Una mirada diferente sobre la ansiedad y el ataque de pánico



La vida y la muerte son las dos caras de la existencia, tan sólo separadas por nuestra percepción en el tiempo. Debido a esta separación temporal, la muerte se percibe como antítesis de la vida, y por ende no nos encontramos con ella hasta el momento en que se nos impone y acaba con nuestro cuerpo. En otras palabras, vida y muerte están coexistiendo permanentemente a nuestro lado; somos nosotros quienes –por una percepción del tiempo secuenciada– las registramos separadas.
Así como vida-muerte, existen otros pares de opuestos, tales como pasado-futuro, consciente-inconsciente, manifiesto-reprimido, distanciados por nuestra percepción temporal. En estos pares de opuestos, uno de los miembros parece estar fuera del alcance perceptivo, fuera de la realidad cotidiana (esto es, muerte, futuro, inconsciente, reprimido).
Actualmente y en forma paulatina, estos extremos van acortando sus distancias, y por tal motivo vamos acercándonos a la posibilidad de hacer visible lo invisible. Los cambios energéticos parecen brindarnos las condiciones para ingresar perceptivamente a la polaridad oculta.

Por otra parte, sabemos que la realidad está ligada inexorablemente a quien percibe: no existe aquello que no es percibido por nadie, y lo existente sólo existe para quien lo percibe. La percepción, a su vez, depende de la sensibilidad de quién percibe. Los animales, por ejemplo, responden con conductas de alerta frente a la inminencia de fenómenos naturales que los humanos no registramos (por ej. la proximidad de una catástrofe). Una madre puede percibir el peligro para su cría antes que el resto de sus congéneres, para quienes su inquietud parece injustificada. La mayoría de los niños percibe las intenciones de los adultos mucho antes de que sean puestas en palabras o hechos, pudiendo reconocer la mentira.
La Real Academia Española define la realidad como la existencia real y efectiva de algo. La realidad es lo real, es todo lo que posea cualidades y características que lo hagan existir. "Esto es real" equivale a señalar que algo está ahí. ¿Pero qué significa estar ahí? Si estar ahí significa ser percibido por alguien, la pregunta que surge es: ¿sólo será real lo que entre en el espectro de lo percibido por la mayoría?

Una de las particularidades del ataque de pánico y la ansiedad generalizada es que sus reacciones psicofísicas son consideradas “normales” en caso de que exista un peligro real. Esto es, el aumento de la frecuencia cardíaca, la palidez, la sudoración, el temblor o estremecimiento, al igual que la tensión muscular o la hiperactividad, constituyen una respuesta adaptativa ante un peligro real. El organismo se prepara para la acción: huida o ataque. Pero ¿cómo sabemos que quien sufre una crisis de ansiedad no está frente a un peligro real? Si precisamente otra característica de las personas que acusan estos síntomas es el hecho de sentir un miedo intenso a morir o a perder el control de sus vidas, podríamos sospechar que quienes se encuentran agobiados por este temor "irracional" perciben algo distinto al resto de quienes están a su lado; ¿y por qué no incluir la posibilidad de que estén percibiendo el polo oculto de la polaridad vida-muerte? Si sus reacciones psico-corporales serían normales frente a un peligro real y manifiestan temor a morir, ¿por qué no considerar que estén percibiendo la muerte?
¿A qué llamamos peligro real?  ¿No es la muerte un peligro real para el cuerpo? Si en estado de ansiedad nuestro organismo dispara un sinfín de reacciones defensivas en forma desenfrenada, ¿no es más lógico pensar que algo hasta entonces imperceptible se nos está manifestando, antes que atribuir tremenda sintomatología a un desperfecto del sistema nervioso?
Desde nuestra comprensión biofuncional, sostenemos que estaríamos siendo impelidos a desplazar la percepción para encontrarnos con gran parte de los contenidos inconscientes, con los aspectos negados más profundos, con nuestra "sombra" en términos junguianos; es por esto que la percepción de nuestra muerte sería posible.
Que la ansiedad exacerbada sea causada por vivencias extremas, pérdidas importantes o estados de estrés, no invalida la hipótesis. Si el sistema defensivo es exigido, puede colapsar, creando así las condiciones para un desplazamiento perceptivo capaz de enfrentar al sujeto con sus aspectos más profundos e inconscientes; tal es el caso de la muerte como polo oculto.
Concluyendo, consideramos la posibilidad de que, frente a los cambios ambientales, la percepción se esté ampliando de tal forma que accedan a la conciencia los aspectos reprimidos. Esta realidad, más visible para algunos, va generando una nueva conciencia de existencia, va permitiendo el ingreso paulatino a un mundo diferente, más amplio –menos polarizado–, más incluyente –menos discriminado–. Está en nosotros ir aceptándola como un nuevo contexto desde donde leer y comprender lo que, como especie, nos sucede.

















Reflexiones sobre la Orgonomía actual

La Orgonomía, al igual que todo, sufrió la embestida del tiempo. Poco sabemos del tiempo, de su naturaleza y de lo que representa exactamente, pero al menos conocemos las consecuencias de su manifestación. 
Podríamos sintetizar diciendo que el tiempo nos permite metabolizar acontecimientos, situaciones que en un primer momento, frente a su irrupción, nos conmueven. "El tiempo todo lo cura", "nos damos tiempo" para aceptar experiencias dolorosas y hasta para tolerar las buenas. El tiempo nos da perspectiva, nos asienta y nos enfría.
Este proceso opera tanto en lo individual como en lo social, en lo personal como en lo institucional; de tal forma, lo desconocido logra transformarse en conocido. En términos generales, todo organismo sorprendido por lo "extraño" se perturba, desestabiliza y sintiendo ese contacto como amenaza, alerta su sistema defensivo.
Lo nuevo -llámese virus, idea, insight, descubrimiento, etc- "cimbronea" lo establecido durante un tiempo relativamente corto hasta ser metabolizado, de tal suerte que ambos quedan transformados. Este mecanismo natural opera en todos los ámbitos y es el vehículo de la evolución.
En una dialéctica constante vamos absorbiendo lo nuevo transformándolo y transformándonos. Por este motivo se nos hace difícil, pasado cierto tiempo, diferenciar las partes intervinientes. ¿Dónde queda la enfermedad una vez curada? ¿Cómo diferencio el conocimiento adquirido de lo que soy?

Ahora bien, ¿qué pasó con la Orgonomía? ¿Dónde quedaron los descubrimientos reichianos? ¿Y la intención profunda que los asistía?
Es evidente que el sistema cultural progresa por esa absorción transformadora, como también está claro que Reich fue un elemento perturbador para su época. Lo demuestran sus cambios de residencia permanentes y la persecución de sus últimos años. Pero ¿por qué hoy ya no es una amenaza? ¿Por qué se estudian sus libros con tanta liviandad, sin producir aquel revuelo? ¿Por qué el mismo contenido que hizo temblar en las décadas de los 60 y 70 hoy es uno más entre tantos? 
Cual monstruo hambriento, la cultura logró robarle al mensaje su intención profunda, el sentimiento, lo esencial. De eso se alimenta -nos alimentamos- devolviendo al mundo contenidos vacíos. Ellos quedan deambulando a nuestro alrededor pero ya no son lo mismo. Visten su misma apariencia pero no poseen la energía vital inicial.
Reich hace alusión a este mecanismo mostrando cómo una verdad puede transformarse en mentira al perder su movimiento. Porque la verdad no es un contenido sino una función, como bien queda expresado en "El significado bioenergético de la verdad" en su libro "El asesinato de Cristo". Como función natural, "la verdad es una parte integral del organismo y depende de la integridad...", del movimiento y la libertad vegetativa. Por este motivo un contenido pierde su verdad al perder espontaneidad.
Así, "la verdad reichiana", intolerable en un primer momento para el cuerpo, ya fue seguramente metabolizada y transformada en "mentira" a través de infinitas repeticiones descargadas. Lo substancial del mensaje, su esencia, ya fue absorbida y asimilada, no pudiendo aislarse del organismo humano; éste ya logró incorporarla, de tal modo que no podemos diferenciarla de la totalidad en que ambos -organismo y verdad- fueron modificados. El contenido del mensaje, en cambio, vacío, librado al azar y despojado de profundidad, vaga en escritos por el mundo...
Entonces puede verse claramente cómo "aquello" y "esto" no son lo mismo, poseen la misma vestimenta, provienen de la misma fuente pero la energía que alimentaba "aquello" fue incorporada a través del tiempo, y "esto" es tan solo el residuo.

La verdad reichiana, cual alimento, ya forma parte de nuestro ser, ya la poseemos de algún modo, es nuestra, aun sin conocerla con palabras... Las premisas fundamentales de la Orgonomía residen en las células de las nuevas generaciones, que fueron transformadas y transformadoras, y que desde el interior de cada ser plasman día a día un nuevo mundo. 

La tarea de vivir

Nacemos en un cuerpo y con vida. Por lo que cuerpo y vida no son la misma cosa. Y esto es así ya que un cuerpo, vivo o muerto, sigue siendo un cuerpo. La vida, en cambio, es el misterio que mueve al cuerpo.
Esto que parece tan obvio, lo olvidamos cuando buscamos la salud a través de observaciones parciales y tratamientos mecánicos; cuando, en la tentativa por restablecer el equilibrio, fijamos la atención en la materia que conforma al cuerpo.
Entonces confundimos las cosas de tal modo, que perdemos de vista que, aunque renovásemos todas las células y restaurásemos todos los órganos, éstos no funcionarían si la vida no los asistiera.

La medicina actual sigue los preceptos de nuestra percepción alienada en la materia, por lo que no podemos culpar a una disciplina que, en última instancia, refleja nuestra concepción del mundo.
Así como confundimos la vida con el cuerpo, confundimos también lo esencial con lo superficial, lo real con lo simbólico, lo verdadero con lo falso. Nuestra identidad queda entonces, basada en premisas temporarias, en valores transitorios y criterios efímeros. Podríamos decir que hemos perdido el alma.
Dándole una importancia desmedida a la materia, vamos fijando el movimiento en "tomas" esporádicas y tal como una cámara de fotos, grabamos situaciones precisas y congeladas. 
La ventaja de este mecanismo parece estar en dejar fuera de nuestra percepción todo aquello que nos estorba, nos disgusta y nos produce rechazo: todo lo que no soy "yo". En otras palabras, la búsqueda que subyace a esta maniobra de selección es permitirnos una "vida feliz", entendiendo por tal, una vida que me deje hacer lo que yo quiera. Fijada la atención en la materia, en lo quieto, en el mecanismo y en lo concreto, esa aspiración no parece tan loca ni imposible; pero lo es. 
En nuestra disociación entre lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo vamos perdiendo el contacto con la unidad que rige la vida. Nuestra "vida feliz" es el álbum de fotos que construimos a lo largo de los años, pero ¿quién confunde un puñado de fotos con el viaje que hicimos?

Si la energía antecede a la materia, el cuerpo es un instrumento movido por fuerzas desconocidas y como tal deberemos tratarlo. No desmereciendo sus necesidades, no desvalorizando su mediación para transitar el camino, no quitándole posibilidades de desarrollo; pero ubicándolo en el lugar que le corresponde.
La vida debiera lograr manifestarse a través de él, impregnarlo de movimiento, de sensaciones, expresando a través de cada célula su intención profunda. De esa manera podríamos contactar con nuestra esencia, con lo que somos más allá de la materia, con lo que traemos al nacer.
Para nuestro mundo materialista, esto representa mirar a través de los espacios que hay entre las cosas, para nuestra percepción alienada en los objetos, esto significa dejar de mirar lo concreto para mirar el vacío.
Nuestro cuerpo deja así de ser esa masa compacta y grosera para ser la condensación de años de desarrollo en el planeta, las infinitas partículas que siglo tras siglo fueron plasmadas en el barro.

¿Qué es la vida? No es el cuerpo. ¿Qué es el cuerpo? Es el espejo en donde representamos nuestra intención, es la vestimenta que debemos limpiar cotidianamente, purificándolo a través del contacto. Sólo de este modo habremos cumplido con la tarea de vivir. 

Sensación de inferioridad

La inferioridad es un sentimiento conocido por la mayoría de las personas. Para algunos es una constante que los tortura y agobia. Se sienten menos que los demás o lo que es lo mismo, sienten que los otros poseen algo que ellos no tienen. 
¿De dónde proviene ese sentimiento que los hace menos? 

Cuando nacemos nos separamos de la totalidad de la que formábamos parte; cuando nacemos nos convertimos en algo menos que aquello que nos contenía y junto a ello, perdemos la sensación de grandeza para sentirnos más pequeños. 
A medida que nuestro yo personal crece, vamos discriminándonos aún más de aquello que dejamos, de ese campo de energía que nos envuelve. Somos en esencia un ser grandioso y eterno pero nos reconocemos limitados y pequeños dentro de nuestro cuerpo material y frágil. 
Tenemos pues, una sensación doble: nos sentimos grandiosos y nos percibimos pequeños. La sensación de plenitud y poder nos envuelve, es nuestro origen y destino; pero a medida que vamos ganando identidad vamos perdiendo el contacto con aquello que fuimos y seremos. Somos en el presente yoes pequeños y fallidos, débiles e imperfectos, ¡somos menos!

En nuestro armado del mundo, en la necesidad de crear un contexto nos proyectamos hacia afuera. Proyectamos parte de nosotros mismos en los otros. Como seres duales, proyectamos sólo una parte: si proyectamos nuestra pequeñez nos sentimos grandes y fuertes, magníficos y poderosos; si proyectamos nuestra grandiosidad nos sentimos limitados y pobres. En el primer caso nos percibimos más que los demás, en el segundo, menos. 
Ninguna de las dos situaciones es real: no somos ni más ni menos que nadie. Somos todos iguales: grandiosos en esencia y pequeños en presencia. Compartimos la sensación de pequeñez que nos refiere la separación de la totalidad, el estado de precariedad por ser humanos, a la vez que nuestro origen transcendente. Esta sensación de inferioridad frente a la fuente de nuestra vida se transformará en sentimiento de inferioridad toda vez que proyectemos la vivencia de totalidad, toda vez que pongamos en el otro lo que por naturaleza nos pertenece. Nos sentiremos menos por no tolerar nuestra grandeza...

Retirar nuestras proyecciones del entorno es la tarea, volvernos a sentir duales, completos, contradictorios y profundos, perfectos por la grandiosidad que nos dio origen y pequeños frente a ese origen trascendente. Retirar nuestras proyecciones del mundo para ver a nuestro hermano como igual, ni más ni menos; para verlo tan dual como nosotros: efímeros y eternos.

Perder para seguir andando

La separación es una constante en nuestra vida y, aunque más de las veces no la registremos, está presente en la rutina cotidiana. En forma continua vamos cambiando, vamos dejando de ser para adquirir nuevos modos, nuevas células, nuevos tejidos. Nos desprendemos de los desechos orgánicos cada vez que vamos al baño y las mujeres, durante nuestra vida fértil, una vez al mes, perdemos nuestros óvulos en un proceso natural y necesario para la procreación. Nos encontramos y nos separamos con cada una de las personas que vemos a diario, con los objetos que tomamos y dejamos, con los pensamientos y sentimientos que tenemos a cada momento; continuamente estamos en contacto con el abandono y la pérdida.
Nuestra naturaleza está ligada a la separación desde el mismo momento en que nacemos separándonos de nuestra madre, de nuestro contexto originario. Y continuamos separándonos al crecer: desde pequeños vamos perdiendo desde el pecho materno hasta nuestros dientes de leche, desde la mamadera y el chupete hasta nuestros padres que van dejando de ser lo que fantaseábamos y, al llegar a la pubertad, perdemos nuestro cuerpo infantil para transformarnos en adultos.
En este contexto pérdida y muerte son sinónimos. Lo que perdemos muere en nosotros, deja de existir. Así, perdemos inocencia al adquirir conocimiento, perdemos el hambre cuando comemos, perdemos la sed cuando bebemos y nuestro sueño cuando dormimos. ¡Perdemos el tiempo cuando vivimos! 
Perder es una necesidad, es un mandato, es el único modo de seguir andando. No podríamos caminar si no tuviéramos algo para dejar atrás.

Siendo la pérdida una constante natural de nuestro mundo...¿por qué intentamos negarla permanentemente? ¿Qué es lo que nos impide aceptarla? 
Todos los procesos antes descriptos ocurren indefectiblemente...los percibamos o no. Pero todo aquello que suceda y no percibamos se hace inconsciente, todo aquello que vivimos sin el acompañamiento consciente va creando nuestra sombra y nos va generando algo pendiente.
Si no nos aceptamos perdedores, lo seremos de todos modos.

Entonces, vuelvo a preguntarme ¿qué es lo que nos imposibilita mirar de frente la realidad, aceptar lo inexorable?
Un cambio en el enfoque puede ayudarnos a comprender y tolerar nuestra propia naturaleza.

Cuando caminamos miramos hacia delante y, aunque vamos perdiendo el paisaje a cada paso, estamos entusiasmados con lo nuevo que vemos y sentimos. Vamos dejando atrás el camino deseosos de seguir caminando.
Nuestro recuerdo infantil nos acerca esa sensación de alegría y entusiasmo frente a las transformaciones y los cambios. Felices por descubrir nuevas cosas no sufrimos con lo que dejamos.
Entonces, me pregunto...¿Por qué no ver la vida como un largo camino y las pérdidas como lo necesario para seguir andando? ¿Por qué no hacer consciente -saber- que perder es la única posibilidad de seguir creciendo?

No hay nada nuevo en lo que digo, hombres de todos los tiempos nos mostraron ese modo de encarar la vida. Pero...¿cuándo estaremos dispuestos a tomarlo? ¿Cuándo podremos sentir que lo vivido no nos pertenece, que sólo fue un trecho que debemos dejar atrás?
La intención de este escrito es que por fin logremos ver la vida hacia adelante, mirar lo que viene para comprender que lo que dejamos ya no nos es necesario; que lo que perdemos es el desecho de lo vivido y que lo esencial quedará grabado en nuestro ser.
Si enfocamos la vida como un movimiento lo que dejamos atrás es la acción ya realizada, lo acabado. Si nos quedásemos allí, nos perderíamos a nosotros mismos, nos moriríamos con lo que dejamos. Y esto es así aún frente a la gran muerte, la muerte de nuestro cuerpo material. Nuestro cuerpo muere porque acabó su función, porque para el nuevo camino ya no lo necesitamos...Dejamos el cuerpo atrás para poder seguir andando...

El fin de la palabra

¿Cuál es la finalidad de la palabra? ¿Qué función cumple el lenguaje?
¿Estamos a las puertas de su muerte? ¿Es el fin de la palabra?
En este artículo pretendemos abarcar ambos sentidos: acercarnos al verbo en su profundo valor, a la vez que comprender sus manifiestas limitaciones en la actualidad.

La comunicación verbal ha sido y es el único modo de transmisión de conocimiento. Desde las vivencias personales hasta lo aprehendido intelectualmente sólo pueden ser compartidos a través de códigos verbales comunes. Estos códigos que surgieron a partir de la necesidad, siempre vigente de relacionarnos con nuestros congéneres, fueron creciendo y perfeccionándose hasta alcanzar la plenitud en el lenguaje escrito. La adquisición de la escritura representó así el hito capaz de darle a la palabra un lugar altamente simbólico.
Es a partir del lenguaje que el hombre adquiere capacidad de abstracción o lo que es lo mismo, su capacidad de abstracción se ve representada a través de la palabra. La visión del fenómeno como simultáneo, es más que significativa a la hora de comprender el salto evolutivo que significó la conquista del verbo.
Una sensación, un sentimiento son caracterizados a través del símbolo; más aún, son fusionados con él y en él. Es en esa metamorfosis -de flujo a plasma- que el ser humano logra su extensión en el mundo, su proyección en un otro, su verdadera realización y la certeza de su existencia. 
La alfabetización ha convalidado ampliamente el sentido trascendente del lenguaje, su potencial intrínseco de transmutación alquímica. Leer y escribir es ingresar a un nuevo mundo, al universo de la expresión, de la libertad y la memoria. No se es libre sin la posibilidad de expresarse y no puede recordarse lo que no fue plasmado en símbolos. 
Saber hablar, leer y escribir es ante todo saber pensar. Pensamiento y palabra son inseparables ya que sólo puede pensarse en términos simbólicos. No exageramos al decir que debemos al lenguaje la existencia del mundo. ¿Qué mundo poseen las bestias? No el mismo que nosotros, ya que la palabra ha ido convalidando la existencia de todas las cosas en un nivel abstracto, lo que ha permitido que podamos imaginarlas. Imaginar es un prodigio puramente humano y alude a la posibilidad de recrear los hechos y protagonistas en su ausencia. 

Pretendo llevar al lector de esta nota a “imaginar” el comienzo de la comunicación verbal. A sentir a aquel hombre que, con los primeros sonidos onomatopéyicos, fue capaz de transmitir y compartir una realidad hasta entonces solitaria. No cabe duda que la convalidación de un fenómeno es buscada y realizada en un “otro” que acompañe nuestra experiencia. Y para ello es necesario expresar, representar y significar lo que percibimos. La sociedad humana ha crecido dentro de esa percepción común, a partir de esos acuerdos perceptivos. Las certezas sobre las que basamos nuestro mundo cotidiano no son sino, el fruto de la convalidación perceptiva de generación tras generación a través de la palabra sentida.
Pero ¿Qué es la palabra sentida? ¿Se sienten las palabras?
Quiero poner aquí el énfasis en la importancia del lenguaje como representante de “lo que quiere ser expresado” y, en última instancia de “quien se expresa”. La palabra es el instrumento a través del cual es posible manifestarse, a través del cual el sujeto declara su compromiso, sentimiento, aceptación, desacuerdo acerca de algo. 
El símbolo es la voz del “sentir humano”, es la herramienta capaz de hacer explícito lo implícito, visible lo invisible. El lenguaje es un medio de expresión y por tanto, “siempre” es acompañado por la intención de quien lo utiliza. 

En su origen el verbo tuvo cualidad formativa, de tal modo que el mundo simbólico en el que vivimos fue creado por el poder de la palabra. Vocablo y realidad poseen así la misma fuente, se alimentan de la intención creadora original, aquella cuya fuerza logra hacer manifiesto lo latente. 
La evolución del lenguaje ha seguido seguramente, la misma evolución del hombre. Así, desde aquella intención originaria hasta nuestros días ha habido cambios substanciales, importantes y en alguna medida degradantes.
Mitos y leyendas nos recuerdan que el verbo era potestad de los dioses y que fueron ellos quienes nos enseñaron a hablar. Para el hombre de entonces las palabras tenían poder, tanto para sanar y fortalecer como para herir y enfermar; poseían la potencia de transformar, de modificar los acontecimientos. Su expresión era respetaba y temida por ser el detonante de la acción.
Desde aquella humanidad hasta nuestros días, la voz fue separándose progresivamente de la intención creadora originaria y cobrando significado propio. Aquella palabra como instrumento del ser humano en general fue mutando en herramienta individual, utilizada por quienes poseían la capacidad de moldear el flujo vital en sílabas, de dar vida simbólica a lo asimbólico. Este ha sido y sigue siéndolo mérito de quienes poseen el “don de la palabra”.
Lo innombrable sólo existe indiscriminadamente y al no poder ser abarcado tampoco puede ser comprendido. El término le da a la existencia asequibilidad, individuación y facultad transformadora.
Durante siglos la alfabetización estuvo al alcance de muy pocos y sólo estos pocos transitaban por las calles de un mundo completo. El resto permanecía en la ignorancia y en la inocencia de la cosa no dicha. Posteriormente la literatura fue creciendo y acercando al lector toda la riqueza del idioma. 
A nuestros días nos llega un lenguaje empobrecido debido a la falta de una clara intención por parte de quien se expresa. Como ámbito simbólico, la voz se ha independizado de tal modo, que sólo lleva impreso su valor comunicacional. El auge en las comunicaciones genera y necesita de esta locución descomprometida, de este enunciado superficial que deja fuera todo acompañamiento sentido. 
He aquí el comienzo del fin de la palabra. Abandonada por el locutor y el escucha, sólo posee sentido en sí misma, sin más energía que la que le brinda la estética y la lingüística. Es entonces cuando el hablar bien es parte del atuendo personal, del ornamento con que nos vestimos para impresionar al otro.
Lejos quedó el alcance profundo del modelo, de aquel verbo inicial que conmovía al universo, lejos también su valor vehicular a través del cual se expresaba lo sentido. La palabra ha quedado sola, desvalida, huérfana y próxima a su extinción. 
Un análisis más penetrante tal vez pueda mostrarnos que no posee la frecuencia de la época y que, por esto mismo, está siendo reemplazada por la imagen, cuya velocidad es acorde con nuestra urgencia. No dejamos por esto de lamentar tremenda pérdida.

El conocimiento humano posee etapas y en cada una de ellas, los instrumentos para asirlo van variando. La palabra: aquella brutal, vibrante, transformadora, enorme se nos fue hace tiempo, su heredera, aquella del compromiso íntegro, de la presencia fuerte, del sentimiento claro y la intención certera dejó paso a esta pequeñita y debilucha que nos acompaña en discursos vacíos y peroratas tristes…Ya no es creíble ni sentida, sólo representante de una sociedad decadente y perdida.

LOS GUARDIANES DEL TIEMPO

28 de febrero de 2015


TIEMPO FINAL – NUEVO TIEMPO


Estas notas son parte de un borrador sobre temas que apenas se vislumbran, por lo que no pretenden acceder a la categoría de artículo.

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“. La batalla entre la oscuridad y la luz es un mito ancestral que se hunde en el misterio de los orígenes… La esclavitud del hombre está ligada a este mito. La separación de la materia del espíritu designa el tiempo de la esclavitud, del encierro en la materia y la desaparición de lo esencial del envoltorio de las cosas y de los hombres. Esto es, el ingreso a la era de la oscuridad de la que estamos emergiendo .” 

Alquimia. El secreto entre la ciencia y la filosofía. Andrea Aromático. Ed. Claves 
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Para indagar los orígenes de nuestra existencia como humanos, nuestras reflexiones se pierden irremediablemente en la noche de los tiempos.
Es imposible tomar las especulaciones que trataron de explicar el comienzo de nuestra existencia en la tierra ya que todas adolecen de un antropocentrismo exagerado: “Que nos originamos en monos u otros animales primitivos”, “Que somos los restos de una super civilización auto-destruida”, “Que fuimos creados como esclavos de seres extraños para luego ser abandonados a nuestra suerte”… en fin...si eliminamos toda esta fantasmagoría de los orígenes, nos encontramos de hecho con un fenómeno innegable: Hubo una oscuridad insondable que en su momento fue horadada por la luz.
Esto nos obliga a pensar que ese instante ocurre cuando el sol logra penetrar la envoltura oscura en la que está envuelta la tierra y en ese juego de polaridad luz-oscuridad, se inicia (¿nuevamente?) un ciclo evolutivo.
Sabemos que el juego de polaridades es el motor del movimiento. La oscuridad total es quietud, la luz total también. En esa quietud solo la nada o el vacío están presente, paseando sus formas aún por la falta de un polo referente que le sirva de motor a sus transcripciones para adquirir otro estado de vibración.
Los libros sagrados de todas las religiones mencionan la aparición de la luz como inicio del origen y esto es innegable. En un principio las tinieblas y luego la luz…
Cuando se inicia un juego de polaridades, lo que se pone en marcha es la inteligencia del cosmos. El orden natural se pone en movimiento. Ya sabemos por las investigaciones de la Orgonomía que la envoltura energética del cosmos guarda el potencial de inteligencia que luego se distribuye a través de las polarizaciones de todo lo existente. Materia y energía.
Sabemos que del continum cósmico se desprenden sistemas que trasladan la inteligencia a las sucesivas transcripciones de la energía: animales, plantas, minerales y todo lo que (por degradación llegó a transformarse en materia) fue degradándose en frecuencias hasta llegar a ser materia.
De esta manera, para que la irrupción de la existencia real de las cosas se concrete, el cosmos pierde su unidad, se disocia en luz-oscuridad, en materia y energía, generándose de esta manera una dinámica donde, del vacío expresado por la energía, surgen formas que se materializan para objetivar la existencia de una nueva materia.
Obviamente, la célula viva es una consecuencia directa de esta dinámica, y de esta manera se iniciaría la formación inteligente de estructuras vivas. La forma de su expresión material también se pierde en la noche de los tiempos. Solo subsiste la presencia de inteligencia trabajando en un movimiento evolutivo que ya no puede detenerse. 

De esta dinámica surgen sistemas inteligentes que se van apropiando de los movimientos intangibles que circulaban en el vacío. La investigación Orgonómica ha podido aislar algunos de estos sistemas y describirlos. Los denominó BIOFUNCIONES ya que se encuentran en la base de toda transcripción hacia la materia. Son el punto de conexión entre la inteligencia del sistema que se insinúa y la membrana que lo va a contener.
Y aquí debemos nuevamente dar un salto en nuestras reflexiones para creer que cuando un sistema inteligente ingresa en un organismo, éste inicia su movimiento evolutivo inexorable.Debemos sospechar que la máxima expresión inteligente de ese movimiento está expresada en el organismo humano. Digamos muy sintéticamente que el sistema inteligente albergado en el organismo humano puede ser llamado PERCEPCION. Decimos así que un sistema actúa sobre la realidad de las cosas a través de una acción: LA PERCEPCIÓN.
Agregamos entonces que llamamos PERCEPCION a la acción de sistemas de energía que pueden actuar libres de masa o a través de un organismo como por ejemplo, el ser humano.
La actividad de la percepción consiste en incorporar experiencia al acompañar el movimiento evolutivo de las polaridades. En el mismo sistema se van acumulando las alternativas que la evolución va imponiendo a la materia para que ella acompañe y actualice sus formas frente a los cambios que produce el movimiento de lo intangible.

En este punto, el hombre que percibe ya tiene incorporado el origen, la primera polarización. Su percepción ha grabado en su sistema inteligente el momento en que la unidad del cosmos se partía y de esa experiencia no podrá separarse nunca más. 
Ahora bien, la noche de los tiempos tiene testigos que se encuentran moviéndose junto con la evolución. Son humanos cuya impresión de unidad del cosmos supera los fenómenos de superficie que va generando la disociación. Sus genes reparten esa información para inquietud de los organismos que la van recibiendo. Es una generación de humanos cuya percepción se encuentra instalada en el estado de unidad del cosmos, en el estado de fusión inseparable entre materia y energía.

A medida que avanza la disociación de la luz y la oscuridad estos hombres deben refugiarse, pues su visión atenta contra las certezas que produce la existencia de la materia independiente del espíritu. 
A medida que la alienación en la materia de los grupos humanos crece, ellos deben crear diferentes maniobras para conservar su primera impresión, sus orígenes, es decir su verdadera existencia.
Para ellos se hace necesario manipular la materia para regresarla a su estado de fusión pues saben que la continuidad de la disociación conduce al caos, a la entropía.
Saben también que la evolución debe pasar por este estado de cosas donde la destrucción de la unidad precede a la recuperación final del estado de fusión primitivo.
Así nacen los alquimistas, ejército de originarios que conservan en sus genes la impresión primera de unidad cósmica para poder recuperarla en toda su plenitud cuando el tiempo de la fusión haya llegado.
Sin esta tarea oculta y silenciosa, el regreso de la unidad a través de la fusión acabaría con todo lo existente, incluso con la comunidad humana ya que ésta no está preparada para la vivencia de unidad de todas las cosas y ella, su percepción, vagaría sin rumbo y sin contenido.

LA ALQUIMIA 
Describe la conducta responsable y continuada a través del tiempo, de estos hombres de los orígenes, guardianes de nuestro futuro.
Si bien, la separación entre ciencia y religión avasalló las posibilidades de una comprensión mayor de nuestra existencia, LOS ALQUIMISTAS crearon otra vía de conocimiento que inexorablemente incluye el estado de fusión de todas las cosas.
Espiritualizar la materia y materializar el espíritu fue la consigna. Así, en lo material utilizaban hornos, aparatos de destilación para cocinar la materia y lograr el traspaso sistemático de sus estados hasta llegar al espíritu, y viceversa, buscaban en el contacto consigo mismos la activación de sus genes de fusión para darle al espíritu nuevas formas materiales.
La alquimia establece siete principios correspondientes a las cualidades intrínsecas de los metales simples:
Estos metales no son considerados elementos materiales sino principios arquetípicos. De ellos se deriva la siguiente tabla:

Luna = plata
Mercurio = mercurio
Venus = cobre
Sol = oro
Marte = hierro
Júpiter = estaño
Saturno = plomo

Astrología y alquimia son elementos inseparables. Los planetas regulan las diversas maniobras y representan los primeros productos de la materia elemental madurados por el espíritu en el seno de nuestra tierra.
En términos actuales basados en nuestras observaciones orgonómicas sobre el comportamiento del plasma solar, diremos que el objetivo fundamental de la experiencia material alquímica, era la de aprisionar unidades de plasma solar que contienen altísimas temperaturas y que puede convocar y transcribir cualquier tipo de materia. En nuestros estudios el fenómeno de la Kundalini y la combustión espontánea son un ejemplo de ello, ya que nos sirvieron de guía para esta comprensión.
Se trataba entonces de conseguir un elemento lo suficientemente purificado para convertirse en catalizador del espíritu (plasma solar) e impregnarse del mismo transformándose éste en agente de transmutaciones reales en el plano material.

El vaso, el crisol de los alquimistas posee una precisión tal que si no se la obtiene la obra no se realiza. Es como una matriz de animal donde se (genera el envoltorio suficiente y necesario para retener el espíritu (plasma), al igual que lo hace el seno materno. 

KUNDALINI - FUEGO SERPENTINO - PLASMA SOLAR
Para continuar nuestra exposición, vamos a repasar algunos conceptos de la física:
Las eyecciones de masa coronal que periódicamente el sol emite a través de lo que los físicos llaman tormentas solares, expulsan enormes nubes de plasma al espacio. Estas nubes de plasma son llamadas vientos solares y arrastran con ellos infinidad de partículas subatómicas.
La radiación producida por estos vientos impacta sobre la superficie de los planetas produciendo choques electromagnéticos de alto poder. En el caso de nuestro planeta, la tierra está recubierta por una envoltura electromagnética llamada ionosfera que es la que filtra las fuertes radiaciones emitidas por los vientos solares. Así, el plasma que ingresa a la superficie terrestre llega con una modalidad impresa ya por esa filtración.
Los laboratorios de física han intentado en vano retener para su estudio a este plasma solar. Para ello crearon especies de jaulas electromagnéticas que detengan su carrera hacia el centro ígneo de la tierra pero su altísima temperatura (13 a15. 000 grados centígrados) hace imposible la tarea. El plasma solar solo dura fracción de segundos encerrado para luego seguir su carrera hacia el centro de la tierra.
Si bien este es el comportamiento de la radiación plasmática frente a los materiales inertes, existe otro destino al que llega su viaje desde el sol.
Envuelto en el misterio de sus orígenes, el comienzo de la vida en la tierra está estrechamente vinculado a la relación con la luz del sol.
En algún momento del tiempo de origen se produjo el misterioso fenómeno de reversión donde las mismas partículas subatómicas de altísima temperatura generaron una autodefensa que interrumpió su carrera hacia su disolución final en el centro ígneo del planeta.
La misma partícula desarrolló una membrana húmeda que la encerró y allí se inició la fusión entre espíritu (partícula ígnea) y materia (membrana auto concebida o trasmutación de la forma en contenido, del espíritu en fusión con la materia).
Sabemos que toda célula viva tiene como función fundamental, la defensa de su integridad frente a los embates del tiempo que va variando en estímulos y que amenaza con la disolución de la membrana si ésta no promueve mecanismos de adaptación a los numerosos obstáculos producidos por el avance del tiempo sobre el ambiente (avance que conocemos con el nombre de "evolución").
Así, cada envoltura orgánica de la substancia viva está crónicamente en una actividad defensiva. Podemos inferir que todos los organismos vivos son expresión de esa defensa y que su actividad, llamada vida, consiste fundamentalmente de eso, defenderse y sobrevivir.
Desde el lugar donde se encuentra el núcleo ígneo en los organismos, se desprende el calor necesario para alimentar y mantener equilibrada la membrana orgánica. A lo largo de nuestro trabajo de investigación acerca del metabolismo energético, pudimos observar algunos importantes fenómenos que corroboran nuestras sospechas acerca de la existencia de esa unidad de plasma venida del sol:
  • El trabajo de meditación llevado a cabo por monjes que concluye con el ascenso del “fuego serpentino” fue una señal de la existencia de este elemento. Kundalini asciende por los canales vertebrales disolviendo y quemando los obstáculos que impiden su elevación hasta la cumbre de la cabeza donde rompe el “himen” que separa los dos hemisferios cerebrales y logra la fusión de los mismos, “iluminando” al aspirante, sumergiéndolo en una experiencia mística donde el sujeto se reúne finalmente con la totalidad.
  • Ya son conocidos los numerosos y misteriosos casos de combustión espontánea que aún no tuvieron una respuesta clara por parte de la ciencia. ¿Por qué una persona puede incendiarse desde adentro sin dañar su entorno y desaparecer en las cenizas de su propio cuerpo?
  • Y para que la razón entre también en estas reflexiones, diremos que los estados febriles son producto de reacciones defensivas donde el núcleo ígneo actúa para equilibrar la pérdida de armonía en la membrana que lo protege.
Para completar el cuadro de situación, decimos que en el organismo humano, el núcleo ígneo se encuentra alojado en un lugar semimaterial, considerado por la mística oriental como un centro de energía o chacra. Ellos lo denominan el chacra mulhadar y lo ubican en el espacio que se encuentra entre el ano y el utrículo prostático en el hombre. Igual localización anatómica en la mujer.
A medida que el núcleo plasmático mantiene saludable su membrana, va perdiendo el ímpetu quinético que lo aceleraba hacia el centro de la tierra y por fin termina saliendo del seno que lo contuvo, con suaves emanaciones hacia arriba, las que utilizan los meditadores para guiar su ascenso hacia la cabeza, pero más allá de esa utilización práctica, podemos observar el regreso del plasma solar a su origen, el sol, asciende, busca el espacio allá arriba. Si, el fuego, elemento base fundamental de nuestras vidas representa la actividad cotidiana del plasma solar regresando a su origen, el propio sol.
Cuando observamos un organismo que ha dejado de existir, vemos como su coloración se obscurece y el calor aumenta a medida que la putrefacción avanza. Poco a poco se “quema”, pierde el fuego que lo alimentaba y este asciende buscando integrarse a su origen.
Un leño ardiente se va extinguiendo a medida que el fuego que mantenía el vegetal vivo avanza hacia la superficie y se retira hacia las alturas desconocidas de la atmósfera.
Podemos afirmar que el fuego es la substancia ígnea venida del sol que regresa a su origen una vez que se libera del anclaje material que la mantenía unida a la tierra y a la entropía.

De esta manera tenemos cual es el metabolismo energético que como un “hilo intangible” vincula el espíritu-cielo-sol con la materia-tierra. Es posible que la intangibilidad y comportamiento fuera de las posibilidades perceptivas de los sentidos haya dado el toque misterioso que lo transformó en el espíritu venido de los cielos. De esta manera nos proponemos develar el mito de la alquimia: la búsqueda de la unión entre el cielo y la tierra para recuperar el sentimiento de unidad que es el fundamento de la existencia toda. 
La consagración a la tarea de mantener la visión de unidad tuvo como finalidad enfrentar un tiempo de disociación donde la unidad estaba perdiéndose definitivamente. Sin la impronta genética que dejó esta generación de hijos del sol, hubiera sido imposible volver a reunir las partes disociadas y el espíritu vagaría sin rumbo nuevamente en las tinieblas.

El tiempo de la unidad ha llegado, la fusión comienza a asomar su grandeza y el espíritu se empieza a manifestar en muchas de las expresiones del carácter humano. El materialismo va cediendo espacio al espíritu. 
Nuestra certeza de que esta generación de guardianes de la unidad depositó en el material genético humano lo que llamamos “el gen alquímico” ya no se pone en dudas.
Muchas veces nos preguntamos porque muchas personas ponen a funcionar su intelecto para reunir ambos reinos y otros no. ¿Porque la mayoría permanece impasible frente a las posibilidades de conocer y avanzar acompañando la evolución que ocurre en el tiempo, mientras que otras manifiestan un fuerte impulso a buscar respuesta frente a lo desconocido?.
Lo cierto es que “el gen alquímico” no logró ingresar en los ADN de todos los seres humanos y solo un puñado de semillas de fusión fueron incorporadas a la cadena genética de la humanidad.

NUESTRO APORTE. NUESTRO TRABAJO. NUESTRA TERAPIA 
Casi al final de nuestra tarea de abordaje e investigación en el campo de la percepción vamos cerrando este simple pero enorme rompecabezas que significó el trabajo con la energía vital a través del cuerpo, a través de la materia viva y no viva.
Después de más de treinta años de tarea constante, el fenómeno comienza a mostrarnos el mapa que recorrimos casi intuitivamente para cuidar también nosotros la supervivencia de la unidad de todas las cosas.
Nuestro abordaje terapéutico se inició ingenuamente para borrar las huellas del pasado que impedían una vivencia plena del día a día. Poco a poco fuimos derrotando con el conocimiento una cerrada coraza que se oponía a las tendencias más profundas e integradoras de las personas. Para ello utilizamos las sensaciones que invaden al cuerpo cuando la energía circula presionando las resistencias. Tolerancia fue la palabra clave y transcripción de lo agobiante el resultado.
La consigna de “hacer consciente lo inconsciente” nos orientó hacia una mayor sensibilidad para detectar las impurezas del carácter y del cuerpo físico (posturas, gestos). De este modo quedó claro que el avance en el logro de la plenitud perceptiva y del organismo, consistía en ir transformando la vida cotidiana en algo cada vez más sutil, más sensible. Ello daba por resultado una aproximación lenta pero inexorable a frecuencias energéticas mucho mayores y nos acercaban al sistema de energía que permanecía disociado del cuerpo, orbitando en la periferia del mismo.
Paulatinamente fuimos logrando el contacta cuerpo-campo y nuestro código terapéutico incluyó este avance como definitivo. El abordaje terapéutico no se completaba si el intelecto no unía cuerpo y campo en un solo percepto. Nace de este modo lo que Reich denomino “el pensamiento funcional” que no es sino la expresión de la percepción de la unidad en todas las cosas. Sensación y representación simbólica no se separaron más para bien de nuestro abordaje terapéutico.
Sin saberlo nos fuimos acercando al núcleo ígneo debido a que la frecuencia del cuerpo se acercaba a la del campo. La eliminación de los obstáculos como fantasías neuróticas producidas por la historia personal o las distorsiones posturales y funcionales del cuerpo nos iba acercando a las emanaciones del centro donde el plasma encerrado vibraba hacia arriba su calor. Si, habíamos logrado accidentalmente acercarnos al núcleo de búsqueda de todo alquimista, el hilo que une el cielo con la tierra, la energía con la materia.
Digamos que el tiempo de la fusión ha llegada y nos encuentra dispuestos perceptivamente para comprenderlo y vivirlo. Nuestro intelecto fraguado en el ejercicio de la unidad, mantiene el gen alquímico. Es de esperar que la memoria sensible lo active para brindarnos finalmente todo el esplendor de la totalidad manifestada en el regreso a la fusión de espíritu y materia.

Alberto Díaz Goldfarb