28 de febrero de 2015.                            
                            LOS GUARDIANES DEL TIEMPO
                           TIEMPO FINAL – NUEVO TIEMPO
Estas notas son parte de un borrador sobre temas que apenas se vislumbran, por lo que no pretenden acceder a la categoría de artículo.   ____________________________________________________________
“. La batalla entre la oscuridad y la luz es un mito ancestral que se hunde en el misterio de los orígenes… La esclavitud del hombre está ligada a este mito. La separación de la materia del espíritu designa el tiempo de la esclavitud, del encierro en la materia y la desaparición de lo esencial del envoltorio de las cosas y de los hombres. Esto es, el ingreso a la era de la oscuridad de la que estamos emergiendo .”
Alquimia. El secreto entre la ciencia y la filosofía. Andrea Aromático. Ed. Claves  
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Para indagar los orígenes de nuestra existencia como humanos, nuestras  reflexiones se pierden irremediablemente en la noche de los tiempos.
Es imposible tomar las especulaciones que trataron de explicar el comienzo de nuestra existencia en la tierra ya que todas adolecen de un antropocentrismo exagerado: “Que nos originamos en monos u otros animales primitivos”, “Que somos los restos de una super civilización auto-destruida”, “Que fuimos creados como esclavos de seres extraños para luego ser abandonados a nuestra suerte”… en fin...si eliminamos toda esta fantasmagoría de los orígenes, nos encontramos de hecho con un fenómeno innegable: Hubo una oscuridad insondable que en su momento fue horadada por la luz.
Esto nos obliga a pensar que ese instante ocurre cuando el sol logra penetrar la envoltura oscura en la que está envuelta la tierra y en ese juego de polaridad luz-oscuridad, se inicia (¿nuevamente?) un ciclo evolutivo.
Sabemos que el juego de polaridades es el motor del movimiento. La oscuridad total es quietud, la luz total también. En esa quietud solo la nada o el vacío están presente, paseando sus formas aún por la falta de un polo referente que le sirva de motor a sus transcripciones para adquirir otro estado de vibración.
Los libros sagrados de todas las religiones mencionan la aparición de la luz como inicio del origen y esto es innegable. En un principio las tinieblas y luego la luz…
Cuando se inicia un juego de polaridades, lo que se pone en marcha es la inteligencia del cosmos. El orden natural se pone en movimiento. Ya sabemos por las investigaciones de la Orgonomía que la envoltura energética del cosmos guarda el potencial de inteligencia que luego se distribuye a través de las polarizaciones de todo lo existente. Materia y energía.
Sabemos que del continum cósmico se desprenden sistemas que trasladan la inteligencia a las sucesivas transcripciones de la energía: animales, plantas, minerales y todo lo que (por degradación llegó a transformarse en materia) fue degradándose en frecuencias hasta llegar a ser materia.
De esta manera, para que la irrupción de la existencia real de las cosas se concrete, el cosmos pierde su unidad, se disocia en luz-oscuridad, en materia y energía, generándose de esta manera una dinámica donde, del vacío expresado por la energía, surgen formas que se materializan para objetivar la existencia de una nueva materia.
Obviamente, la célula viva es una consecuencia directa de esta dinámica, y de esta manera se iniciaría la formación inteligente de estructuras vivas. La forma de su expresión material también se pierde en la noche de los tiempos. Solo subsiste la presencia de inteligencia trabajando en un movimiento evolutivo que ya no puede detenerse.                                                                                
De esta dinámica surgen sistemas inteligentes que se van apropiando de los movimientos intangibles que circulaban en el vacío. La investigación Orgonómica ha podido aislar algunos de estos sistemas y describirlos. Los denominó BIOFUNCIONES ya que se encuentran en la base de toda transcripción hacia la materia. Son el punto de conexión entre la inteligencia del sistema que se insinúa y la membrana que lo va a contener.
Y aquí debemos nuevamente dar un salto en nuestras reflexiones para creer que cuando un sistema inteligente ingresa en un organismo, éste inicia su movimiento evolutivo inexorable.Debemos sospechar que la máxima expresión inteligente de ese movimiento está expresada en el organismo humano. Digamos muy sintéticamente que el sistema inteligente albergado en el organismo humano puede ser llamado PERCEPCION. Decimos así que un sistema actúa sobre la realidad de las cosas a través de una acción: LA PERCEPCIÓN.
Agregamos entonces que llamamos PERCEPCION a la acción de sistemas de energía que pueden actuar libres de masa o a través de un organismo como por ejemplo, el ser humano.
La actividad de la percepción consiste en incorporar experiencia al acompañar el movimiento evolutivo de las polaridades. En el mismo sistema se van acumulando las alternativas que la evolución va imponiendo a la materia para que ella acompañe y actualice sus formas frente a los cambios que produce el movimiento de lo intangible.

En este punto, el hombre que percibe ya tiene incorporado el origen, la primera polarización. Su percepción ha grabado en su sistema inteligente el momento en que la unidad del cosmos se partía y de esa experiencia no podrá separarse nunca más.
Ahora bien, la noche de los tiempos tiene testigos que se encuentran moviéndose junto con la evolución. Son humanos cuya impresión de unidad del cosmos supera los fenómenos de superficie que va generando la disociación. Sus genes reparten esa información para inquietud de los organismos que la van recibiendo. Es una generación de humanos cuya percepción se encuentra instalada en el estado de unidad del cosmos, en el estado de fusión inseparable entre materia y energía.

A medida que avanza la disociación de la luz y la oscuridad estos hombres deben refugiarse, pues su visión atenta contra las certezas que produce la existencia de la materia independiente del espíritu.
A medida que la alienación en la materia de los grupos humanos crece, ellos deben crear diferentes maniobras para conservar su primera impresión, sus orígenes, es decir su verdadera existencia.
Para ellos se hace necesario manipular la materia para regresarla a su estado de fusión pues saben que la continuidad de la disociación conduce al caos, a la entropía.
Saben también que la evolución debe pasar por este estado de cosas donde la destrucción de la unidad precede a la recuperación final del estado de fusión primitivo.
Así nacen los alquimistas, ejército de originarios que conservan en sus genes la impresión primera de unidad cósmica para poder recuperarla en toda su plenitud cuando el tiempo de la fusión haya llegado.
Sin esta tarea oculta y silenciosa, el regreso de la unidad a través de la fusión acabaría con todo lo existente, incluso con la comunidad humana ya que ésta no está preparada para la vivencia de unidad de todas las cosas y ella, su percepción, vagaría sin rumbo y sin contenido.

LA ALQUIMIA
Describe la conducta responsable y continuada a través del tiempo, de estos hombres de los orígenes, guardianes de nuestro futuro.
Si bien, la separación entre ciencia y religión avasalló las posibilidades de una comprensión mayor de nuestra existencia, LOS ALQUIMISTAS crearon otra vía de conocimiento que inexorablemente incluye el estado de fusión de todas las cosas.
Espiritualizar la materia y materializar el espíritu fue la consigna. Así, en lo material utilizaban hornos, aparatos de destilación para cocinar la materia y lograr el traspaso sistemático de sus estados hasta llegar al espíritu, y viceversa, buscaban en el contacto consigo mismos la activación de sus genes de fusión para darle al espíritu nuevas formas materiales
La alquimia establece siete principios correspondientes a las cualidades intrínsecas de los metales simples:
Estos metales no son considerados elementos materiales sino principios arquetípicos. De ellos se deriva la siguiente tabla:
Luna = plata
Mercurio = mercurio
Venus = cobre
Sol = oro
Marte = hierro
Júpiter = estaño
Saturno = plomo
Astrología y alquimia son elementos inseparables. Los planetas regulan las diversas maniobras y representan los primeros productos de la materia elemental madurados por el espíritu en el seno de nuestra tierra.
En términos actuales basados en nuestras observaciones orgonómicas sobre el comportamiento del plasma solar, diremos que el objetivo fundamental de la experiencia material alquímica, era la de aprisionar unidades de plasma solar que contienen altísimas temperaturas y que puede convocar y transcribir cualquier tipo de materia. En nuestros estudios el fenómeno de la Kundalini  y la combustión espontánea son un ejemplo de ello, ya que nos sirvieron de guía para esta comprensión.
Se trataba entonces de conseguir un elemento lo suficientemente purificado para convertirse en catalizador del espíritu (plasma solar) e impregnarse del mismo transformándose éste en agente de transmutaciones reales en el plano material.

El vaso, el crisol de los alquimistas posee una precisión tal que si no se la obtiene la obra no se realiza. Es como una matriz de animal donde se (genera el envoltorio suficiente y necesario para retener el  espíritu (plasma), al igual que lo hace el seno materno.
KUNDALINI - FUEGO SERPENTINO - PLASMA SOLAR
Para continuar nuestra exposición, vamos a repasar algunos conceptos de la física:
Las eyecciones de masa coronal que periódicamente el sol emite a través de lo que los físicos llaman tormentas solares, expulsan enormes nubes de plasma al espacio. Estas nubes de plasma son llamadas vientos solares y arrastran con ellos infinidad de partículas subatómicas.
La radiación producida por estos vientos impacta sobre la superficie de los planetas produciendo choques electromagnéticos de alto poder. En el caso de nuestro planeta, la tierra está recubierta por una envoltura electromagnética llamada ionosfera que es la que filtra las fuertes radiaciones emitidas por los vientos solares. Así, el plasma que ingresa a la superficie terrestre llega con una modalidad impresa ya por esa filtración.
Los laboratorios de física han intentado en vano retener para su estudio a este plasma solar. Para ello crearon especies de jaulas electromagnéticas que detengan su carrera hacia el centro ígneo de la tierra pero su altísima temperatura (13 a15. 000 grados centígrados) hace imposible la tarea. El plasma solar solo dura fracción de segundos encerrado para luego seguir su carrera hacia el centro de la tierra.
Si bien este es el comportamiento de la radiación plasmática frente a los materiales inertes, existe otro destino al que llega su viaje desde el sol.
Envuelto en el misterio de sus orígenes, el comienzo de la vida en la tierra está estrechamente  vinculado a la relación con la luz del sol.
En algún momento del tiempo de origen se produjo el misterioso fenómeno de reversión donde las mismas partículas subatómicas de altísima temperatura generaron una autodefensa que interrumpió su carrera hacia su disolución final en el centro ígneo del planeta.
La misma partícula desarrolló una membrana húmeda que la encerró y allí se inició la fusión entre espíritu (partícula ígnea) y materia (membrana auto concebida o trasmutación de la forma en contenido, del espíritu en fusión con la materia).
Sabemos que toda célula viva tiene como función fundamental, la defensa de su integridad frente a los embates del tiempo que va variando en estímulos y que amenaza con la disolución de la membrana si ésta no promueve mecanismos de adaptación a los numerosos obstáculos producidos por el avance del tiempo sobre el ambiente (avance que conocemos con el nombre de "evolución")
Así, cada envoltura orgánica de la substancia viva está crónicamente en una actividad defensiva. Podemos inferir que todos los organismos vivos son expresión de esa defensa y que su actividad, llamada vida, consiste fundamentalmente de eso, defenderse y sobrevivir.
Desde el lugar donde se encuentra el núcleo ígneo en los organismos, se desprende el calor necesario para alimentar y mantener equilibrada la membrana orgánica. A lo largo de nuestro trabajo de investigación acerca del metabolismo energético, pudimos observar algunos importantes fenómenos que corroboran nuestras sospechas acerca de la existencia de esa unidad de plasma venida del sol:
.- El trabajo de meditación llevado a cabo por monjes que concluye con el ascenso del “fuego serpentino” fue una señal de la existencia de este elemento. Kundalini asciende por los canales vertebrales disolviendo y quemando los obstáculos que impiden su elevación hasta la cumbre de la cabeza donde rompe el “himen” que separa los dos hemisferios cerebrales y logra la fusión de los mismos, “iluminando” al aspirante, sumergiéndolo en una experiencia mística donde el sujeto se reúne finalmente con la totalidad.
.- Ya son conocidos los numerosos y misteriosos casos de combustión espontánea que aún no tuvieron una respuesta clara por parte de la ciencia. ¿Por qué una persona puede incendiarse desde adentro sin dañar su entorno y desaparecer en las cenizas de su propio cuerpo?
.- Y para que la razón entre también en estas reflexiones, diremos que los estados febriles son producto de reacciones defensivas donde el núcleo ígneo actúa para equilibrar la pérdida de armonía en la membrana que lo protege.
Para completar el cuadro de situación, decimos que en el organismo humano, el núcleo ígneo se encuentra alojado en un lugar semimaterial, considerado por la mística oriental como un centro de energía o chacra. Ellos lo denominan el chacra mulhadar y lo ubican en el espacio que se encuentra entre el ano y el utrículo prostático en el hombre. Igual localización anatómica en la mujer.
A medida que el núcleo plasmático mantiene saludable su membrana, va perdiendo el ímpetu quinético que lo aceleraba hacia el centro de la tierra y por fin termina saliendo del seno que lo contuvo, con suaves emanaciones hacia arriba, las que utilizan los meditadores para guiar su ascenso hacia la cabeza, pero más allá de esa utilización práctica, podemos observar el regreso del plasma solar a su origen, el sol, asciende, busca el espacio allá arriba. Si, el fuego, elemento base fundamental de nuestras vidas representa la actividad cotidiana del plasma solar regresando a su origen, el propio sol.
Cuando observamos un organismo que ha dejado de existir, vemos como su coloración se obscurece y el calor aumenta a medida que la putrefacción avanza. Poco a poco se “quema”, pierde el fuego que lo alimentaba y este asciende buscando integrarse a su origen.
Un leño ardiente se va extinguiendo a medida que el fuego que mantenía el vegetal vivo avanza hacia la superficie y se retira hacia las alturas desconocidas de la atmósfera.
Podemos afirmar que el fuego es la substancia ígnea venida del sol que regresa a su origen una vez que se libera del anclaje material que la mantenía unida a la tierra y a la entropía.

De esta manera tenemos cual es el metabolismo energético que como un “hilo intangible” vincula el espíritu-cielo-sol con la materia-tierra. Es posible que la intangibilidad y comportamiento fuera de las posibilidades perceptivas de los sentidos haya dado el toque misterioso que lo transformó en el espíritu venido de los cielos. De esta manera nos proponemos develar el mito de la alquimia: la búsqueda de la unión entre el cielo y la tierra para recuperar el sentimiento de unidad que es el fundamento de la existencia toda.
La consagración a la tarea de mantener la visión de unidad tuvo como finalidad enfrentar un tiempo de disociación donde la unidad estaba perdiéndose definitivamente. Sin la impronta genética que dejó esta generación de hijos del sol, hubiera sido imposible volver a reunir las partes disociadas y el espíritu vagaría sin rumbo nuevamente en las tinieblas.

El tiempo de la unidad ha llegado, la fusión comienza a asomar su grandeza y el espíritu se empieza a manifestar en muchas de las expresiones del carácter humano. El materialismo va cediendo espacio al espíritu.
Nuestra certeza de que esta generación de guardianes de la unidad depositó en el material genético humano lo que llamamos “el gen alquímico” ya no se pone en dudas.
Muchas veces nos preguntamos porque muchas personas ponen a funcionar su intelecto para reunir ambos reinos y otros no. ¿Porque la mayoría permanece impasible frente a las posibilidades de conocer y avanzar acompañando la evolución que ocurre en el tiempo, mientras que otras manifiestan un fuerte impulso a buscar respuesta frente a lo desconocido?.
Lo cierto es que “el gen alquímico” no logró ingresar en los ADN de todos los seres humanos y solo un puñado de semillas de fusión fueron incorporadas a la cadena genética de la humanidad.

NUESTRO APORTE. NUESTRO TRABAJO. NUESTRA TERAPIA
Casi al final de nuestra tarea de abordaje e investigación en el campo de la percepción vamos cerrando este simple pero enorme rompecabezas que significó el trabajo con la energía vital a través del cuerpo, a través de la materia viva y no viva.
Después de más de treinta años de tarea constante, el fenómeno comienza a mostrarnos el mapa que recorrimos casi intuitivamente para cuidar también nosotros la supervivencia de la unidad de todas las cosas.
Nuestro abordaje terapéutico se inició ingenuamente para borrar las huellas del pasado que impedían una vivencia plena del día a día. Poco a poco fuimos derrotando con el conocimiento una cerrada coraza que se oponía a las tendencias más profundas e integradoras de las personas. Para ello utilizamos las sensaciones que invaden al cuerpo cuando la energía circula presionando las resistencias. Tolerancia fue la palabra clave y transcripción de lo agobiante el resultado.
La consigna de “hacer consciente lo inconsciente” nos orientó hacia una mayor sensibilidad para detectar las impurezas del carácter y del cuerpo físico (posturas, gestos). De este modo quedó claro que el avance en el logro de la plenitud perceptiva y del organismo, consistía en ir transformando la vida cotidiana en algo cada vez más sutil, más sensible. Ello daba por resultado una aproximación lenta pero inexorable a frecuencias energéticas mucho mayores y nos acercaban al sistema de energía que permanecía disociado del cuerpo, orbitando en la periferia del mismo.
Paulatinamente fuimos logrando el contacta cuerpo-campo y nuestro código terapéutico incluyó este avance como definitivo. El abordaje terapéutico no se completaba si el intelecto no unía cuerpo y campo en un solo percepto. Nace de este modo lo que Reich denomino “el pensamiento funcional” que no es sino la expresión de la percepción de la unidad en todas las cosas. Sensación y representación simbólica no se separaron más para bien de nuestro abordaje terapéutico.
Sin saberlo nos fuimos acercando al núcleo ígneo debido a que la frecuencia del cuerpo se acercaba a la del campo. La eliminación de los obstáculos como fantasías neuróticas producidas por la historia personal o las distorsiones posturales y funcionales del cuerpo nos iba acercando a las emanaciones del centro donde el plasma encerrado vibraba hacia arriba su calor. Si, habíamos logrado accidentalmente acercarnos al núcleo de búsqueda de todo alquimista, el hilo que une el cielo con la tierra, la energía con la materia.
Digamos que el tiempo de la fusión ha llegada y nos encuentra dispuestos perceptivamente para comprenderlo y vivirlo. Nuestro intelecto fraguado en el ejercicio de la unidad, mantiene el gen alquímico. Es de esperar que la memoria sensible lo active para brindarnos finalmente todo el esplendor de la totalidad manifestada en el regreso a la fusión de espíritu y materia.
                                                                                    Alberto Díaz Goldfarb
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El cuarto ámbito

Conferencia sobre la posible evolución de la percepción humana
por Alberto Díaz Goldfarb

Para iniciar la presente exposición partiremos de la afirmación de que el ser humano ha ido evolucionando a través del tiempo desde sus orígenes y hasta nuestros días. No podríamos decir que el homo sapiens de las civilizaciones antiguas y el homo sapiens de nuestra era tecnológica son lo mismo. Así, la percepción humana a través del cuerpo también ha sufrido las alteraciones impuestas por esta evolución.
En términos generales decimos que el hombre fue transitando por diferentes estados perceptivos propios de cada época, en un desarrollo funcional y creciente capaz de brindarle una aproximación cada vez más integral y acabada a las dos entidades que definen su existencia, esto es, lo temporal y lo eterno. A través de esta evolución, el organismo, representante vital de lo eterno, se fue modificando a través del cuerpo, receptáculo del yo y por ende representante de lo temporal.
En nuestra terminología biofuncional hemos diferenciado cuerpo de organismo por considerar que el organismo es el aspecto genérico que define al hombre como un ser humano, mientras que el cuerpo es la modalidad individual de ese organismo, regido por un yo que lo particulariza, que le da un carácter y que lo hace peculiar.
En esta búsqueda de comprensión del fenómeno perceptivo en su aspecto histórico y evolutivo, tomaremos el inicio de la era cristiana como el punto de inflexión entre dos etapas, a nuestro entender, claramente diferenciadas por sus características perceptivas.
En los tiempos anteriores a la era cristiana, la percepción humana carecía de un límite definido entre el yo y el no yo. En otras palabras, el cuerpo como representante yoico no se distinguía demasiado del organismo como representante del hombre universal. La individualidad no era, por tanto, el rasgo característico de entonces, y el hombre se definía más por su pertenencia a la raza o a la tribu que por sus particularidades personales. Tampoco existía una clara discriminación entre mundo interno y mundo externo. Esta es una cosmovisión que en muchas comunidades se ha mantenido, y en la que el sujeto conserva disueltos los límites entre él y el mundo. Las prácticas actuales de las creencias de oriente -como el budismo, el taoísmo, etc.-, a través de las cuales el sujeto intenta conservar esta disolución, representan una aproximación a este modo perceptivo. La existencia era vivida, pues, como un fenómeno grupal, y era precisamente ese "espíritu de grupo" el que daba identidad y conciencia a la comunidad.
Aquella fusión con el entorno marcó una modalidad perceptiva que por sus características puede ser asociada al estado primario o perinatal del aparato psíquico, objeto de estudio de nuestras investigaciones.
La era cristiana marca el comienzo de un nuevo modo perceptivo signado por una mayor diferenciación yo-no yo, es decir, por una mayor individuación. El sujeto comienza a desarrollar consciencia de sí, lo que en términos bioenergéticos significa la posibilidad de reunir en sí mismo la totalidad de su energía vital -anteriormente dispersa en la tribu y mediatizada a través del espíritu de grupo-. Se inicia así la era de la individuación y de la autoconsciencia.
Aquí comienzan a vislumbrarse los tres estadios que más tarde distinguirán al aparato psíquico. El ámbito perinatal, lo indiferenciado, irá evolucionando hacia lo emocional, es decir, ciertos montos de energía que antes no tenían la posibilidad de ser tolerados como discriminados de la totalidad serán ahora contenidos en diferentes zonas corporales. El sujeto podrá percibir su cuerpo como diferente de la totalidad y de los demás individuos gracias a la emoción contenida. A su vez, la permanencia del espacio emocional irá generando las condiciones para la internalización de símbolos, esto es, de las representaciones de la realidad en el interior del organismo.
Debemos considerar estas pautas evolutivas como productos internos de la percepción humana, como capacidades que el organismo ha ido desarrollando a lo largo de su evolución y que en última instancia han tendido a metabolizar la totalidad de la energía vital. La consciencia de sí le ha ido permitiendo al hombre percibirse y percibir el mundo que lo rodea con una discriminación creciente hasta nuestros días.
Estamos por finalizar la primera década del siglo XXI y nuestra civilización se encuentra presionada por un cambio evolutivo inminente que se presenta con características de cambio cualitativo. Alienada en la percepción de sí misma y en su visión del mundo, la humanidad está atravesando este cambio en forma casi inconsciente y sin las herramientas necesarias para enfrentarlo. La presión que está ejerciendo el proceso evolutivo sólo es percibida en forma indirecta: a través de las alteraciones climáticas, el desequilibrio emocional y social, la caída de los valores y las instituciones y, en fin, el desmembramiento de la civilización.
No sabemos con certeza si los hombres con poder (económico, político, religioso) poseen el conocimiento y la capacidad para comprender lo que está pasando, pero sí es probable que no tengan la verdadera dimensión del período que estamos atravesando. Y aquí es donde vamos a aventurar nuestra hipótesis, basada en una observación sistemática, constante y responsable, acerca de la posible evolución del organismo humano:
Convengamos que es el organismo humano en su estado de cuerpo, de sujeto individuado, el que genera los productos culturales y los medios para llevar a cabo la vida en comunidad. Pues bien, aparentemente se ignora de plano un hecho: la evolución ha concluido una tarea y está comenzando otra. Habiendo logrado el organismo humano su capacidad funcional para tener consciencia, está en condiciones de retener la totalidad de su energía vital en los tres ámbitos biofuncionales, y es precisamente por ello, que la presión evolutiva lo impulsa hacia una nueva formación estructural del cuerpo.
Ahora bien, creemos que este estado de "completud" al que ha arribado el organismo, esta tolerancia a albergar tres niveles de transcripción (ámbito perinatal, emocional y simbólico), no necesariamente se manifiesta ordenadamente en la vida en comunidad. Si bien la cultura ha creado espacios materiales e intelectuales para todas las manifestaciones humanas, esto es, las manifestaciones que surgen de los tres ámbitos, se ha llegado a un punto de saturación sin retorno. La violencia destructiva emanada del ámbito emocional, muchas veces justificada políticamente (apoyada en el ámbito simbólico), o totalmente irracional e invasiva (apoyada en el ámbito perinatal), nos está mostrando que nuestra civilización no sabe qué hacer con la acumulación de la historia personal de sus congéneres. Amenazada por la ignorancia, nuestra humanidad no sabe cómo comportarse frente al paso evolutivo que se está insinuando.
Este paso evolutivo constituye algo gigantesco: el hombre deberá liberarse de su alienación en el cuerpo y ser consciente de que es más que su historia personal. De este modo el proceso evolutivo tendrá acceso a su cuerpo para proponerle una nueva síntesis.
Aquí nos topamos con otro elemento a tener en cuenta: la existencia de esos tres ámbitos en el desarrollo evolutivo humano no garantiza por sí sólo la independencia del sujeto de los mismos. Por el contrario, plantea un desafío que consiste en separarse de su influencia a través de la creación de un punto de observación instalado fuera del yo. El desarrollo de ese punto de observación permite entregar los tres ámbitos a los vaivenes del proceso evolutivo general que los derivará hacia la formación de nuevas estructuras funcionales.
Hemos insistido, a lo largo de todos estos años, en la necesidad de ir creando un nuevo lugar perceptivo a través de un corrimiento sistemático de la percepción: el del "observador". El observador es el lugar perceptivo al que el ser humano accede cuando logra diferenciarse de lo que hace, siente o piensa, de lo que representa social e históricamente. Desde allí se posee identidad sólo por el mero hecho de percibirse.
En otras palabras, debemos saber qué hacer con nuestra historia personal; la evolución nos está empujando hacia una nueva frontera, donde nuestra constitución corporal actual no es apta, por lo que creemos urgente desplazar la percepción desde el cuerpo al observador. Creemos también que existe un cuarto ámbito al cual nos estamos aproximando perceptivamente como parte de un proceso evolutivo inexorable. Precisamente el motivo principal de esta exposición es este fenómeno natural que se está comenzando a manifestar.
El tiempo que llevamos investigando profundamente este tema y las evidencias clínicas halladas en el curso de treinta años de trabajo nos han permitido afirmar y confirmar lo siguiente:
  • Que en la actualidad la evolución muestra claramente que entre los 30 y 40 años de edad se completa el proceso simbólico, esto es, la introyección del entorno del sujeto como conocimiento simbolizado. Esta introyección se inicia en el niño a partir de la capacidad de abstracción. El proceso de abstracción permite descubrir el nexo oculto e inasequible al conocimiento empírico, es por tanto el proceso por el cual el sujeto logra ingresar a su percepción (aprehender) las biofunciones que subyacen a la existencia de las cosas.
  • Que la completud del proceso simbólico es idénticamente funcional a la maduración yoica. Así, el yo adquiere en esta integración su máxima capacidad de abstracción.
  • Que la maduración del yo deja en condiciones al sujeto para pensarse a sí mismo. Podemos decir que el ámbito simbólico también puede ser llamado ámbito de la autopercepción, dado que en él se reúnen los elementos que permiten la individuación autoperceptiva del sí mismo. Con esta maduración el sujeto se transforma en una entidad autopercibida.
  • Que concretada la maduración del yo, y siendo el sujeto una entidad autopercibida, se inicia evolutivamente otro período del desarrollo psicofísico. En esta nueva etapa el sujeto deberá tolerar la disolución de los símbolos que sirvieron de vehículo a las biofunciones incorporadas. Habiendo logrado la maduración yoica, ya no necesita de símbolos para percibirse como entidad separada. Se inicia así el proceso de disolución del yo. El sujeto comienza a perder de este modo los anclajes simbólicos que lo vinculaban al mundo. La caída de los símbolos y la ausencia de la necesidad de sostenerlos van minando las fuerzas del yo hasta que éste se disuelve.
  • Que la comprensión y aceptación de este estadio evolutivo arrastra al cuerpo a una mutación total. Después de "toda una vida" de estar sosteniéndose con los símbolos acumulados por su historia personal, el sujeto debe aceptar el desmoronamiento de esa organización histórica. La estructura psicofísica del organismo comienza a abandonar los anclajes culturales y a recuperar el vínculo directo con el entorno natural. La transición de un estadio a otro es crítica e intensa debido al arraigo cultural de los estadios precedentes, y debido también al desconocimiento de la existencia de esta cuarta etapa de la vida.

El Cuarto Ámbito o Ámbito del Sí Mismo
Como hemos visto, en el transcurso de la vida existe un tiempo durante el cual el proceso de transcripción de los tres ámbitos va transformándolos en uno solo, el cuarto ámbito. Esto quiere decir que la fragmentación funcional en tres ámbitos producida por el cuerpo es arrastrada hacia la unidad. En este arrastre el contenido de los tres ámbitos se va disolviendo, y la historia personal queda licuada y desaparece del primer plano del carácter. De esta manera, al perder los contenidos de su historia personal, la estructura funcional del sujeto va transmutando en una unidad autocontenida (cuarto ámbito). El sujeto se transforma en una unidad o, mejor dicho, recupera la unidad originaria perdida por el movimiento evolutivo de la materia.
El pensamiento funcional es una de las señales que marcan el comienzo de este proceso de transformación en unidad, ya que surge de la transmutación de los tres ámbitos en una expresión simbólica única*. El pensamiento funcional es la consecuencia intelectual de la transcripción de los tres ámbitos que ahora -devenidos en el cuarto ámbito funcional de la existencia humana -devuelve la unidad de funcionamiento al organismo vivo; mientras que el pensamiento considerado como normal o habitual estaría mostrando todavía la separación entre sensación, emoción y símbolo, al estar invadido por ideas todavía disociadas del afecto que las generó.
La influencia de nuestra cultura sobre el organismo humano es tan fuerte y cala tan hondo en las funciones vitales que, frente a esta exigencia evolutiva y natural de abandonar los anclajes, la propia cultura defiende el terreno ganado, las jerarquías instaladas, colocando al sujeto dentro de un esquema patológico, substituyendo a este cuarto estadio evolutivo natural por otro totalmente cultural: la vejez.
El proceso de envejecimiento es interpretado así por nuestra cultura con las características de un cuadro patológico. Todos conocemos los numerosos síntomas que se asocian al envejecimiento y que justifican el deterioro del organismo como algo normal. Este cuadro nos muestra casi en forma patética la culminación del proceso de acorazamiento patológico y el triunfo del yo sobre el organismo. En realidad, durante el período en el que se comienza a producir el cuarto ámbito la existencia del sujeto se ve compelida hacia una especie de alternativa que se ha ido formando a lo largo de su historia: o el cuerpo deviene organismo y se transforma en una unidad funcional, o el organismo deviene cuerpo y se somete definitivamente a las jerarquías impuestas por la cultura a través del yo, el acorazamiento se consolida como definitivo y por ende la muerte -que es la muerte del yo- arrastra a la totalidad del sujeto.
De lo anterior se desprende que el Biofuncionalismo está considerando a la vejez como la resultante patológica de los esfuerzos que lleva a cabo la cultura encarnada en el cuerpo del sujeto para mantenerlo dentro de sus designios simbólicos y sus jerarquías de valores, y de este modo perpetuar biológicamente la civilización vigente. Es una clara alteración del proceso vital de desarrollo que, aunque parezca increíble, interrumpe la evolución humana y direcciona prematuramente al hombre hacia la muerte por autoaniquilamiento. La autopercepción dirigida hacia el proceso de envejecimiento, tal como las costumbres vigentes lo describen, va minando las capacidades naturales del organismo. Pareciera que la cultura vigente induce al suicidio individual al mantener vigente la descripción del proceso de envejecimiento como un valor indiscutible e inexorable, claro que con ello impide la liberación de las fuerzas que vinculan al hombre con su entorno natural, y que de otra manera le permitirían regresar a su origen cósmico desprendido de la pesada carga de su historia personal y social.
A las puertas de comprender desde otro lugar el proceso de envejecimiento, podemos expresar que la vejez, lejos de ser la mensajera del fin, encarna el misterio de un nuevo comienzo.
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* Sabemos que el pensamiento es una de las funciones desde las cuales se puede observar el flujo de la energía vital: la dirección del pensamiento es la dirección que toma en cada sujeto el flujo energético. En el proceso de transformación del sujeto en una unidad, el curso del pensamiento va arrastrando ideas que contienen cargas afectivas del ámbito emocional y del ámbito perinatal.

El presente artículo sobre la acidia, junto con el anterior dedicado al sufrimiento humano, aunque escritos hace una década, representan una muy precisa descripción del punto de inflexión al que en estos momentos ha llegado toda la humanidad. A través de este material, el lector podrá acercarse a comprender el estado evolutivo actual del organismo humano y su inminente cambio.


La Acidia. 
El Origen de la Pereza
Conferencia pronunciada el 5 de enero de 2002


En nuestra práctica clínica como orgonomistas, lo primero que aprendemos a observar es de qué manera la estructura psíquica se va consolidando como un modo de defensa frente a los embates del entorno. Cada conducta es vista como una acción adaptativa que tiende a mantener el equilibrio entre el sujeto y el medio ambiente. 

Una de las certezas que nos ayudó muchísimo para avanzar en el conocimiento de la dinámica psicofísica fue el hecho de haber comprendido la identidad funcional entre el sistema inmunológico (físico) y el sistema defensivo caracterial (psíquico). Más que una identidad funcional entre estos dos sistemas, podemos afirmar que es un solo sistema que se expresa de dos maneras. Veamos la historia de lo que estamos diciendo: 
 
Cuando comenzamos a abordar los problemas psíquicos utilizando la terapia orgonómica, pusimos el énfasis en desmantelar el sistema defensivo, ya que suponíamos que la enfermedad ocurría por una exagerada defensa del organismo. En esa época, la terapia consistía en buscar las resistencias y desmantelar las defensas para que la energía fluyera.

Al aplicar sistemáticamente estos preceptos terapéuticos, nos fuimos encontrando con que en los pacientes tratados con este abordaje se producían espontánea y simultáneamente reacciones físicas y psíquicas muy primitivas, cuyas características eran su desvinculación con el simbolismo que caracterizaba al yo, y que por lo tanto hacía imposible la interpretación caracteroanalítica tradicional. En el año 1982 aproximadamente había aparecido el Sida; y, para aumentar nuestra confusión, esta enfermedad también se expresaba con las mismas características, reacciones espontáneas y simultáneas del sistema físico y psíquico, y desvinculación simbólica de la estructura caracterial. Fue asombroso darnos cuenta de que aquello que estábamos produciendo en los pacientes con nuestro abordaje terapéutico, también estaba ocurriendo en la comunidad mundial en la forma de una epidemia. Esto es: el desmantelamiento de las defensas y la imposibilidad del yo para estructurarse y generar una autocontención a partir de su estructura simbólica particular; y como resultado de ello, el sujeto era arrasado por la energía vital que fluía libremente, sin continente, atravesando la piel y las protecciones psíquicas. 

Este período representó una primera etapa en el armado de nuestro abordaje terapéutico. La segunda etapa se inició cuando comenzamos a comprender y resolver la cuestión de las reacciones psicofísicas espontáneas de carácter asímbólico. 

Las fallas inmunológicas que ocurrían como consecuencia del proceso terapéutico se nos aparecían como un problema debido a que eran demasiado espectaculares, a tal punto llegaba su expresividad tanto orgánica como psíquica que lograban asustarnos. Las conclusiones a las que arribamos luego de profundizar el trabajo terapéutico fueron que, al analizar la historia personal, movilizarla y descargarla a través de los músculos, no sólo se aumentaban las sensaciones corporales sino que como consecuencia de ello se producía un notorio estado de atontamiento que iba variando en intensidad. Falta de ganas para realizar las tareas cotidianas, hacerlas o no daba lo mismo, ausencia de sentimientos de culpa o de responsabilidad, el mundo perdía su sentido, ya no tenía la importancia de antes; todo esto acompañado por la sensación cada vez más intensa de desazón, angustia e inquietud permanente.

Este estado, que ocurría tanto en la terapia didáctica aplicada a los profesionales del equipo como en pacientes comunes, tuvo que ser incorporado en nuestra autopercepción como “lo habitual” de ese momento especial del proceso, como el ruido del tren cuando está en marcha. Nos decíamos que, si uno quiere llegar a algún lado, tiene que incorporar el ruido de la marcha como un acompañante más. Pudimos comprender que el verdadero problema surgía cuando no escuchábamos el ruido. 

Al ir enfrentándonos con este problema, fuimos tolerando su presencia, y ello nos permitió profundizarlo y entender que estábamos dentro de un ámbito que había sido abierto por nosotros mismos: el ámbito perinatal. 

Vimos también que muchas personas, sin estar en tratamiento, manifestaban -y manifiestan- conductas parecidas a las que estábamos observando en este estadio (desasosiego, inquietud, angustia); entonces nos preguntamos: ¿cuál es la ventaja de hacer lo que estamos haciendo? La respuesta se disparó sola: tenemos la ventaja de saber lo que está ocurriendo, de enfrentar lo que nos ocurre con todos los sentidos puestos en la situación. Al ser conscientes, al darse cuenta, las situaciones críticas que producen las fallas adaptativas de los sistemas defensivos de la gente pueden ser comprendidas y abarcadas. Ello nos protege para que no sean las situaciones críticas las que nos abarquen a nosotros sino al revés. Esta actitud, este darse cuenta, activa en forma unitaria la totalidad del organismo que, al entregarse al flujo de energía que lo atraviesa sin defenderse, permite una revitalización profunda a nivel tisular y funcional, impidiendo de esta forma la instalación crónica de situaciones conflictivas y de enfermedades orgánicas. 

Las cuestiones de la inquietud, de la falta de ganas para hacer las cosas de todos los días, de que todo da lo mismo como un estado obnubilado de la consciencia, orbitaron en nuestras reflexiones hasta que finalmente se nos hizo la luz. Entiendo que cualquier lector podría identificar en sus propias sensaciones lo que estamos describiendo: inquietud, intranquilidad, pesadez en el cuerpo, ganas de seguir durmiendo y a la vez falta de sueño, imposibilidad de poner atención en las cosas, falta de sentido en las tareas cotidianas, fastidio... Conceptualmente pudimos establecer que, al retirar las proyecciones de los objetos de nuestro entorno, la energía depositada en el mundo regresaba sobre nosotros mismos y nos envolvía en una especie de torbellino de sensaciones. Y así, envuelto en ese torbellino de sensaciones, todo el organismo era empujado hacia la vivencia de su propio origen, la vivencia perinatal. El mundo perdía sentido, el entorno no podía ser aprehendido directamente por los sentidos. Para poder convivir con ese estado, nos decíamos y repetíamos a través del diálogo con nosotros mismos que debido a nuestra propia búsqueda el mundo estaba perdiendo sentido, que era real que el mundo pueda perder el sentido, que nuestra coraza se estaba disolviendo y por ende nuestro mundo también, que íbamos a morir para el mundo que conocimos, que estábamos en camino de trascender sus límites. Todos estos argumentos de fondo fueron apoyando nuestra autopercepción y nos ayudaron a tolerar el profundo cambio. 

Con el tiempo y con más información bibliográfica, supimos que lo que nosotros estábamos descubriendo vivencialmente en aquellos momentos no era nada nuevo para la historia humana; este estado de consciencia, este nivel de autopercepción ha existido desde siempre en el hombre. Los hombres de la Iglesia Católica que contactaron en forma consciente por primera vez con este fenómeno de la autopercepción lo llamaron ACIDIA.

La Acidia es para la Iglesia Católica uno de los Pecados Capitales. Posiblemente buscando explicaciones más simples, se desdibujó su importancia como fenómeno perceptivo al cambiar su denominación y llamarlo simplemente “Pereza”. El cambio no fue muy acertado, ya que dejó oculto un hecho fundamental para los que investigan los fenómenos de la consciencia. Los monjes de la Edad Media llegaron a este estado de Acidia en su búsqueda de Dios, en su afán por fundirse con Dios. 

Hemos investigado profundamente este síndrome, que ya ha ganado su status dentro del contexto de nuestros desarrollos conceptuales con la denominación de Complejo de Acidia o Acedia. 

Conceptualmente decimos que, a través de un proceso sistemático y ordenado de remoción de los mecanismos adaptativos que se encuentran instalados en el cuerpo por la propia historia personal, el sujeto puede ir retirando sus proyecciones del mundo, de los objetos de su entorno, y como consecuencia de ello irá ingresando a un ámbito asimbólico (el ámbito perinatal), lugar donde se produce un leve pero permanente estado de obnubilación de la consciencia. Esto quiere decir que se está acercando vivencialmente a su propio nacimiento. Esta aproximación hace que el cuerpo actual, adulto, se inquiete y se defienda. ¿Cómo se defiende? Lo hace a través de la producción de ideas. ¿Cuáles son las ideas que se producen en el ámbito perinatal? Ya no son fantasías cuyos contenidos apelan a la historia personal del sujeto, ya que desaparecen las imágenes parentales (como, por ejemplo, los sentimientos acerca del padre, de la madre, etc.), sino que surgen perceptos ligados a los orígenes, sentimientos oceánicos, de totalidad. La proximidad con la vivencia de fusión hace que el cuerpo se defienda simbolizándola. 

En el caso de los monjes, habiendo llegado a ese punto límite y por acción del sistema defensivo que tiende a proteger su propia individualidad, en vez de entrar en contacto con Dios, se defienden de Dios, en vez de “hablar” con Dios, hablan de Dios. Así, la búsqueda del contacto con Dios se mantiene como búsqueda intelectual. Hablan de Dios y no con Dios. Esto nos muestra que aún no hay una fusión, sino que se mantiene la separación originaria. 

Veamos esta sensación actuando en lo cotidiano. Tomemos como ejemplo el desempeño de una actividad tal como se llevaba a cabo hace cincuenta años. Tomemos como ejemplo a un científico, una ama de casa, o un carpintero de aquella época. La persona estaba fundida en su propia tarea, “el yo” y la tarea eran una sola cosa. De pronto el progreso, el desarrollo y el avance del materialismo sobre la mentalidad humana logran que el científico, que la ama de casa y que el carpintero se separen de la tarea, que comiencen a ver la tarea independiente de ellos mismos; y así con esa falta de fusión el sujeto ingresa en el ámbito de la Acidia. Ya he retirado mi energía de la tarea, y ésta ha quedado descargada, vacía. Ahora, en el vínculo con mi tarea se va interponiendo la idea de la tarea”, por lo que la fusión se hace ficticia. 

El monje puede tener la idea de Dios, pero ésta no lo satisface, ya que la idea es sólo un anhelo y patentiza la separación con Dios. 

En el caso de nuestra búsqueda como investigadores, ésta se dirige hacia lo que denominamos el momento perinatal o la vivencia del nacimiento; la teoría nos crea la expectativa de llegar a ese lugar, de llegar al momento perinatal y de llegar a la unidad. Claro que si a ese lugar no se llega vivencialmente, esto es, a través del contacto, el proceso intelectual transforma nuestra búsqueda en idea, y de esta manera llega el momento de la insatisfacción: la idea está allá y vos acá. La idea es en sí mismo separación, es un símbolo, una representación de lo real, por tanto marca la ausencia de lo real.

Este es un enorme problema con el que se ha encontrado la Iglesia. Nuestro equipo ha tenido la suerte de poder conceptualizarlo y queremos transmitirlo. Hay una especie de límite al que uno llega en su viaje hacia el sí mismo. Una frontera para la cual hemos creado algunas maniobras biofuncionales que permitan superarla. 

En el caso del monje que ingresa en esta situación, comienza a sentir que lo que tenía como anhelo, que lo que tanto buscaba, no llega nunca. Vive una sensación de desasosiego debido a que, al llegar a este límite, su sistema defensivo ha reemplazado rápidamente la actitud de entrega por la actitud de simbolizar la entrega; y el símbolo no satisface porque el símbolo separa. Resumiendo: en vez de entregarse, uno habla de entregarse; en vez de dejarse caer, uno habla de dejarse caer. Es decir, se va creando una estructura ideativa alrededor del ámbito que se insinúa como muy cercano al origen, esto es, el ámbito perinatal. 

En nuestro trabajo personal hemos investigado nuestra falta de fuerzas, de sentido, nuestro desasosiego. Esta problemática con la que nos topamos, que en la actualidad parece ser parte de la época en la que vivimos, viene siendo estudiada por la Iglesia desde la Edad Media. Esto nos parece valioso, dado que ya habría una historia de las intenciones por comprenderla. Conseguimos aproximarnos conceptualmente debido a que nuestro trabajo clínico y de investigación nos permitió acceder a un ámbito perceptivo nuevo: el ámbito de las sensaciones perinatales. En este ámbito queda invalidada la historia personal, aquí ya no nos sirven las ideas históricas contenedoras de la vida cotidiana. El sujeto queda expuesto a las sensaciones que, sin contenido, intranquilizan y crean desasosiego en el organismo todo. Permanecer en el lugar al que llamamos ámbito perinatal supone estar en ese estado. El ámbito perinatal nos acerca a la Acidia, que enfocada desde este nuevo lugar puede ser reformulada. 

Aldous Huxley escribe sobre la Acidia:

Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamabandaemon meridianus”, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de aquellos monjes que se hastiaran de trabajar bajo el sol opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones. Y una vez instalado dentro,¡ que estragos cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el astro a la mitad de su curso celeste. Regresaba entonces a la sombra y se preguntaba por que razón él estaba metido en una celda y si la existencia tenía algún sentido. Volvía entonces a mirar el sol, hallándolo indiscutiblemente estacionario, mientras que la hora de la merienda común se le antojaba más remota que nunca. Volvía entonces a sus meditaciones para hundirse, entre el disgusto y la fatiga, en las negras profundidades de la desesperación y el consternado descreimiento. Cuando tal cosa ocurría el demonio sonreía y podía marcharse ya, a sabiendas de que había logrado una buena faena mañanera. 

A lo largo de la Edad Media este demonio fue conocido con el nombre de acedia”. Aunque los monjes seguían siendo sus víctimas predilectas, realizaba también buen número de conquistas entre los laicos. Junto con la “gastrimargia”, la “fornicatio”, la “philargyria”, la “trititia”, la “cenodoxia”, la “ira” y la “superbia”, la “acedia” o “taedium cordis” era considerada como uno de los ocho vicios capitales que subyugan al hombre. Algunos desacertados psicólogos del mal suelen hablar de la acedia como si fuera la llana pereza, Mas la pereza es tan sólo una de las numerosas manifestaciones del vicio sutil y complicado que es la acedia. Al hablar de ella en el “Cuento del Clérigo”, Chaucer hace una descripción muy precisa de ese catastrófico vicio del espíritu. “La acedia”, nos dice, “hace al hombre aletargado, pensaroso y grave. Paraliza la voluntad humana, retarda y pone inerte al hombre cuando intenta actuar. De la acedia proceden el horror a comenzar cualquier acción de utilidad, y finalmente el desaliento o la desesperación. En su ruta hacia la desesperanza extrema, la acedia genera toda una cosecha de pecados menores, como la ociosidad, la morosidad, la frialdad, la falta de devoción y el pecado de la aflicción mundana llamado “tristitia”, que mata al hombre, como dice San Pablo: Los que han pecado por acedia encuentran su morada eterna en el quinto círculo del Infierno. Allí se les sumerge en la misma ciénaga negra con los coléricos y sus lamentos y voces burbujean en la superficie”. 

La acedia no desapareció con los monasterios y la Edad Media. También el Renacimiento hubo de sometérsele. Podemos hallar una copiosa descripción de los síntomas de la acedia en la “Anatomía de la melancolía” de Burton. Los efectos de las maquinaciones del demonio del mediodía se conocen hoy como los vapores o el “spleen”. 

Alrededor de 1730 la acedia era considerada sino un pecado, por lo menos una enfermedad. Pero, aquel pecado de la aflicción mundana se volvió una virtud literaria, una moda espiritual. Llegó así el siglo XIX y el romanticismo, y con ellos el triunfo del demonio del mediodía. La acedia en su forma mas complicada y mortífera -una mezcla de hastío, tristeza y desesperación- era ahora motivo de inspiración de los mayores poetas y novelistas, cosa que sigue siendo a la fecha. Los románticos denominaron este horrible fenómeno como “mal du siecle”. El nombre era lo de menos, lo que nombraba seguía siendo lo mismo. El demonio del mediodía tuvo muchos motivos para sentirse satisfecho durante el siglo XIX. 

Curioso fenómeno éste, el progreso de la acedia, que de ser un pecado mortal sujeto a condena eterna pasa a ser primero una enfermedad y luego una emoción esencialmente lírica, fructífera en la inspiración de gran parte de la literatura moderna más notable. El sentimiento de la futilidad universal, las sensaciones de aburrimiento y de desesperación, con el deseo complementario de hallarse “en algún lugar fuera de este mundo”, o por lo menos fuera del lugar en el que uno está en ese preciso momento, han dado inspiración a la poesía y a la novela por mas de un siglo... Y la acedia subsiste aún entre nosotros como inspiración, como uno de los temas literarios más serios, intensos y profundos. ¿Qué significa esto? Si es evidente que el progreso de la acedia es un acontecimiento espiritual de considerable importancia, ¿cómo explicarlo?. 

El siglo XIX no inventó la acedia. El aburrimiento, el desánimo y la desesperación han existido siempre, y han sido padecidos con igual intensidad en el pasado que en la época actual. Pero algo ocurrió que hizo a estas emociones respetables y dignas de confesarse públicamente, ya no son pecaminosas ni se las considera meros síntomas de una enfermedad. 

... Causa más sutil del triunfo del hastío fue el desproporcionado crecimiento de las ciudades. Acostumbrados ya a la vida ferviente en esos contados centros de actividad, los hombres hallaron que la vida fuera de la urbe les resultaba intolerablemente insípida. Y al mismo tiempo se agotaban a tal grado por la agitación de la vida urbana que terminaban prendándose del monótono hastío de la provincia, de las islas exóticas e incluso de otros mundos, -cualquier puerto de reposo era bueno-. Y para coronar esta vasta estructura de fracasos y desilusiones, llegó la espantosa catástrofe de la guerra del '14. Otras épocas han sido testigos de desastres y han padecido desilusiones, pero en ninguna otra centuria las desilusiones se sucedieron a tal velocidad y sin intervalo como en el siglo XX, por la simple razón de que nunca antes el cambio había sido tan rápido y profundo. El “mal du siecle” era un mal inevitable, de hecho, podemos presumir con cierto orgullo que tenemos derecho a nuestra acedia. Para nosotros no es un pecado o un padecimiento de hipocondríacos, es un estado mental que el destino nos ha impuesto. 

(Fuente: 1948. “On the Margin” de Aldous Huxley.) 

Convengamos entonces que habría un estado que ya describían los monjes en la Edad Media; que, como consecuencia de un trabajo sobre nosotros mismos, dicho estado aparece un buen día, de repente, sin que nadie lo esperara, se manifiesta como algo extraño, como falta de fuerzas, como pérdida de sentido para hacer las cosas, como desazón. La Iglesia, dijimos, lo define como Pereza, y por considerarlo un pecado incentiva a la persona a salir de ella a través del sentimiento de culpa. 

El Corán tiene una elaboración distinta y no termina en la Acidia como la Iglesia. El Corán dice que Dios creó al hombre en aflicción, Dios creó al hombre en tensión, en lo que él llama el kábad. 

Kábad es lo que hace tener en vilo al corazón. Es esa excitación interior del hombre que lo hace estar intranquilo, insatisfecho, nervioso. En el Islam no se considera en absoluto un sentimiento negativo, porque no es pasivo, no es la aflicción o la penalidad que obliga a sufrir sin más, sino que es la fibra última de lo humano, es lo que le hace al hombre ser lo que es: un animal distinto a los demás, ya que busca, pretende, ansía, lucha, puja, no se conforma. Es el Kábad lo que está en el fondo de su grandeza y no de su miseria. Esto es el Kábad, una tensa inquietud que forma parte de la naturaleza humana porque ha sido creada así por Alá, el cual ha sembrado el desasosiego como estímulo para que empuje y active al hombre. 

Dios creó al hombre en el Kábad, que es el estado de tensión permanente, que produce intranquilidad, que produce insatisfacción, que produce desasosiego; pero no es un pecado como la Acidia, sino que es algo esencialmente humano. Si el hombre perdiera su estado de insatisfacción y de tensión, el motor o en última instancia el conflicto, dejaría de ser hombre. 

Nuestra visión como investigadores de este fenómeno ubica este estado en el límite entre la materia y la energía. El ser humano se realiza como tal en el contacto con el Kábad, esto es, con la inquietud e intranquilidad esenciales. 

¿Qué es lo que transforma este estado de inquietud permanente, motor esencial de nuestra vida, en un estado como el de la Acidia? La intolerancia. 

La intolerancia, o sea, la falta de preparación del cuerpo para convivir con su propia existencia, le cambia la dirección a esa inquietud, que en su origen es el motor de la vida misma. Pero la intolerancia no llega a ser pecado, no llega a ser Acidia. La intolerancia aún es un estado corporal. Es ese mismo estado el que hace abandonar la búsqueda de lo real  reemplazándolo por una idea. Así el mundo de Dios se transforma en la idea del mundo de Dios. Es el momento en el que el monje pierde el mundo de Dios, lo transcribe en la idea. Pierde la sensación de búsqueda y la reemplaza por la idea, surge la insatisfacción. Es el comienzo del estado de Acidia.

La pérdida de la sensación de búsqueda y su transcripción en idea de búsqueda inicia la transformación de lo sagrado en profano, de lo trascendente en contenido mundano. Es conocido aquello de que la diferencia entre un cura y un santo es que el cura habla de Dios con la gente mientras que el santo habla de la gente con Dios. 

El crecimiento del hombre descripto por el Corán es interesante por el énfasis que este libro sagrado pone en el cuidado del cuerpo y en las posibilidades de llegar a Dios-Alá a través del cuerpo y a través de la naturaleza. De allí el valor de ajustarse a las leyes naturales. El cristianismo, en cambio, transmite una idea de cuerpo que no alcanza a integrarse a la búsqueda de Dios. Es como si el cuerpo sobrara en el contacto con Dios. Sólo la imagen del cuerpo de Jesús, capaz de contener la totalidad de su conciencia, parece incluir el contacto pleno con Dios. 

La Acidia surge entonces como consecuencia de la pérdida de la sensación de búsqueda de Dios y su transcripción en la idea de buscar a Dios. La presencia de esa idea genera un sentimiento de ausencia corporal que se vive como un profundo vacío, hay un sinsentido que se produce por la falta de contacto con lo buscado. Lo buscado ha quedado tan sólo como mera idea, mero anhelo. Es que el monje, habiendo retirado la energía de los objetos del mundo y no pudiendo acceder al contacto con lo trascendente, no pudiendo fusionarse con la totalidad, pero tampoco pudiendo volver al mundo, ha transformado su búsqueda en un anhelo sin fin, inútil e insatisfactorio. 

También tiene que ver con el pecado de Acidia el hecho de que una persona en este estado se halla como encerrada, paralizada. No puede acceder a la fusión con la totalidad pero tampoco puede crear un mundo sustituto, tampoco puede proyectarse en los objetos del mundo. Esto crea, sin duda, una sensación muy cercana a la envidia cuando se vincula con personas que sí pueden hacerlo. 

Existe un estado de intranquilidad previo a la muerte. Es un estado corporal en el que se siente que ya no hay espacio en el mundo, “acá no es, acá no, acá tampoco”. Es un estado agudo y momentáneo, se asemeja al estado que estamos describiendo, y si este estado se hace crónico es Acidia. Es como estar escapando permanentemente del vacío, de la muerte. La Acidia es como estar frente a la muerte y por algún motivo no poder morir. Cuando la Biblia habla de los últimos tiempos diciendo “pedirán la muerte y la muerte no les llegará”, seguramente habla de la Acidia. La metáfora de la Acidia se define como un estar frente a la muerte sin poder morir pero tampoco pudiendo vivir.

Nuestra teoría incluye el permanente contacto con las sensaciones. De esta manera, cuando los conceptos no pierden el vínculo con la sensación que los generó, se mantienen vivos. Así es como, si bien la teoría en la que nos apoyamos puede transcribirse -al igual que la idea de Dios- en una defensa, la propia teoría lleva implícito el contacto con las sensaciones y el concepto importantísimo de tolerancia.

La búsqueda de la tolerancia, que no está en el monje como objetivo, convoca a las sensaciones y nos conduce desde las ideas hacia el mismo cuerpo. Desde este punto de vista, los preceptos teóricos favorecen la entrega, ya que buscan ligar las ideas a las sensaciones, buscan instalar el pensamiento funcional. En el pensamiento funcional, la idea no reemplaza a las sensaciones sino que son dos aspectos de un solo fenómeno sensorial. 

El problema que plantea el fenómeno de la Acidia es que el hombre quiere y necesita actuar pero se ve imposibilitado de hacerlo porque la acción ha perdido sentido en su cuerpo. Un principio terapéutico importante para estas circunstancias es el siguiente: cuando el actuar en lo cotidiano pierde sentido, es de fundamental importancia la decisión inexorable de llevar a cabo las tareas programadas como si ello no estuviera ocurriendo, aún sin el sentido que tenían. No es posible ni saludable llevar a cabo la vida cotidiana esperando recuperar el sentido, eso es ya una idea y favorece la Acidia. Es decir, mientras haya una idea que te permita hacer lo que estás haciendo, estás haciendo en el estado de Acidia. La idea por la cual haces la tarea, sirve para mantener la insatisfacción y todas las reacciones sensoriales descriptas en el estado de Acidia. La consigna es hacer lo que hay para hacer sin ninguna idea, sin ninguna expectativa, aunque nada tenga sentido, es vital llevarlo a cabo en sí mismo. Esto hace que se utilice toda la energía en la acción, descargando la idea. Se puede esperar sin esperar. Esperar sólo con la intención, sin ninguna idea. 

Para culminar, es oportuno y de vital importancia relacionar este estado de desasosiego, este estado de intranquilidad que hemos venido conociendo, con el presente que nos toca vivir, con la crisis mundial que estamos atravesando. El estado de desasosiego, común a muchos de nosotros, puede entenderse como un corrimiento perceptivo, un vínculo diferente con el cuerpo, un lugar distinto desde donde estamos percibiendo la realidad. Desde esta hipótesis, podemos comprender que la inquietud que nos altera puede ser la percepción por parte de nuestro cuerpo de la proximidad de un nuevo lugar, de un nuevo entorno regido por leyes diferentes. Cada mundo posee un lugar perceptivo desde donde se genera, un espacio y un tiempo determinado, con leyes propias que definen su existencia. Y esto no es una idea. En el año 1992, un grupo de personas pudimos vivenciar un espacio y un tiempo diferente, y a muchos nos ocurrió que caminar un determinado trecho se hacía interminable, no llegábamos nunca al lugar donde queríamos llegar, era como caminar en falso. Sabemos por los estudios realizados por la medicina espacial, que en el espacio las distancias se alteran, y son percibidas como mayores. En aquel año y en aquella experiencia, no estábamos en el espacio, pero efectivamente las leyes físicas que rigen lo cotidiano se habían alterado, se habían alterado las leyes que rigen el propio funcionamiento corporal, la percepción común, y por lo tanto percibíamos diferente lo cotidiano. Es necesario aclarar nuevamente que no es una idea sino un estado corporal que estamos comprendiendo. 

Quiero cerrar esta charla incluyendo entonces la posibilidad de que el estado de desasosiego, que tiende a extenderse cada vez a más personas, pueda estar asociado a cambios perceptivos importantes. Esto no sólo nos impone una investigación más exhaustiva sobre el tema, sino que nos compromete a seguir indagando en esta nueva fuente que son las sensaciones perinatales.

“El hombre debiera vincularse con el mundo como si no fuese a morir nunca y con Dios como si fuese a morir ahora mismo”.



                                                                              Alberto Díaz Goldfarb