpo, de sujeto individuado, el que genera los productos culturales y los medios para llevar a cabo la vida en comunidad. Pues bien, aparentemente se ignora de plano un hecho: la evolución ha concluido una tarea y está comenzando otra. Habiendo logrado el organismo humano su capacidad funcional para tener consciencia, está en condiciones de retener la totalidad de su energía vital en los tres ámbitos biofuncionales, y es precisamente por ello, que la presión evolutiva lo impulsa hacia una nueva formación estructural del cuerpo.
Ahora bien, creemos que este estado de "completud" al que ha arribado el organismo, esta tolerancia a albergar tres niveles de transcripción (ámbito perinatal, emocional y simbólico), no necesariamente se manifiesta ordenadamente en la vida en comunidad. Si bien la cultura ha creado espacios materiales e intelectuales para todas las manifestaciones humanas, esto es, las manifestaciones que surgen de los tres ámbitos, se ha llegado a un punto de saturación sin retorno. La violencia destructiva emanada del ámbito emocional, muchas veces justificada políticamente (apoyada en el ámbito simbólico), o totalmente irracional e invasiva (apoyada en el ámbito perinatal), nos está mostrando que nuestra civilización no sabe qué hacer con la acumulación de la historia personal de sus congéneres. Amenazada por la ignorancia, nuestra humanidad no sabe cómo comportarse frente al paso evolutivo que se está insinuando.
Este paso evolutivo constituye algo gigantesco: el hombre deberá liberarse de su alienación en el cuerpo y ser consciente de que es más que su historia personal. De este modo el proceso evolutivo tendrá acceso a su cuerpo para proponerle una nueva síntesis.
Aquí nos topamos con otro elemento a tener en cuenta: la existencia de esos tres ámbitos en el desarrollo evolutivo humano no garantiza por sí sólo la independencia del sujeto de los mismos. Por el contrario, plantea un desafío que consiste en separarse de su influencia a través de la creación de un punto de observación instalado fuera del yo. El desarrollo de ese punto de observación permite entregar los tres ámbitos a los vaivenes del proceso evolutivo general que los derivará hacia la formación de nuevas estructuras funcionales.
Hemos insistido, a lo largo de todos estos años, en la necesidad de ir creando un nuevo lugar perceptivo a través de un corrimiento sistemático de la percepción: el del "observador". El observador es el lugar perceptivo al que el ser humano accede cuando logra diferenciarse de lo que hace, siente o piensa, de lo que representa social e históricamente. Desde allí se posee identidad sólo por el mero hecho de percibirse.
En otras palabras, debemos saber qué hacer con nuestra historia personal; la evolución nos está empujando hacia una nueva frontera, donde nuestra constitución corporal actual no es apta, por lo que creemos urgente desplazar la percepción desde el cuerpo al observador. Creemos también que existe un cuarto ámbito al cual nos estamos aproximando perceptivamente como parte de un proceso evolutivo inexorable. Precisamente el motivo principal de esta exposición es este fenómeno natural que se está comenzando a manifestar.
El tiempo que llevamos investigando profundamente este tema y las evidencias clínicas halladas en el curso de treinta años de trabajo nos han permitido afirmar y confirmar lo siguiente:
  • Que en la actualidad la evolución muestra claramente que entre los 30 y 40 años de edad se completa el proceso simbólico, esto es, la introyección del entorno del sujeto como conocimiento simbolizado. Esta introyección se inicia en el niño a partir de la capacidad de abstracción. El proceso de abstracción permite descubrir el nexo oculto e inasequible al conocimiento empírico, es por tanto el proceso por el cual el sujeto logra ingresar a su percepción (aprehender) las biofunciones que subyacen a la existencia de las cosas.
  • Que la completud del proceso simbólico es idénticamente funcional a la maduración yoica. Así, el yo adquiere en esta integración su máxima capacidad de abstracción.
  • Que la maduración del yo deja en condiciones al sujeto para pensarse a sí mismo. Podemos decir que el ámbito simbólico también puede ser llamado ámbito de la autopercepción, dado que en él se reúnen los elementos que permiten la individuación autoperceptiva del sí mismo. Con esta maduración el sujeto se transforma en una entidad autopercibida.
  • Que concretada la maduración del yo, y siendo el sujeto una entidad autopercibida, se inicia evolutivamente otro período del desarrollo psicofísico. En esta nueva etapa el sujeto deberá tolerar la disolución de los símbolos que sirvieron de vehículo a las biofunciones incorporadas. Habiendo logrado la maduración yoica, ya no necesita de símbolos para percibirse como entidad separada. Se inicia así el proceso de disolución del yo. El sujeto comienza a perder de este modo los anclajes simbólicos que lo vinculaban al mundo. La caída de los símbolos y la ausencia de la necesidad de sostenerlos van minando las fuerzas del yo hasta que éste se disuelve.
  • Que la comprensión y aceptación de este estadio evolutivo arrastra al cuerpo a una mutación total. Después de "toda una vida" de estar sosteniéndose con los símbolos acumulados por su historia personal, el sujeto debe aceptar el desmoronamiento de esa organización histórica. La estructura psicofísica del organismo comienza a abandonar los anclajes culturales y a recuperar el vínculo directo con el entorno natural. La transición de un estadio a otro es crítica e intensa debido al arraigo cultural de los estadios precedentes, y debido también al desconocimiento de la existencia de esta cuarta etapa de la vida.

El Cuarto Ámbito o Ámbito del Sí Mismo
Como hemos visto, en el transcurso de la vida existe un tiempo durante el cual el proceso de transcripción de los tres ámbitos va transformándolos en uno solo, el cuarto ámbito. Esto quiere decir que la fragmentación funcional en tres ámbitos producida por el cuerpo es arrastrada hacia la unidad. En este arrastre el contenido de los tres ámbitos se va disolviendo, y la historia personal queda licuada y desaparece del primer plano del carácter. De esta manera, al perder los contenidos de su historia personal, la estructura funcional del sujeto va transmutando en una unidad autocontenida (cuarto ámbito). El sujeto se transforma en una unidad o, mejor dicho, recupera la unidad originaria perdida por el movimiento evolutivo de la materia.
El pensamiento funcional es una de las señales que marcan el comienzo de este proceso de transformación en unidad, ya que surge de la transmutación de los tres ámbitos en una expresión simbólica única*. El pensamiento funcional es la consecuencia intelectual de la transcripción de los tres ámbitos que ahora -devenidos en el cuarto ámbito funcional de la existencia humana -devuelve la unidad de funcionamiento al organismo vivo; mientras que el pensamiento considerado como normal o habitual estaría mostrando todavía la separación entre sensación, emoción y símbolo, al estar invadido por ideas todavía disociadas del afecto que las generó.
La influencia de nuestra cultura sobre el organismo humano es tan fuerte y cala tan hondo en las funciones vitales que, frente a esta exigencia evolutiva y natural de abandonar los anclajes, la propia cultura defiende el terreno ganado, las jerarquías instaladas, colocando al sujeto dentro de un esquema patológico, substituyendo a este cuarto estadio evolutivo natural por otro totalmente cultural: la vejez.
El proceso de envejecimiento es interpretado así por nuestra cultura con las características de un cuadro patológico. Todos conocemos los numerosos síntomas que se asocian al envejecimiento y que justifican el deterioro del organismo como algo normal. Este cuadro nos muestra casi en forma patética la culminación del proceso de acorazamiento patológico y el triunfo del yo sobre el organismo. En realidad, durante el período en el que se comienza a producir el cuarto ámbito la existencia del sujeto se ve compelida hacia una especie de alternativa que se ha ido formando a lo largo de su historia: o el cuerpo deviene organismo y se transforma en una unidad funcional, o el organismo deviene cuerpo y se somete definitivamente a las jerarquías impuestas por la cultura a través del yo, el acorazamiento se consolida como definitivo y por ende la muerte -que es la muerte del yo- arrastra a la totalidad del sujeto.
De lo anterior se desprende que el Biofuncionalismo está considerando a la vejez como la resultante patológica de los esfuerzos que lleva a cabo la cultura encarnada en el cuerpo del sujeto para mantenerlo dentro de sus designios simbólicos y sus jerarquías de valores, y de este modo perpetuar biológicamente la civilización vigente. Es una clara alteración del proceso vital de desarrollo que, aunque parezca increíble, interrumpe la evolución humana y direcciona prematuramente al hombre hacia la muerte por autoaniquilamiento. La autopercepción dirigida hacia el proceso de envejecimiento, tal como las costumbres vigentes lo describen, va minando las capacidades naturales del organismo. Pareciera que la cultura vigente induce al suicidio individual al mantener vigente la descripción del proceso de envejecimiento como un valor indiscutible e inexorable, claro que con ello impide la liberación de las fuerzas que vinculan al hombre con su entorno natural, y que de otra manera le permitirían regresar a su origen cósmico desprendido de la pesada carga de su historia personal y social.
A las puertas de comprender desde otro lugar el proceso de envejecimiento, podemos expresar que la vejez, lejos de ser la mensajera del fin, encarna el misterio de un nuevo comienzo.
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* Sabemos que el pensamiento es una de las funciones desde las cuales se puede observar el flujo de la energía vital: la dirección del pensamiento es la dirección que toma en cada sujeto el flujo energético. En el proceso de transformación del sujeto en una unidad, el curso del pensamiento va arrastrando ideas que contienen cargas afectivas del ámbito emocional y del ámbito perinatal.

El Sufrimiento Humano

Conferencia Abril 2003
El Sufrimiento Humano
Su Origen y Sentido
(El Libro de Job)

   Desde los albores de la civilización judeo cristiana la incógnita del sufrimiento humano ha subyugado al hombre. 
   El libro de Job es un discurso sobre este sufrimiento. El poeta que lo escribió permanece en el anonimato y es considerado por los estudiosos "el Shakespeare de la biblia". 
   En esa época se llevaba a cabo un tipo de costumbre muy particular denominada "el suicidio teológico", y que consistía en renegar y maldecir a Dios para que la muerte terminara con el sufrimiento del sujeto. 
   En este contexto, Job, luego de perder todos sus bienes afectivos y materiales y enfermar gravemente, se niega a maldecir a Dios y, según el texto biblico, Satanás pierde su apuesta con el mismo Dios. 
   Después de todas estas penurias y con una probada actitud devocional, Job desafía al propio Dios diciéndole que, si realmente era un pecador, Él se lo demostrara; y si, por el contrario, no encontraba falta alguna en su conducta, que el mismo Dios reconociera que se había equivocado. Con esta actitud consiguió comunicarse directamente con el Creador y, si bien no obtuvo la respuesta que le exigiera, Dios le devolvió y le aumentó todas las posesiones que había perdido. Job murió a la edad de ciento cuarenta años rodeado de seres queridos.

   La mayoría de las religiones consideran el sufrimiento humano como una prueba de Dios para otorgar virtudes y no para castigar la conducta de los hombres. Los teólogos afirman que el hombre no debe aceptar el sufrimiento impuesto con el propósito de beneficios personales sino con una actitud puramente devocional. En suma, a lo largo de la historia de nuestra civilización, las religiones, a través de sus estudiosos e investigadores, han tratado infructuosamente de incluir el sufrimiento humano dentro de un plan divino. La falta de éxito se hace visible en la dificultad para conciliar la paradoja que representa que un dador de bondad, como es un Dios creador repleto exclusivamente de amor, permita que el sufrimiento se enseñoree en la vida de todas sus criaturas.
   En realidad, en el Mito de Job, Satanás aparece haciéndole una apuesta a Dios acerca de la debilidad de los hombres frente al sufrimiento, y la posibilidad de que por esa misma debilidad los hombres renieguen de Dios. 
   Aquí aparece, por primera vez en nuestra civilización, el conflicto entre lo temporal y lo eterno, entre lo profano y lo divino, al fin, entre materia y energía vital. Desde este conflicto, el hombre se insinúa como el producto paradojal del mismo, la consecuencia de la fusión entre lo profano y lo divino. 
   Según la interpretación de los teólogos, el vínculo de Dios con el Diablo, descripto en el libro de Job, es la metáfora del diálogo de Dios consigo mismo, del diálogo íntimo que el creador dejó como herencia en todos los hombres, del encuentro, en el interior del propio hombre, de Dios y el Diablo. 
   En la actualidad, agosto de 2000, el Papa Juan Pablo II confirmó la existencia endobiológica de esa dualidad: ¨el infierno no es un lugar fuera del hombre hacia donde los pecadores son llevados, sino que este lugar se encuentra en el interior de cada uno¨ . ¿Y Dios?. También.


   Son muchas las evidencias que nos acercan a la convicción de que en este producto paradojal que es el hombre, conviven, se enfrentan y polemizan las dos fuerzas que alimentan lo viviente: el mal y el bien, y todos los pares que lo representan y que han logrado escapar de una valoración moral: lo temporal y lo eterno, la materia y la energía, la entropía y la antientropía, la gravedad y la antigravedad. Aunque sea un poco prematuro afirmarlo porque nos adelantamos a nuestro propio análisis, en estos polos se encuentra la presencia de Dios y el Diablo.


   Permítasenos ahora tomar el fenómeno del sufrimiento humano desde nuestra comprensión biofuncional. 
   Es evidente por sí mismo que todo sufrimiento es personal y subjetivo, y que su presencia implica necesariamente la participación de los sentidos. Por esta razón es lícito considerar al sufrimiento como un fenómeno sensorial. 
   La cualidad subjetiva del sufrimiento hace suponer la elaboración simbólica de una experiencia objetiva. Veamos: Si aplico un estímulo doloroso en una persona, la sensación producida es objetiva y universal, el tejido reacciona a un estímulo que desborda su capacidad de tolerancia y se contrae para enfrentarlo, el dolor es un término que designa esta situación. 
   Entonces nos preguntamos, ¿en que se diferencia el dolor del sufrimiento?. 
   El dolor es una experiencia objetiva y universal. El sufrimiento es una experiencia subjetiva y personal. En el caso del sufrimiento, el dolor es uno de sus componentes. 
   El dolor es una sensación en sí, es una propiedad reactiva del tejido vivo. La representación producida por el dolor, esto es, la significación dada al estímulo, es la que transforma al dolor en sufrimiento. Esta transformación es llevada a cabo por una acción individual de la propia persona. En esta acción, el sujeto interpreta la sensación producida por el estímulo, en función de su propio esquema psíquico. 
   Podemos así afirmar que el sufrimiento es el estado de conciencia producido por el conflicto entre una reacción natural (el dolor), y la interpretación intelectual que la personaliza. En esta afirmación podemos ver que el precio que debemos pagar por poseer una identidad y ser personas individuadas del proceso natural es el sufrimiento mismo, que de este modo permanece como inherente al hombre mismo. 
   La existencia individual de los seres humanos sólo es posible a través del sufrimiento que produce la coexistencia de la energía y la materia, de Dios y el Diablo.


   Si bien la materia se origina en la propia energía, tanto para los seres vivos como para el hombre en particular, la existencia de la materia en sí misma es funcionalmente imposible. Los movimientos que expresan la vida en la materia no pertenecen a ella, la materia no se mueve, es movida, la energía que la sustenta es la que genera esta reacción. Así, cada uno de los movimientos y acciones de las células que componen el tejido vivo es una reacción frente al estímulo energético que las sustenta.
   Sabemos que en el proceso de densificación de la energía, lo que llamamos materia, se comienza a manifestar como tal en el momento en que la energía, por su densidad alcanzada, se somete a la gravedad e ingresa a la función de entropía. A partir de ese estado, el quanto de energía densificado inicia su camino hacia la fragmentación y el caos, propio de la materia. Inversamente, antes de ese punto de densificación desde donde la energía pasa a depender de las leyes de conservación de la materia, los campos de energía vital expresan una cualidad antientrópica y antigravitatoria. En el tejido vivo, debido a la coexistencia de estos dos estados de la energía, esto es, como materia y como campo, se expresan tendencias en conflicto como la de entropía y la de antientropía, como así también la tendencia a la fragmentación, propia de la materia, y la tendencia hacia la fusión con el todo, propia de la energía. Son estas dos tendencias encontradas las que hacen que la materia viva se vea constantemente sometida, por un lado, a la presión que ejerce la energía en dirección a la disolución de la estructura sólida, y por el otro, la fuerza de la entropía empujando lo sólido hacia la fragmentación.


   Así, la materia viva debe ejercer una separación permanente de la influencia del campo que tiende a disolverla. Esta acción de separación permanente es la que produce el movimiento, y a su vez es el mecanismo biofuncional del dolor. Dolor es separación, separación permanente de la totalidad. En el camino hacia la muerte, que es el camino de la vida, la sustancia viva en general debe librar una acción constante de defensa, en contra de la tendencia a la disolución que los campos de energía ejercen sobre la materia. Sabemos que finalmente la energía gana la batalla y se retira hacia la fusión con el quanto que invirtió para producir esa substancia viva, esa vida.
   Decíamos entonces que el movimiento que expresa la materia viva es un movimiento condicionado desde otro lugar, que la materia no se mueve sino que es movida, y que su movimiento defensivo tiene una sola dirección y destino, la fragmentación conocida como entropía. 
   Decíamos también que el motor del comportamiento de la substancia viva es la energía vital u orgón. Esta energía, en su estado libre de masa, manifiesta un comportamiento contrario al de la materia. Mientras ésta tiende permanentemente a la fragmentación, la energía vital se comporta como campo que tiende a integrarse a campos mayores, lo que nos da evidencias de un movimiento antientrópico cuyo destino final es la fusión -a través de la disolución- con la totalidad. 
   Dijimos también que la materia viva, para llevar a cabo su proceso evolutivo de fragmentación, desarrollo y crecimiento, debe desprenderse de la fuerte presión antientrópica y antigravitatoria que ejerce la energía vital. El dolor es la sensación que produce cada desprendimiento, durante la marcha que la vida, como materia, recorre hacia la muerte. 
   En el caso del ser humano, el dolor funcional producido por cada movimiento de separación, dispara una transcripción, tramuta lo genérico del tejido vivo, en lo individual del carácter psicofísico. Esta transcripción, que se lleva a cabo exclusivamente en el hombre, se basa en la historia personal del sujeto. El cúmulo de experiencias individuales que una persona va teniendo a lo largo de su vida, genera un tejido único donde, el dolor fundiéndose en la historia personal se manifiesta como un fenómeno exclusivamente humano: el sufrimiento. 
   Cuando decimos que el hombre sufre, nos estamos refiriendo asi, a un hecho que tiene un doble aspecto: universal y personal. Desde esta perspectiva no sería exagerado afirmar que el ser humano se define como tal porque sufre. Así, ser humano y sufrimiento componen una misteriosa comunión que hasta hoy han sido inseparables pese a los esfuerzos de todos los hombres de la historia. 
   El sufrimiento, al igual que la condición humana, debieran ser aceptados como inexorables. Ningún esfuerzo humano ha podido penetrar el misterio encerrado en esa inviolable unidad. Rendidos ante lo imposible, todos los esfuerzos, tanto religiosos como científicos, sólo atinaron a darle un sentido aceptable para poder integrarlo, no sin enormes dificultades y contradicciones a la vida cotidiana. 
   Aquellos esfuerzos que no se protegían bajo el manto de la fe de las diversas religiones, debieron enfrentar el misterio del sufrimiento humano desde una base racional. Todo fue infructuoso. El sufrimiento humano se transformó también en el enigma de la medicina, de la salud humana. 
   Hoy mismo, el sufrimiento humano se mantiene erguido, soberbio e imbatible. Ha sobrevivido a todos los esfuerzos por comprenderlo y exterminarlo. Sigue siendo un enigma.


   El biofuncionalismo, en su búsqueda por confrontar lo real, ha investigado el mito del sufrimiento humano, y ha dado algunos pasos hacia su comprensión y resolución.
   Hasta que la investigación del proceso de acorazamiento no demostró que la individuación caracterial psicofísica era el arma de doble filo que protegía el desarrollo del hombre y luego lo frenaba, o en otras palabras, que por un lado nos proveía de un yo y por el otro nos retiraba del contacto con lo universal; la historia personal de los seres humanos era considerada como algo inocuo, como un libro que cada persona llevaba debajo del brazo, donde se podía leer lo que cada uno había hecho con su vida. 
   Así, lo que cada uno había hecho con su vida, pasaba a ser bueno o malo, conflictivo o saludable, limitado o transcendente. Muchos investigadores se dedicaron a estudiar la vida, la biografía de los más relevantes, de los grandes sabios, de los grandes militares, de los grandes científicos, de los grandes asesinos, para de allí, sacar el modelo de humano sin sufrimiento. Sin embargo, todos los hombres prominentes, sin excepción, cargaron con el sufrimiento sobre su vida. 

   El biofuncionalismo se encontró con un hecho fundamental: que la historia personal de cualquier humano, es la metáfora personalizada del sufrimiento. Que el sufrimiento es el precio que tenemos que pagar para obtener la individualidad, para ser persona.


   El ser humano en el proceso de separarse de la indiscriminación del todo, genera experiencias personales que, en forma de capítulos, van estructurando una continuidad personal e intransferible en una vida determinada.
   Esta historia personal se va registrando en el propio cuerpo a través de la modificación y personalización de todas las funciones orgánicas, tanto físicas como psíquicas. De este modo, la historia personal va modificando el organismo humano originario, transformándolo en un cuerpo al servicio de una historia personal, y de una continuidad determinada. Las acciones humanas van perdiendo de este modo su carácter universal, quedando distorsionadas, destruidas u ocultas por las acciones individuales, por las acciones determinadas individualmente. 
   Todo esto es el sufrimiento. 
   La historia personal por su tendencia permanente a discriminarse de lo universal es también sufrimiento. De este modo, el dolor permanece muy poco tiempo en la vida del hombre ya que muy pronto deviene en sufrimiento. 
   Para que el sufrimiento devuelva el espacio usurpado al dolor, es necesario que pierda la significación dada por el carácter al estímulo doloroso, a través del cual lo transforma en sufrimiento.
   La historia personal no debe ser comprendida como la totalidad de la vida, la vida misma es mucho mas amplia que la historia personal. Debemos entender que la historia personal es solamente una etapa mas en la vida del hombre de nuestro tiempo, y que es posible atravesar sus rígidos límites. Para el Biofuncionalismo hay un mas allá donde es posible llegar con todos nuestros sentidos, con nuestro cuerpo entero. Con estos nuevos hallazgos, la trascendencia humana puede abandonar con toda tranquilidad el espacio del misticismo e ingresar dentro de las posibilidades cotidianas que la práctica clínica ha establecido. Si las personas interesadas en nuestras investigaciones consiguen aceptar y asumir la paradoja del sufrimiento humano, ello nos permitirá disminuir el esfuerzo para continuar desplegando nuestros hallazgos y hacerlos accesibles a todos. 
   La historia de cada uno posee un aglutinante funcional, el yo. Ambos, historia personal y yo, acompañan el desarrollo del organismo hasta su maduración, pero debemos entender que ambos solo representan la mitad de la historia humana.  

LOS DIAS POR VENIR




Estamos inmersos en un tiempo distinto, un nuevo contexto, una nueva realidad. Pero a pesar de los tantos mensajes optimistas sobre el estado actual, la etapa que se avecina no es para nada alentadora. La violencia desenfrenada, así como el desconcierto y el sinsentido, serán una constante. Envueltos en la vorágine de acontecimientos cada vez más absurdos y cotidianos, iremos perdiendo –o ya hemos perdido– la noción de valores y principios que durante décadas gobernaron nuestro mundo.



A fin de comprender esta situación, retomaremos conceptos vertidos por la Orgonomía en sus comienzos y trataremos de establecer su relación con el proceso de cambio actual.



Wilhelm Reich, quien describió claramente la estructura del acorazamiento humano, distinguió en ella tres capas o camadas bien diferenciadas:

o   una superficial y represiva, capaz de disfrazar y contener los impulsos más oscuros y profundos, cuya función es permitir una relación armónica entre el sujeto y su medio;



o   una intermedia, en la que conviven los impulsos secundarios (impulsos reprimidos) como la ira, la envidia, el odio y todas aquellas emociones que la frustración primitiva transformó en resentimiento por intolerancia al dolor;



o   y una tercera mucho más interna, donde los impulsos naturales y vitales muestran la bondad original de nuestra especie.

En la sociedad de los últimos siglos, la capa superficial –aquella capaz de mantener a raya el infierno interno del hombre– ha intermediado en  todas las relaciones personales, sociales e institucionales. Salvo en épocas muy precisas (guerras, catástrofes o acontecimientos extraordinarios en los cuales la miseria humana logró imponerse), la sublimación como mecanismo transformador ha permitido transmutar en lo contrario todos aquellos impulsos secundarios descriptos por Reich como la capa intermedia de la coraza. Gracias a este mecanismo, el hombre ha podido mostrarse de una manera totalmente diferente al espanto contenido en su interior.

La estabilidad ambiental, ahora lo sabemos, fue lo que permitió disfrazar en forma elegante y adecuadamente las fuerzas ocultas tras bambalinas; la misma estabilidad que generó y mantuvo la periodicidad de las estaciones del año y de los ciclos vitales en su totalidad.

Ese equilibrio ambiental está perdido: lo testifican desde los informes científicos hasta el aumento de catástrofes mundiales. Tifones, huracanes, sismos y súper tormentas amenazan diariamente a cientos de miles de personas; lluvias torrenciales, sequías, tornados, tormentas solares están presentes sin exclusión en todo el planeta. También existen estudios acerca de cómo esos cambios drásticos afectan la flora y fauna de todos los lugares. Frente a todo esto, ¿cómo podría la coraza humana mantenerse intacta?

Y tal cual lo vaticinara Reich, lo primero en ceder es la capa más superficial: aquella correspondiente al disfraz que cada uno elaboró durante toda su vida. Es entonces que los buenos modales mutan en intolerancia y fastidio, la buena voluntad en un “qué me importa”, la solidaridad en una frialdad inusitada. Todo esto, en el mejor de los casos.

Resquebrajada la superficie, los bloqueos liberan su energía y la persona se ve impelida a actuar sus emociones reprimidas, empujada a expresar la furia de frustraciones pasadas. Los impulsos secundarios, aquellos que hasta aquí habían podido mantenerse ocultos, afloran sin control y se expresan en el mundo.

Poco importa que se intenten elaborar nuevas leyes o establecer nuevos modos de abordaje; la realidad interna no puede ya someterse a fórmulas o prescripciones externas, no acepta códigos, no se atiene a decretos. Por el contrario, la necesidad de transgredirlos es el nuevo reto individual. Y la sociedad se convierte de esta manera en un conjunto de personas dispuestas a imponer su razón, a actuar sus impulsos, a violentar todo aquello que las contenía. Porque los límites están desdibujados, y los contenidos inconscientes están aflorando.

Así como las catástrofes ambientales arrasan la superficie de la tierra, las catástrofes individuales arrasan la superficie de cada uno de nosotros; porque de la misma forma que el planeta, el hombre debe purificarse, limpiarse, para llegar a su esencia. El camino de retorno al origen está iniciado, sólo que deberemos atravesar el infierno para en última instancia llegar a los cielos.